Las fundaciones Mapfre y Henri Cartier-Breson se han unido en Madrid para dar vida a una exposición fotográfica que recorre uno de los capítulos más interesantes de la vida del fotógrafo Richard Avedon. Seguramente el gran público habrá visto alguna de sus icónicas imágenes a lo largo de los años, al menos una. Y es que sus disparos han recorrido el mundo durante décadas a través del papel couché en las grandes revistas de moda. Pocas figuras han transformado la fotografía del siglo XX con la profundidad con que lo hizo el estadounidense Richard Avedon.
Nacido en Nueva York en 1923, durante más de medio siglo este fotógrafo convirtió la cámara en una herramienta capaz de capturar no sólo la apariencia de las personas, sino también algo más difícil de definir. Me refiero a su presencia, a sus contradicciones y en ocasiones, sus heridas. Algún crítico español, de bastante sutil capacidad de la mirada, ha acusado recientemente al desaparecido creador de intentar romantizar la pobreza, rodear de estética la miseria. Dichas impresiones no pueden representar tan cabalmente la ignorancia sobre la vida y la obra de Avedon, especialmente en relación a esta serie.



Primero hay que entender a Avedon, tener el rigor de ponerse en sus zapatos y su contexto histórico para intentar comprender el por qué de sus disparos. Comenzó su carrera en el mundo editorial en una época donde sólo había cámaras analógicas, electricidad y poco más, sin toda la colección interminable de artilugios disponibles en nuestros días. Así y todo, pronto revolucionó la fotografía de moda. Hasta entonces, las modelos eran retratadas como figuras elegantes pero inmóviles, casi como maniquíes. Avedon fue el que rompió esa tradición. Las hizo correr, saltar, reír y ocupar el espacio con una energía inédita. Gracias al ojo de Avedon la moda dejó de ser una simple exhibición de prendas para convertirse en una narración visual.
Su trabajo para Harper ‘s Bazaar y posteriormente para Vogue ayudó a definir la estética de la segunda mitad del siglo XX. Fotografías como Dovima with Elephants, realizada en 1955, siguen siendo consideradas iconos absolutos de la historia de la imagen contemporánea. En ella, la sofisticación de la alta costura dialoga con la monumentalidad de dos elefantes de circo, en una escena tan elegante como surrealista.
A pesar de su grueso aporte al campo editorial y de la moda, su verdadera revolución tuvo lugar en el retrato fotográfico. Desarrolló un estilo reconocible al instante, caracterizado por fondos blancos, iluminación limpia y una atención obsesiva al rostro humano. Al eliminar cualquier elemento que pudiera distraer la mirada, obligaba al espectador a enfrentarse directamente con la persona retratada. Fue así como por delante de su cámara desfilaron en fila india algunas de las figuras más influyentes del siglo XX, desde Marilyn Monroe y Audrey Hepburn hasta escritores, artistas y líderes políticos.
Pero incluso cuando fotografiaba celebridades, parecía menos interesado en el personaje público que en la fragilidad que podía esconderse detrás de él. La historia de Marilyn Monroe y Avedon describe a cabalidad esta afirmación. ¿Cree entonces que alguien interesado en esa finalidad, que ha cambiado la historia editorial, de la moda, la fotografía y ha retratado a los principales personajes de su tiempo, convirtiéndose él mismo el otro miembro de ese olimpo, perdería su tiempo en edulcorar la miseria y la pobreza? Aquella crítica es un insulto a su legado y a nuestra inteligencia.



La culminación de esta búsqueda de Avedon llegó precisamente con In The American West, proyecto realizado entre 1979 y 1984, que la Fundación Mapfre acoge actualmente en su sede madrileña. Durante cinco años recorrió el oeste de Estados Unidos retratando mineros, trabajadores agrícolas, camioneros, desempleados y personas anónimas alejadas de los centros de poder y glamour. Los fotografió con la misma solemnidad con la que había retratado a estrellas de cine y jefes de Estado. ¿Cuál fue su importancia? Que aquellas imágenes alteraron la percepción de la fotografía documental. Frente a la visión romántica del viejo Oeste estadounidense, Avedon mostró rostros marcados por el trabajo, la pobreza y el paso del tiempo. Sin sentimentalismos y sin edulcorantes salvo la más estricta realidad de sus heridas, estos retratos revelan una dignidad silenciosa, que convirtió esta serie en una de las obras fundamentales de la fotografía documental contemporánea de nuestro tiempo. Autores como Annie Leibovitz, Peter Lindberh o Steven Meisel, por nombrar sólo algunos, han heredado de alguna u otra manera esa capacidad para combinar la sofisticación visual junto a una intensidad psicológica. Los retratos de Avedon nos miran fijamente, nos dejan sin escapatoria, cambian nuestro rol de observador, nos dejan vulnerables.
Al publicarse el libro de esta serie, el 1985, el fotógrafo se encontraba entonces en la cima de su carrera. Había expuesto en el MoMA y en el Metropolitan Museum of Art de la gran manzana y en él se había inspirado el personaje de un atractivo fotógrafo interpretado por Fred Astaire, al que acompañaba Audrey Hepburn en la película Funny Face (1957). Cuando falleció el año 2004, Richard Avedon dejó miles de fotografías que forman parte de la memoria visual del último siglo. Su gran aporte fue demostrar que un retrato puede ser mucho más que una representación física para convertirse en una forma de conocimiento.
Las fotografías que se muestran en Madrid son copias de referencia en las que el fotógrafo trabajó durante mucho tiempo con su laboratorio, y que sirvieron como punto de partida para el libro publicado por Abrams y para las copias de mayor tamaño realizadas para el Amon Carter Museum de Fort Worth, Texas. Constituyen, por tanto, lo más cercano que podemos estar de la visión original del fotógrafo. Esta exposición, supone entonces, la primera oportunidad para ver en Europa la serie completa de las ciento diez fotografías que componen el libro de uno de los ojos trascendentales del siglo. De lejos, la apuesta fotográfica más interesante de la programación estival en la capital y el resto del país. Imperdible.




