Una breve pero contundente exposición aparece de forma tímida, discreta, en el centro histórico de la ciudad de Palma, que sin embargo podría tratarse de uno de los eventos artísticos más importantes del año desde el punto de vista histórico, si no a nivel nacional, definitivamente en la historia de la isla de Mallorca y la propia ciudad. El artífice es la Fundación Juan March de Palma y la propuesta, una exposición titulada “Un poco de Infinito”, dedicada a Yves Klein, definitivamente, uno de los creadores más influyentes e innovadores del siglo XX.
Impacta el hecho de que vaya pasando desapercibida hasta el momento una exposición de esta relevancia, que reúne un conjunto excepcional de piezas del artista francés, que nos aproxima a una trayectoria que transformó para siempre la relación entre la pintura, el espacio y la experiencia; y con ello, la historia del arte misma. Su presencia, hasta ahora, parece ser algo meramente anecdótico para el gran público y la escena artística local.
Pocas figuras resultan tan determinantes para comprender la evolución del arte contemporáneo de posguerra como Yves Klein. Su producción, desarrollada en apenas una década, fue capaz de alterar profundamente los límites tradicionales de la creación artística. Lejos de concebir la pintura como representación, Klein la entendió como una experiencia perceptiva y espiritual, una vía de acceso a lo invisible. Esa ambición radical convirtió al artista en uno de los más grandes renovadores de la segunda mitad del siglo XX.
La obra de Klein refleja a un artista con un estilo enigmático y de profundas ideas revolucionarias sobre la naturaleza y los límites del arte, que persiguió una práctica que inventara una nueva realidad inmaterial. Fue él mismo que se catapultó como una leyenda renovadora del arte moderno que escapaba a cualquier clasificación.
Al igual que Marcel Duchamp, ascendió al panteón artístico a través de la provocación. Si Duchamp había roto con el arte convencional inventando los ready-made, Klein lo hizo comprometiéndose con el color como fuerza espiritualmente edificante. Atraído por su intensidad, desarrolló una nueva forma de emplearlo en su estado más puro, casi hipnótico, creando un efecto inmaterial, como bien afirma en el catálogo de la exposición la curadora de la muestra, Cristina Carrillo de Albornoz.




Tanto desde la teoría como desde la práctica del arte, Klein se erigió en campeón y propietario del color. Llegó incluso a patentar un color inédito, su famoso International Klein Blue (IKB). Fue también un pintor del espacio, pero sobre todo, un artista disruptivo y polifacético. Reivindicaba la sensación sobre el intelecto, la sensibilidad pura sobre la presencia material y desafió todos los límites entre pintura, escultura, performance, música, filosofía oriental y arte conceptual para capturar lo invisible, en obras que trascendieron las formas y los materiales convencionales.
Yves nunca estudió arte formalmente. Tampoco lo necesitaba. Su padre, Fred Klein (1989-1990) fue un pintor postimpresionista que le inculcó las técnicas figurativas y los secretos de una paleta cromática. Mientras que su madre, Marie Raymond (1908-1988), fue también pintora del arte informal. Sin embargo, el joven Yves pasaba olímpicamente, sin aceptar las premisas básicas de que una pintura era un plano bidimensional ni un campo para la expresión personal del artista. Lo de él iba más allá. Quería que sus pinturas salieran del lienzo e invadieran la sensibilidad del espectador. Si Yves hoy estuviera vivo, probablemente entraría a museos y galerías repartiendo patadas voladoras directo a la cabeza. Y estaría muy bien.
Pronto despertarían en un joven Yves intereses como el jazz, la literatura, las religiones orientales y la filosofía Zen. Pero su primera vocación, que le abrió la puerta hacia lo espiritual, fue la práctica del judo. En esa característica cultural tan francesa de los intereses por todo lo que sea exótico, se inscribió en un club de judo en Niza en el verano de 1947. Klein comenzó a pintar a la vez que profundizaba en el judo. Los principios estéticos de sus obras solo se entienden desde los fundamentos del judo tradicional y su base en la filosofía zen. Conceptos como el vacío, la inmaterialidad, el infinito o la propia espiritualidad se convertirían en la esencia misma de su arte.
Fue en España, en un momento de plena efervescencia creativa, donde decidió dedicarse al arte y donde comenzó a fraguarse el mito de artista genial. Tuvo dos estancias en el país con dos proyectos, uno más íntimo y el otro una primera aparición en público. Yves pasó varios meses en Madrid en 1951. Durante ese tiempo, llenó una libreta con fotos, bocetos y anotaciones de sus actividades, casi todas escritas en castellano. Lo tituló “Diario de España”. Allí encontramos acuarelas de paisajes de la capital y fotografías de su visita a Toledo, atraído por El Greco. Este registro da cuenta de la reflexión de Klein sobre el color y la gestación de lo que más tarde llamaría su “epopeya monocroma”. En este cuaderno deja también constancia, por primera vez, de su intención de exponer su obra en público, acompañada por música en directo.
Klein regresó a España en 1954 convertido en deportista de élite. Un año antes, en Japón, había llegado a ser el primer europeo en ostentar el grado de 4º Dan en Judo. Era un tipo de armas tomar. No se iba con tonterías. En el cincuenta y cuatro volvió a Madrid invitado por la Federación Española de Judo y el equipo que compitió ese año en el campeonato europeo.
Durante esa segunda estancia, el francés creó su primera obra con clara vocación pública: un libro de artista titulado Yves, Peintures y publicado en noviembre de ese año, donde incluye una serie de diez intensos lienzos monocromos. Esos monocromos los pintará y exhibirá al año siguiente en París. De regreso en la ciudad de las luces, se centró en la creación artística y en explorar el color puro. Describió la pintura monocromática como “una ventana abierta a la libertad”. Afirmaba que el monocromatismo es una especie de alquimia moderna practicada por pintores, nacida de la tensión de experimentar un baño en un espacio más vasto que el infinito. Única forma física de pintar que permite acceder al absoluto espiritual.
Pensaba que los colores no eran una herramienta decorativa, sino una sustancia viva y palpitante, materia prima del alma, las emociones y el espacio metafísico. Pretendía liberar el color de las limitaciones de la forma, ya que creía que el color puro e intenso, especialmente el azul, permitía a los espectadores sentir la esencia inmaterial del universo.
Los monocromos, de una belleza sensual y brillante energía, eran pinturas rectangulares en las que el color estaba cuidadosamente preparado y era tratado como espacio abierto, rompiendo con la convención pictórica del cuadro. Con ellos revolucionó el arte al convertir el color en sí mismo en el tema. Esa es la importancia real de la obra de Klein. La pintura monocromática, gracias a él, sería llamada a convertirse en un estilo pictórico de primer orden en el siglo XX, que se extiende hasta nuestros días. En menos de una década (1954-1962) Yves Klein produjo más de mil cuatrocientas obras con las que alteró el curso del arte occidental y anticipó muchos de los cambios culturales de los siglos XX y XXI.
Su elección del azul para su etapa más prolífica se confirmó durante un viaje en el que descubrió los azules de los frescos de Giotto (h.1266-1337) en la capilla degli Scrovegni de Padua. No sin razón, el azul ultramar representaba para el artista italiano la transformación de la pintura occidenta y, a posterior, el nacimiento de la pintura moderna.
Tradicionalmente, el pigmento ultramarino quedaba adulterado por el aceite con el que se mezclaba, y Klein buscaba un azul puro. Lo encontró trabajando con Edouard Adam, cuya tienda de materiales artísticos sigue abierta en el barrio parisino de Montparnasse. La novedad de la fórmula no estriba en el pigmento, sino en el Rhodopas M, la resina sintética en la que se suspende, que logra mantener la intensidad cromática original. Ese azul mate, vibrante y profundo que clein registró como IKB, se convirtió en su firma natural y le valió el reconocimiento internacional.
Además de ser inmediatamente reconocible, el IKB permitía a los espectadores “sumergirse en una sensibilidad cósmica”. No es un cantamañanismo. Póngase frente a dicho color puro y comprobará un efecto psicológico inmediato que no se produce frente a ningún otro. El nuevo y célebre azul también daba pie a reflexionar sobre el papel del artista, que no se limita a producir, sino que se extiende a todos los campos de expresión. Aquel infinito azul debía desbordar el lienzo para alcanzar otros formatos e incluso objetos.
Su proyecto más arriesgado y radical tuvo lugar en marzo de 1960, titulado Symphonie Monotone-Silence, donde tres modelos desnudas se cubrían con pintura azul IKB para imprimir sus cuerpos sobre un lienzo blanco. Las modelos se habían convertido, según él, en “pinceles vivientes”. A ese estreno sensacional seguirían medio centenar de “antropometrías” sobre papel y una treintena sobre seda, todo un corpus de obras que ponía de manifiesto una concepción experimental y novedosa en la que el arte está en comunión con la vida misma.
En la primavera de 1961 realizó unas series de pinturas con fuego, es decir, cubría el lienzo con pintura y luego, a modo de pincel, lanzaba fuego con un soplete que pesaba casi cuarenta kilos, bajo la supervisión de un bombero que echaba agua al lienzo para evitar accidentes. Su serie “Pinturas de fuego” sigue siendo una de las más elementales y espirituales jamás creadas.
Yves Klein fue un pionero. Su revolución del color y su obra heterogénea y compleja anticipan muchos de los cambios culturales que sucederían tras su muerte. Influyó en el pop art y abrió nuevas vías hacia la performance, el arte conceptual, el movimiento Fluxus y el minimalismo. El artista falleció en su casa en París el 6 de junio de 1962 a la temprana edad de 34 años víctima de un ataque al corazón. El tercero en un mes. El primero fue en el Festival de Cannes tras asistir al estreno de la película Mondo Cane, donde fue ridiculizado en pantalla por el cineasta Gualtiero Jacopetti. Esa misma noche, dolido, tuvo un primer infarto. Fue una traición injusta, cobarde.
El artista tuvo una una historia impresionante, intensa, y una carrera repleta de logros contra el tiempo, como si intuyera de alguna manera que no viviría demasiado. Se trata de una figura determinante dentro de la historia del arte que nos ayuda a entender el presente del arte. Sin embargo, esta exposición parece no llegar a representar esa importancia. Algo extraño sucede con ella. De hecho, debí visitarla dos veces para confirmar mis sospechas, de que no eran simples ideas mías.
En mi primera visita, a la que dediqué bastante tiempo a cada obras, a solas, algo llamó mi atención. Los visitantes que entraban a la exposición (casi todos turistas, franceses incluso), salían de sus salas a una rapidez asombrosa, como si aquello fuera un trámite. Ni menos de un minuto entre entrada y salida. En mi segunda visita, me senté a propósito para comprobar si esa conducta se repetía. Volvía a suceder, con insistencia. Volví a recorrer la exposición, ahora con otros ojos.
Esta conducta de los visitantes responde, en exclusiva, hacia errores en el modelo del montaje de la exposición. Si bien en la entrada se encuentra disponible el catálogo con un largo texto de la comisaria y una descripción básica de cada una de las obras, con sus fotografías, la ausencia de carteletas al lado de las obras en el propio montaje, sustituídas por números que debemos buscar y encontrar en el catálogo, convierte a las obras monocromo y al conjunto de la muestra en un auténtico enigma para el visitante común, perdiendo completamente el interés por lo que ve: pinturas monocromo con bordes redondeados encapsuladas en cajas plásticas de metacrilato atornilladas a la pared.
Otro de los errores es su disposición espacial. La exposición ocupa solo cuatro salas del total de la planta, con salas sucedidas una a continuación de la otra, compartida con otra. Es decir, cuando se acaban las obras de Klein, en la sala contigua continúa inmediatamente, como parte de un mismo recorrido, otras obras abstractas de otros artistas de la colección permanente de la fundación, lo que no sólo confunde al visitante, sino también hace perder el interés por las obras que acaba de ver, sin explicaciones evidentes. Lo que continúa viendo tampoco es muy alentador. Normal que la visita no se prolongue más allá de un minuto. Una exposición de esta envergadura debiese ocupar la planta entera para envolver al visitante en el universo completo del artista. La exposición queda, literalmente, cortada por la mitad.
La exposición tampoco muestra un trabajo de mediación artística en relación al IKB, que hizo mundialmente famoso a Klein. Aparece sólo como un intrascendente detalle biográfico en una línea del tiempo instalada a la entrada de la primera sala.
Otra falencia inaudita del montaje la encontramos en la gran y única instalación que ocupa una sala entera, con unas barras azules suspendidas en el aire sobre una base cuadrada de polvo azul. A aquella sala no se puede entrar. El acceso está impedido a los visitantes gracias a una estructura que asimila un balcón, donde solo es posible apreciarla de lejos. No poder acercarse ni recorrer esta instalación, sumergiendo al visitante en una experiencia inmersiva, contradice al propio Klein en todo lo que buscaba y pregonaba con su obra, explicada con anterioridad, volviendo el montaje absurdo. Con todo esto, el impresionante y concienzudo trabajo realizado por Cristina Carrillo de Albornoz para sumergirnos en la obra, la vida y la genialidad de un artista esencial para la historia del arte, queda anulado, como el propio artista y su obra, gracias a un montaje incorrecto desde su formulación y ejecución.
Esperemos que la segunda vida de esta exposición, que continuará entre el 29 de octubre de 2026 y el 31 de enero de 2027 en el Museo de Arte Abstracto Español, de la misma fundación, en la ciudad de Cuenca, pueda subsanar estas deficiencias para el verdadero disfrute y la real inmersión en la fabulosa obra de este artista esencial de dimensión universal. Mientras tanto, si está en Mallorca, no deje de asistir a contemplar de cerca su obra, eso sí, con catálogo en mano y tiempo suficiente para leer y buscar de qué se trata cada obra (en la página 20 del catálogo). Abierta hasta el próximo 2 de septiembre.



