David Hockney (Yorkshire, 1937 – Londres, 2026) fue otro de esos pasajeros de un tren que pasa por la vida, frente a nuestros ojos, a toda velocidad. No sólo porque aquel tren avanza a idéntica rapidez por nuestras vidas, sino porque él mismo pisaba el acelerador hasta el fondo, sin vértigo, adicto a la adrenalina. Son esos pasajeros que una vez desaparecidos, son acreedores de toda clase de homenajes, que aparecen en la portada de los periódicos alrededor del mundo entero, íconos de una época.
La muerte de David Hockney, ocurrida en Londres el 12 de junio recién pasado a la edad de 88 años, cierra uno de los capítulos más luminosos y trascendentes de la historia del arte contemporáneo. Durante más de seis décadas, el artista británico transformó la manera de entender la pintura figurativa, defendiendo el placer de mirar en una época dominada por las teorías, los discursos y las modas pasajeras. Y es que Hockney siempre estuvo de moda. Su obra, reconocible por la intensidad de su color y por su capacidad para representar la experiencia visual, deja una huella comparable a la de los grandes maestros del siglo XX y XXI.
Nacido en Bradford, Yorkshire, en el seno de una familia trabajadora, mostró desde muy joven un talento para el dibujo. Estudió en la Bradford School of Art y posteriormente en el Royal College of Art de Londres, donde se convirtió en una de las figuras más prometedoras de una generación que redefiniría el arte británico de la postguerra. A comienzo de los años sesenta ya era considerado una de las voces fundamentales del emergente pop art británico, aunque su trayectoria acabaría desbordando cualquier etiqueta estilística.
Su llegada a Los Ángeles en 1964 marcó un punto de inflexión. Fascinado por la luz californiana, la arquitectura moderna y la libertad de la costa oeste estadounidense, creó algunas de las imágenes más icónicas del arte del siglo XX. Obras como A Bigger Splash (1967), Peter Getting Out of Nick’s Pool (1966) y Portrait of an Artist (pool with Two Figures) (1972) transformaron las piscinas en símbolos universales de deseo, modernidad y contemplación. Ningún otro artista logró convertir un paisaje tan cotidiano en un emblema cultural de alcance global.


Hockney defendió con firmeza la vigencia de la representación figurativa cuando gran parte del mundo artístico parecía orientarse hacia la abstracción conceptual. Su pintura reivindicó la observación directa, el dibujo y la experiencia humana como ejes centrales de la creación artística. En este sentido, fue uno de los grandes renovadores de la tradición pictórica occidental, tendiendo puentes entre el legado clásico y las sensibilidades contemporáneas.
La influencia en él de artistas como Pablo Picasso, Henri Matisse, Vincent Van Gogh y Piero Della Francesca fue determinante en su formación y posterior producción. Sin embargo, Hockney nunca se limitó a la admiración académica. Estudió la historia del arte con la misma intensidad con la que cuestionó sus convenciones, especialmente las relacionadas con la perspectiva tradicional, desarrollando investigaciones visuales que influyeron tanto en la pintura como en la fotografía contemporánea.
Su producción se extendió mucho más allá del lienzo. Fue un innovador en la fotografía, creando célebres fotomontajes compuestos por múltiples instantáneas; diseñó escenografías para óperas, realizó grabados de notable calidad técnica y, ya en el siglo XXI, se convirtió en uno de los primeros artistas consagrados en adoptar herramientas digitales como el iPhone o el iPad para la creación de obras de gran formato. Lejos de apreciar la tecnología como una amenaza, la entendió como una nueva extensión del acto de dibujar.


Entre sus contribuciones más importantes destaca su exploración constante de la percepción visual. Dedicó décadas a estudiar cómo observamos el mundo y cómo las imágenes pueden representar mejor la experiencia humana del espacio y el tiempo. Sus investigaciones sobre la perspectiva, el movimiento del observador y la fragmentación de la visión influyeron en generaciones de artistas, fotógrafos y técnicos de la imagen.
Las grandes instituciones internacionales reconocieron tempranamente la magnitud de su legado. Sus exposiciones retrospectivas en la Tate Britain, la Royal Academy of Arts y la Fondation Louis Vuitton, por nombrar sólo algunas, convocaron a millones de visitantes. Incluso en la última etapa de su vida, continuaba siendo una de las figuras más admiradas y vigentes del arte mundial.
El mercado también defendió su importancia histórica. En 2018, Portrait of an Artist (Pool with Two Figures), alcanzó los 90,3 millones de dólares en subasta, estableciendo entonces el récord para una obra realizada por un artista vivo. Pero su valor no residía en las cifras. Su grandeza radicó en haber construido una obra accesible y sofisticada al mismo tiempo, capaz de emocionar tanto a especialistas como a los espectadores ocasionales, democratizándola.
Abiertamente homosexual en una época en la que ello suponía riesgos personales y profesionales, Hockney también desempeñó un papel capital en la representación de la identidad del colectivo gay dentro de la historia del arte. Sus retratos de amigos, amantes y círculos íntimos ampliaron los límites de la visibilidad cultural y ayudaron a normalizar nuevas formas de representación afectiva en el arte occidental.
Pocos artistas han combinado con tanta naturalidad la alegría visual, la profundidad intelectual y la innovación técnica como David Hockney. Desde las piscinas soleadas de la sexy California hasta los paisajes monumentales de Yorkshire y Normandía, toda su obra estuvo atravesada por la convicción de que el mundo merece ser observado con atención, curiosidad y asombro. Su pintura convirtió la mirada en una forma de celebración.
Hasta su último respiro, Hockney continuó concentrando su actividad expositiva en una serie de muestras de enorme escala. La última, realizada en 2025 en la Fondation Louis Vuitton en la ciudad de París, fue la más ambiciosa de toda su carrera. La fundación le dedicó la totalidad del edificio diseñado por Frank Gehry, reuniendo más de 400 obras realizadas entre 1955 y 2025. El artista participó personalmente en la selección y el montaje. Fue considerada la mayor retrospectiva organizada durante su vida. Esta experiencia inmersiva revolucionó la forma de presentar su obra. Utilizando proyecciones monumentales, sonido envolvente y narración del propio creador, permitía recorrer digitalmente sus cuadros, dibujos y fotografías. El éxito fue tal que posteriormente viajó a Corea del Sur, China y otras sedes internacionales.

Este mismo año, la Pace Gallery, que lo representó internacionalmente, organizó varias muestras centradas en sus obras más recientes. Entre ellas destaca The Moon Room (2026), dedicada a nuevas pinturas y dibujos digitales realizados en Normandía. Asimismo, diversos museos estadounidenses presentaron amplias retrospectivas de su trabajo sobre papel. Entre ellas Perspective Should Be Reversed, en el Honolulu Museum of Art, con más de cien grabados, collages, fotografías y dibujos digitales que recorrían seis décadas de producción.
Por otro lado, la importancia de David Hockney para la comunidad gay fue enorme, tanto en el plano artístico como en el cultural y social, convirtiéndolo en un pionero de la visibilidad homosexual. Comenzó a abordar temas de temática LGBT a principios de los años sesenta. En aquella época, las relaciones entre hombres seguían siendo ilegales en gran parte del Reino Unido. Mucho antes de que existiera una representación amplia de la diversidad sexual en el arte y los medios, él pintaba escenas inspiradas en su propia experiencia como hombre gay.
Obras como We Two Boys Together Clinging (1961), cuyo título procede de un poema de Walt Whitman, mostraban de forma explícita el afecto y el deseo entre hombres. No se trataba de una reivindicación militante en el sentido político tradicional, pero sí un gesto de gran valentía artística. Durante los años sesenta y setenta, especialmente tras instalarse en Los Angeles, Hockney creó imágenes que transformaron la percepción política de la homosexualidad.
Aparte de las célebres piscinas, los retratos de parejas y escenas domésticas presentaban a hombres viviendo con naturalidad, elegancia y felicidad. Frente a los estereotipos de marginalidad o tragedia que dominaban muchas representaciones de la época, el pintor mostraba una vida cotidiana plena y luminosa.
Algunas de sus obras más influyentes fueron los retratos de parejas masculinas. Cuadros como Mr and Mrs Clark and Percy contribuyeron a normalizar estas relaciones y su trabajo abrió un espacio que más tarde ocuparían artistas como Robert Mapplethorpe, Nan Goldin, Wolfgang Tillman o Félix González-Torres, por estos días presente de manera póstuma con una gran retrospectiva en el Museo Reina Sofía de Madrid.
Durante la crisis del Sida en los años ochenta y noventa, Hockney vivió la devastación que produjo la epidemia en la comunidad artística y homosexual. Aunque no se convirtió en un activista tan visible como otros creadores, muchos de sus amigos y colaboradores murieron durante esos años. Su obra de ese período contiene un tono más meditativo y melancólico, y su propia supervivencia lo convirtió en una figura de referencia para varias generaciones de artistas gays.
Podría decirse que lo suyo fue un modelo de libertad personal. Más allá de sus cuadros, su importancia simbólica radica en que nunca ocultó su orientación sexual ni intentó adaptarse a las expectativas sociales para alcanzar el éxito. Mantuvo una vida pública relativamente abierta desde una época en que pocos personajes famosos podían hacerlo. Para el colectivo LGBT de las décadas de 1960, 1970 y 1980, representó la posibilidad de desarrollar una carrera artística de primer nivel sin renunciar a la propia identidad. Así, hoy pasa a ser una de las figuras fundamentales de la historia cultural del colectivo, creador de imágenes duraderas de amor, deseo y la vida misma entre hombres que lograron entrar en los grandes museos del mundo.
Con la desaparición de David Hockney se extingue una de las últimas grandes figuras que conectaban directamente la tradición moderna con el presente digital, con un legado que permanece intacto. Como pocos artistas antes que él, logró demostrar que la pintura seguía siendo un lenguaje capaz de reinventarse continuamente y de revelar, una y otra vez, la belleza de estar vivos. Se recordará con admiración a un hombre que supo vivir con intensidad y que logró ser reconocido en esta vida como se merecía. Nos queda, a quienes aún somos pasajeros de ese tren, un legado inigualable repleto de integridad, cariño y generosidad.




