Sentado en el banco de mi terraza, liándome el último cigarrillo de la tarde. De fondo suena Alejandro Sanz, de gira por la isla, y en mis manos descansan las últimas páginas de La nieta del señor Linh. Me río solo. Qué caprichosa es la vida. Terminar un libro sobre un banco, fumando, precisamente en un banco, fumando.
Y es que el señor Bark tiene un banco. Un banco de un parque cualquiera al que va a sentarse solo, como quien necesita un sitio donde dejar caer el peso de su vida. Y acostumbrado a esa soledad, un día se encuentra con el señor Lin. El protagonista de esta historia.
Se sientan uno al lado del otro y mientras el señor Linh se encuentra en silencio, el señor Bark habla. Le habla de su vida, de lo perdido, de todo aquello que uno solo puede contarle a un desconocido. El señor Linh escucha. No entiende ni una palabra, pero escucha. Imagina y cuida de su pequeña nieta a la que se aferra como lo único que le queda de su historia.
En un banco de un parque se encuentran dos hombres rotos. Un migrante sin nada más que su pequeña criatura y otro con múltiples heridas por sanar.
La conexión entre ambos crece desde la soledad, desde el apoyo en un momento difícil. El señor Bark fuma y habla. El señor Linh le regala tabaco y le canta a su princesa. Y en ese gesto, en ese pequeño espacio, bajo un gesto mínimo, dos almas rotas se entienden y se unen. Ninguno lo buscaba, pero ambos lo necesitaban.
Porque vivimos en un mundo que ha aprendido a mirar para otro lado con una eficiencia pasmosa. Hemos sustituido la cercanía por la pantalla y el saludo por el scroll. Convertimos en cifras a las personas que cruzan mares buscando un futuro menos oscuro y nos atrevemos a señalarlos sin preguntarnos qué los ha traído hasta aquí ni qué necesitan. Me incluyo. No me escondo.
La nieta del señor Linh no es una obra perfecta. En el club de lectura generó más dudas que certezas, y hubo quienes la encontraron dispersa, sin un hilo lo bastante tenso como para sostenerse. Para algunos no pasará de ser el guión de una película de domingo. Y no les falta razón. Claudel da demasiados brochazos para el lienzo que tiene entre manos. Pero una novela que incomoda, que divide y que obliga a levantar la vista de la pantalla aunque sea un momento, ya ha cumplido con algo que la mayoría de libros ni siquiera intenta.
A mí, por lo menos, me ha hecho levantar la vista.
Y mira por dónde. Este año yo también he llegado a un banco que no conocía, con los traumas bien guardados en el equipaje y la lectura abandonada en algún cajón de los años oscuros. Y sin buscarlo, alguien se ha sentado a mi lado. Me ha devuelto la rutina, la imaginación, la capacidad de viajar sin moverme del sofá, de removerme sentimientos que llevaba tiempo sin visitar, de abrirme a mundos que mi cerrada visión de lector nunca habría explorado solo. Y de disfrutar, cada mes, redactando estas líneas.
No sé muy bien cómo explicar lo que ha significado esta temporada sin sonar grandilocuente. Así que no lo voy a intentar. Solo diré que hay cosas que uno creía perdidas y que de repente aparecen, sin avisar, de la mano de alguien que tampoco las buscaba del todo.
Con este libro se cierra la temporada. Y con esta columna pensaba cerrar también mi aventura por estas páginas. Pero resulta que escribir me gusta demasiado como para dejarlo ahora. Así que continuaré, empezando por las recomendaciones de mis compañeros y compañeras. La primera será Plataforma, de Michel Houellebecq, que promete ser un viaje con más turbulencias que escalas.
Hasta la próxima lectura. Y si me veis en algún banco, no tengáis miedo. Sentaros y contémonos la vida. Aunque no nos entendamos del todo, quizás es justo lo que necesitamos.







