Francis Bacon: Lire en français

Pintura de figura humana en tonos rosados y grises, con fondo neutro.

Quienes tengan programada una visita próxima a la ciudad de la luz, no pueden perderse “Lire en Français”, la exposición dedicada al artista Francis Bacon en la Gagosian Gallery de París. Presentada en la sede de la Rue de Castiglione entre el 11 de abril y el 30 de mayo, la muestra reúne tres pinturas monumentales del período tardío de Bacon, configurando un conjunto de una densidad formal y conceptual extraordinaria. 

Desde una dimensión estrictamente técnica, las obras evidencian la radical economía de medios que caracteriza la última etapa de Bacon. La pincelada se vuelve más precisa y a la vez más violenta, combinando óleo y aerosol en superficies tensas donde el gesto pictórico parece comprimido hasta el límite. En piezas como “Man at a Washbasin” (1989-1990), la materia se despliega en capas discontinuas, con zonas de arrastre y borrado que sugieren tanto construcción como destrucción simultánea de la imagen. 

La estructura compositiva responde a un sistema de contención geométrica que el artista perfeccionó durante décadas. Hablamos de figuras encerradas en marcos arquitectónicos, jaulas lineales o planos de color saturado. Estas armaduras espaciales, lejos de estabilizar la figura, intensifican su fragilidad, generando una tensión entre orden y disolución que se resuelve en el propio cuerpo representado, siempre en proceso de deformación. 

El tratamiento del color en estas obras tardías alcanza una síntesis particularmente sofisticada. Bacon utiliza campos cromáticos planos (naranjas, amarillos, negros profundos, grises), que funcionan como fondos teatrales donde la figura irrumpe con una violencia casi escultórica. La interacción entre estos fondos y la carne pictórica crea una vibración óptica que sitúa al espectador en una posición incómoda, casi corporal, frente al cuadro. 

En términos de representación del movimiento, las pinturas no describen la acción sino su residuo. Las figuras aparecen como si hubieran sido atravesadas por una fuerza invisible, dejando huellas de desplazamiento, distorsión y colapso. Esta estrategia convierte la pintura en un registro de energía más que en una imagen narrativa. 

Conceptualmente, la exposición hace hincapié en la dimensión existencial de la obra de Francis Bacon. Sus cuerpos no son retratos en sentido clásico, sino superficies donde se inscribe la violencia de las fuerzas (psicológicas, físicas, temporales) que los atraviesan. Como apuntó alguna vez Gilles Deleuze, Bacon no representa la violencia, sino que la hace visible en su acción sobre la carne, una idea que encuentra aquí una formulación especialmente depurada. 

Esta selección de obras revela una paradoja fundamental, y aquella donde lejos de un agotamiento estilístico, estas pinturas muestran una reinvención constante. Tal como señala el historiador Richard Calvocoressi, la imaginación de Bacon en estos años se intensifica, produciendo combinaciones cada vez más concentradas en el color, en la estructura y en la forma.

Tampoco es casualidad que esta muestra esté hoy en París. La relación de Bacon con dicha ciudad, eje implícito de la exposición, añade una capa de lectura significativa. El artista mantuvo un estudio en la ciudad entre los años 1975 y 1987, integrándose en un contexto intelectual y artístico que influyó decisivamente en su obra. La muestra no sólo recupera ese vínculo, sino que lo reactiva, situando sus pinturas en un espacio que forma parte de su propia biografía creativa.

Nacido en Dublín (Irlanda) en 1909 y fallecido en 1992, Francis Bacon desarrolló una de las trayectorias más singulares de la pintura del siglo XX. Su interés por la anatomía, la fotografía y el cine, desde estudios médicos hasta imágenes de Eisenstein, se tradujo en un lenguaje visual centrado en la deformación del cuerpo y la exploración de la angustia existencial. Estas preocupaciones, presentes desde sus primeras obras, alcanzan en las piezas expuestas una síntesis externa, donde la figura humana se convierte en un campo de fuerzas más que en una entidad estable. 

La exposición, en su escisión, funciona como un ensayo visual sobre la persistencia de la pintura como medio capaz de confrontar lo real en su dimensión más cruda. Frente a la espectacularidad de otras propuestas contemporáneas, la apuesta de Gagosian es deliberadamente austera, donde sólo tres obras bastan para desplegar un universo completo. 

Estas pinturas siguen operando como dispositivos de intensidad en una experiencia estética profundamente perturbadora y a su vez extraordinariamente lúcida, remarcando su capacidad para interpelar al espectador y hacerle poner los pelos de punta. De visita obligatoria.