Marina Abramovic, transforma energías

Instalación artística en la Bienal de Venecia con personas recostadas

La artista serbia Marina Abramovic (Belgrado, 1946) puede ser considerada la madre de la performance. No porque ella haya inventado la práctica. El término proviene del francés antiguo parfornir y sus primeras manifestaciones las ubicamos el año 1916 en acciones desarrolladas en el célebre Cabaret Voltaire, en Zúrich, como parte del movimiento dadaísta capitaneado por Tristan Tzara. Previamente, ya se habían documentado otras con el Manifiesto Futurista. 

A pesar de lo anterior, la importancia de esta octogenaria creadora de los Balcanes fue que logró institucionalizar la acción performática en una dimensión global dentro del campo del arte como una práctica válida, reconocida y reconocible. En otras palabras, su trayectoria ha sido decisiva, fundamental, para la legitimación de la performance como disciplina artística dentro de las instituciones del arte contemporáneo. También, a pesar de la severidad de sus acciones, copiada continuamente hasta lo obsceno, lo ridículo y lo disparatado.

¿Por qué hablamos de ella? Porque su última exposición titulada “Transforming Energy”, es especialmente relevante por varios motivos. Se trata de una de las propuestas importantes por fuera de la programación oficial de la 61ª Bienal Internacional de Arte de Venecia, con quien comparte enclave geográfico. Para ser exacto, en los inigualables espacios interiores de la Gallerie dell’Accademia di Venezia, a pocas paradas en vaporetto del Arsenale, donde se exponen gran cantidad de pabellones nacionales. 

La muestra también coincide con el ochenta cumpleaños de la creadora y tiene un componente histórico, al convertirse Abramovi? en la primera mujer artista viva en recibir una gran retrospectiva dentro de esta emblemática institución para la historia del arte. Comisariada por Shai Baitel, la decisión de insertar la obra de la serbia tanto en las salas de exposiciones temporales como entre las colecciones permanentes, ha logrado generar un diálogo muy interesante entre la tradición renacentista y el lenguaje radical de la performance, elegido con pinzas. No podemos olvidar que la Gallerie dell’Accademia se ubica en uno de los museos más importantes de Italia, que conserva el núcleo fundamental de la pintura veneciana, desde la escuela de Bellini y Carpaccio hasta Giorgione, Tintoretto y Tiziano. 

Titulada como “Transforming Energy”, la propuesta funciona como una investigación sobre la presencia, la duración y la transmisión de energía entre la obra y el espectador. Su eje radica en la desaceleración del tiempo de observación, obligando al visitante a abandonar la lógica del consumo rápido propia de la experiencia museística contemporánea. Destacan sus Transitory Objects, conformados por estructuras de piedra, camas escultóricas y dispositivos con cuarzos y amatistas que el público puede activar físicamente. Estas piezas, desarrolladas desde los años noventa, funcionan como herramientas perceptivas destinadas a modificar la relación corporal del visitante con el espacio a través de experiencias inmersivas.

También recupera algunas obras emblemáticas que definieron la historia de la performance. Rhythm 0 (1974), sea quizá la pieza más influyente de toda su carrera. Esta obra aparece como una reflexión todavía vigente sobre la violencia latente en las dinámicas colectivas. La documentación presentada permite comprender el rigor conceptual que sostuvo aquella acción extrema, que pudo haberle costado la vida, que pone los pelos de punta.

La obra Imponderabilia (1977), realizada originalmente junto a su ex pareja Ulay, mantiene intacta su capacidad para cuestionar los límites entre el espacio público, la intimidad y la vulnerabilidad física. En el contexto de su presencia en la Accademia, esta pieza conversa de manera sorprendente con la tradición humanista de la pintura veneciana, desplazando la representación del cuerpo hacia la experiencia directa del espectador. 

Retrato en blanco y negro de una artista contemporánea pensativa

Otra de las presencias decisivas es Balkan Baroque (1997), la instalación que le valió el León de Oro en la Bienal de Venecia. La acumulación de huesos y la evocación de la guerra de Yugoslavia conservan una intensidad perturbadora aún en la actualidad. Marina Abramovi?, hija de héroes partisanos de la era de Tito, sufrió profundamente el colapso y la violencia étnica de su patria. Aunque ella vivía fuera de Yugoslavia desde los años 70, la guerra se convirtió en el eje central de su obra a finales de los noventa.  Así, a través del resto de obras, se va conformando una lectura rigurosa dentro de una genealogía más amplia vinculada a cuestiones de ritual, sacrificio, memoria y contemplación.

Transforming Energy acaba siendo una auténtica experiencia para el visitante, que al salir de la Accademia por la puerta principal y ver el Gran Canal con su flujo de góndolas y embarcaciones, lo hace con otra percepción, mirando todo a su alrededor de otra manera, desde otro prisma. Ahí entiendes que lo de Abramovi? no radica únicamente en el carácter extremo de sus acciones históricas, sino en su capacidad para reformular continuamente nuestra relación con el cuerpo y la percepción sobre él. Merece ser visitada, porque transformará su energía, literalmente. Hasta el 19 de octubre.