Plataforma: más allá del erotismo

Sigo en shock. Mi cabeza ha dado demasiadas vueltas a lo largo de la historia que ha creado Michel Houellebecq, y ha pasado por estados emocionales que no supe nombrar mientras leía.

Todavía siento algunas de sus líneas centrales recorriéndome por dentro, como un dedo que traza un mapa que no pedí conocer.

Espero que me perdone Michel, pero sueño con Valérie. Se ha convertido en una musa que flota por mi mente y por los lugares que he frecuentado esta última semana. Se me aparece en el metro, en la cola del súper, en cualquier cuerpo que se le parezca un poco: un gesto, una manera de sostener la mirada un segundo de más.

Los actos y las decisiones de Michel y Valérie a lo largo de Plataforma han provocado en mí fases de erotismo que me han incomodado en algún momento. Pero era una incomodidad tibia, de las que no quieres que se enfríen del todo. Esa vibración, ese júbilo que te transporta sin pedir permiso. Como si el alma saliera un instante del cuerpo y este quedara respondiendo solo, por inercia, mientras ella se queda arriba, saboreando algo que no tiene nombre todavía.

Tumbado en la cama, todavía trato de encajar la complejidad, la banalidad y el erotismo de esta obra.

No sabía a lo que me exponía. Y como Michel, me he dado cuenta de que la vida, incluso en los momentos en que estamos más adormecidos por la rutina, todavía puede sorprenderte.

Se me ha hecho difícil explicar a quien me veía leyendo esta novela de qué trataba el libro. No es una obra sexual. Va más allá. Es la historia de un hombre que empieza enterrando a su padre y termina enterrando algo más grande: la posibilidad misma de ser feliz. En medio, hay un tramo de vuelo. Michel toca algo parecido a la dicha absoluta —esa clase de instante que quema tanto como ilumina— y durante un rato vive como si el sol no pudiera derretirle las alas a él. Pero Houellebecq no permite el consuelo de un final que perdone. Lo que sube, en esta novela, siempre vuelve a caer, y cae más rápido de lo que subió.

Es una gran obra, una obra que debe leerse evitando los estereotipos que rigen nuestra moral actual. Salir de la zona cómoda y dejarse llevar por el viaje que propone Houellebecq. Dejar los maniqueísmos y las imágenes impostadas, y simplemente habitar la experiencia de los personajes. Mirar sin juzgar.

Un viaje a una tierra que la sociedad occidental actual recorre poco, o solo de lejos. Disfrutar de esa incomodidad, de esas sensaciones extrañas de placer que se cuelan como calor por una rendija. Disfrutar de lo explícito y de un lenguaje sin ambages, que no pide perdón por nombrar el cuerpo.

Valérie me acompañará una temporada. El poso de Michel, otra: el de saber que la felicidad, cuando llega entera, ya viene con fecha de caducidad.

Nos vemos en la próxima entrega, queridos compañeros de viaje. Aprovecharé para adentrarme una vez más en el mundo que Dan Brown ha creado para Robert Langdon.