Bienal de Venecia, tonos menores

Performance artística con una campana y un artista colgando

La Bienal de Venecia es, dentro de las artes visuales, el evento más importante del mundo. Así de claro, lo viene siendo desde que existe. Por estos días se acaba de inaugurar su sexagésima primera edición envuelta en una tormenta de controversias. Polémicas aparte, los amantes del arte deben ir a Venecia aunque sea una vez en la vida, primero para asistir a la propia Bienal, que es un universo en sí misma, y después para conocer la ciudad, cuya húmeda vida se mueve, literalmente, en torno al agua. En estos momentos se exponen obras de arte contemporáneo en más de un centenar de pabellones nacionales, 31 eventos oficiales colaterales, 120 exposiciones, 24 fundaciones, 10 museos, 13 espacios independientes de arte y 21 galerías de arte contemporáneo. Es decir, la oferta artística es prácticamente inabarcable.  

Esta va siendo una de las ediciones más controvertidas de la historia de la Bienal debido a temas políticos y lucha de poderes donde parece no existir espacio para treguas o puntos medios. Y a ratos, pareciera ser que lo último que importa es el arte, por detrás de los discursos o posturas ideológicas, pasando por alto los temas económicos, que son al fin y al cabo lo que mueve a este mercado en particular y que del evento ha usufructuado como nunca. Tras gritos alegóricos de solidaridad con los pueblos afligidos y vulnerados, nadie estuvo dispuesto a cerrar su pabellón más de un día. Algunos no llegaron ni a un par de horas. Las descalificaciones masivas y apocalípticas contra el evento desaparecieron el mismo día en que se abrieron las puertas al público común y corriente, cuando ya no quedaban cenas, fiestas ni cócteles gratis. 

Entrada de la Bienal de Venecia con visitantes bajo paraguas
La Bienal de Venecia atrae a numerosos visitantes cada año.

Tras pasar la semana inaugural, podía olerse un cierto olor a pólvora después de una batalla sin cuartel por intentar reventar la Bienal desde dentro, a propósito. Ya no hacía ni pizca de gracia, en especial a los padres venecianos que pagan 30 euros por cabeza para ir a ver arte con los hijos pequeños, encontrarse con manifestaciones o pabellones cerrados tras haberse gastado un dineral. De esto la prensa ni ninguna gran voz crítica le hablará, por supuesto. Pocos parecen querer reconocer que la Bienal no es más de lo que es: una gran exposición de arte. ¿Qué tiene entonces de especial esta exposición, que pese a ser atacada desde todos los ángulos, columpiada a insultos, descalificaciones, intentos de boicot, y a pesar de ese odio visceral que les hace tironear las trenzas con furia, todo el mundo quiere seguir estando dentro de ella, ser parte de ella de alguna u otra manera? Es justamente ahí, en ese punto, donde entendemos la real importancia simbólica de la Bienal de Venecia.y el principal motivo para que siga presente, ya navegando por aguas más tranquilas, después de seis décadas. 

Lo ocurrido ha arrojado más preguntas que respuestas, donde la única certeza es que la Bienal sigue estando allí. ¿Era eso lo que quería la desaparecida directora Koyo Kuoh cuando concibió esta Bienal? ¿Le hubiera gustado que las cosas acabaran de esta manera, a sabiendas que defendía un tono introspectivo y un enfoque “de escucha”? Quedan serias dudas al respecto.

Pasando a la exposición en los pabellones centrales del Arsenale y los Giardini, titulada “Minor Keys”, que reciben a los visitantes previo a los pabellones nacionales, tampoco ha estado exenta de cuestionamientos. Algunos críticos consideran que el proyecto es denso, solemne y uniforme emocionalmente, una Bienal devocional y con sensación de Déjà vu, sugiriendo que muchas obras comparten el mismo tono melancólico y contemplativo, lo que termina generando fatiga. La lentitud, el susurro y la baja intensidad acaba derivando en una experiencia excesivamente contenida, evitando deliberadamente el conflicto directo y la confrontación visual, produciendo una sensación de homogeneidad. Respecto al uso de recursos sensoriales, se cuestiona a instalaciones que utilizan olores y efectos inmersivos que convierten el Arsenale en una especie de “asalto olfativo”. También se ataca a elementos cinéticos tales como árboles giratorios, piedras rotando, semillas motorizadas, calificándolos implícitamente de gimmicks o trucos efectistas que contradicen la sutileza conceptual de la muestra. La exposición cae en un evidente misticismo curatorial, donde la insistencia en espiritualidad, ritual, escucha y reparación emocional son vistos como una estética casi litúrgica que evita posicionamientos políticos más contundentes ante las crisis actuales. Aunque ya sabemos que para gustos, colores y sabores. 

Otros dardos, por el contrario, se dirigen hacia el contexto político de la Bienal. La dimisión del jurado por las controversias vinculadas a Israel y la Federación Rusa acusan a la exposición como atrapada entre su discurso de cuidado colectivo y las tensiones geopolíticas reales que la rodeaban, desgarrada por el presente. Asimismo, también se considera que la exposición privilegia tanto la atmósfera y la sensibilidad que en ocasiones pierde fuerza visual o formal, donde la experiencia puede sentirse más cercana a una mediación continua que a una exposición con contrastes intensos o momentos de ruptura. Vamos, que no había cómo complacer a nadie y esa es justamente uno de las mayores problemáticas del arte contemporáneo de la actualidad. Desde esa perspectiva, podría decirse que la exposición representó a cabalidad el arte contemporáneo y la profunda crisis por la que atraviesa. 

En medio de este caos ético y estético, aparecen los pabellones nacionales, cuyo análisis dejaremos para más adelante, porque lo merecen algunas estupendas propuestas. Sí es necesario volver atrás, para intentar poner un poco de orden, si acaso es posible. La Bienal ha revelado una tensión tectónica entre la misión fundacional de la institución y el ascenso de una no tan nueva praxis curatorial que prioriza el posicionamiento político sobre la mediación artística. Este fenómeno no sólo ha puesto a prueba la logística del evento, sino la validez de su modelo mismo. 

Para entender el presente, es imperativo analizar la estructura de la Fundación. La Bienal no es una galería privada; es un ente público de derecho privado que gestiona soberanía simbólica. Su éxito histórico radica en su capacidad para actuar como un paraguas neutral bajo el cual conviven naciones en conflicto (los lectores más mayores recordarán qué pasaba entre la ex Unión Soviética y los Estados Unidos dentro del evento durante la Guerra Fría). Pero la Bienal estaba por encima, inamovible. 

Romper esa neutralidad, como se ha exigido, no aparece entonces como un acto de valentía moral, sino como una amenaza directa a la viabilidad del foro como un espacio de encuentro universal. Tras la muerte de Koyo Kouoh, la transición del mando curatorial pasó a su equipo, que pronto se desplazó de lo estético a lo ideológico. Si bien el arte debe reflejar las preocupaciones de su tiempo, el sentido común sugiere que un equipo curatorial tiene una responsabilidad contractual de lealtad hacia la institución que le permite operar.

La primera gran controversia técnica surgió con la readmisión del pabellón ruso. Desde la administración de la Bienal, presidida por Pietrangelo Buttafuoco, la decisión se basó en el principio de continuidad. Excluir permanentemente a una nación por las acciones de su gobierno es un precedente que, de aplicarse con rigor, vaciaría los Giardini de la mitad de sus participantes habituales. La institución defendió, con criterio, que la cultura debe ser el último canal diplomático en cerrarse.

Interior de una galería con paredes rojas y un pedestal negro
Una vista del espacio de la galería donde se exhiben obras de Francis Bacon.

No obstante, la reacción de la Comisión Europea introdujo un elemento de coacción externa inaudito. El anuncio de suspender una subvención de dos millones de euros si no se procedía a la censura de Rusia colocó a la Bienal en una posición imposible. La institución se vio atacada en su autonomía financiera por organismos políticos que, paradójicamente, deberían velar por la libertad de expresión cultural en el continente.

Es en este punto donde la actuación del equipo curatorial merece un escrutinio severo. En lugar de actuar como escudo institucional, parte del equipo se sumó a las campañas de boicot externas. Desde el punto de vista de la gestión este suceso representa una anomalía, reconociendo a agentes internos socavando la infraestructura que sostiene su propio trabajo. La curaduría dejó de ser una labor de selección de obras para convertirse en un ejercicio de agitación política contra el propio anfitrión. 

El jurado internacional tomó la decisión de excluir a Rusia e Israel de la posibilidad de obtener premios basándose en procesos de la Corte Penal Internacional, desplazando así el criterio de valoración del objeto artístico al expediente legal del Estado-nación. Este giro burocratiza el arte y subordina el talento individual a la conducta de los gobiernos nacionales. Fue muy grave lo que hizo ese jurado, conformado íntegramente por mujeres.

La importancia de la Bienal para el arte contemporáneo reside precisamente en su capacidad para sostener la contradicción. Su prestigio se ha forjado permitiendo que lo sublime y lo abyecto coexistan en el mismo espacio geográfico. Si la curaduría buscaba “limpiar” el evento de cualquier presencia incómoda, lo que estaba haciendo en realidad era empobrecer el discurso artístico, reduciéndolo a una cámara de eco de valores pre aprobados.

La presencia ejercida por el colectivo ANGA y otros grupos de artistas para clausurar el pabellón de Israel en el Arsenale fue otro ejemplo de cómo el activismo busca cortocircuitar el protocolo institucional a su antojo. La reubicación del pabellón israelí fue una medida logística sensata para garantizar la seguridad de los visitantes, pero fue interpretada por los curadores como un agravio, sin ser capaces de entender que la seguridad física de los asistentes es una prioridad administrativa que no debería estar sujeta a debates ideológicos. 

El impacto del retiro de los fondos europeos no debe subestimarse, pero la respuesta de la Fundación ha sido de una integridad notable. Al mantener sus puertas abiertas, la Bienal ha recordado al mundo que su valor no se mide solo en euros, sino en su historia. Sin embargo, la dependencia de patrocinios privados para cubrir el agujero de la Unión Europea (que sin lugar a dudas conseguirá en un chasquido de dedos), podría llevar a una mayor mercantilización del evento a largo plazo, una consecuencia indeseada del boicot político que han creado los propios artistas y curadores.

La “solidaridad radical” propuesta por los curadores es, a menudo, una forma de exclusión selectiva. Mientras se ataca la presencia de ciertas naciones, se ignora la de otras con historiales de derechos humanos igualmente cuestionables. Esta falta de consistencia ética es lo que más daña el prestigio de la Bienal, pues sugiere que las reglas de participación son arbitrarias y dependen del clima de opinión en la prensa y las redes sociales. 

La defensa del rol institucional de la Bienal es, en última instancia, la defensa del pluralismo. Si la organización cediera a todas las demandas de cancelación, la Bienal de Venecia se convertiría en un evento parroquial, relevante sólo para una fracción del mundo artístico alineada con una agenda específica. El valor de la Bienal es justamente la existencia de espacios donde lo opuesto a nuestras creencias tenga el derecho a ser exhibido, como ha acabado sucediendo. Y no se ha acabado el mundo, ni muchísimo menos. Una semana después de su inauguración, comprobamos en los Giardini que todo fue una absoluta exageración con la complicidad de los medios de comunicación.

A pesar de lo anterior, la gobernanza de la Bienal, con sus acciones, ha logrado reforzar la autoridad de la Fundación sobre los caprichos del momento. Un curador jefe debería ser un aliado de la institución, no su principal crítico desde dentro. La libertad curatorial es sagrada para la selección de obras, pero no debería extenderse al sabotaje de la integridad diplomática ni de este evento ni de ningún otro. Lo opuesto levanta severas sospechas respecto a otros intereses.  

La Bienal ha sobrevivido físicamente, pero su reputación como foro imparcial ha sido herida. Para sanar, es necesario volver a los fundamentos de la Bienal, aunque no se cansen de tildar de “casposo” su formato, que a pesar de esa supuesta casposidad, sigue siendo el evento más importante del mundo del arte y toda su fauna desea estar dentro. El arte no es una extensión de la política por otros medios, aunque los curadores defiendan apocalípticamente lo contrario. El arte es una disciplina autónoma que requiere de una estructura sólida para no ser devorada por la contingencia. La verdadera importancia de Venecia es su escala. Es el único lugar donde el arte se mide cara a cara con la historia y el poder. Si permitimos que el activismo curatorial fragmente esta escala en pequeños guetos ideológicos, habremos perdido la joya de la corona del arte occidental. La Bienal debe seguir siendo el lugar donde el mundo, con todas sus heridas y falsedades, se atreve a mirarse al espejo.

La defensa de la institución y su autonomía es la única forma de garantizar que el arte contemporáneo siga teniendo un escenario global. Los curadores pasarán, las polémicas se olvidarán, pero la Bienal debe permanecer como ese faro de complejidad que, a pesar de todo, se niega a apagar su luz ante el primer vendaval de la opinión pública, como una vez más lo ha hecho. La Bienal continúa, estupenda, imponente, sin tonos menores ni medias tintas, y hemos estado ahí para verlo. Larga vida.