El Imperio más sólido de la economía de la influencia europea estuvo a punto de desmoronarse sobre un pandoro con glaseado rosa y una donación que nunca fue lo que parecía. Chiara Ferragni compareció el 4 de noviembre de 2025 por primera vez ante el Tribunal de Milán, acusada de fraude por la venta de dulces navideños que su empresa comercializó bajo supuestos fines benéficos. Fue el inicio formal de un proceso que llevaba dos años envenenando su imagen, sus contratos y su vida personal.
Ese día, rodeada por una nube de cámaras a la salida del palacio de justicia, eligió las palabras con cuidado: «Es un momento difícil para mí; estoy segura de que lo comprenderán si prefiero no añadir nada más. Gracias por estar aquí.» Poco más. Una frase contenida que decía, en realidad, mucho más de lo que parecía.
EL ORIGEN: UN PANDORO, UNA PROMESA Y UN ENGAÑO SEGÚN LA FISCALÍA
El origen del proceso se remonta a 2021 y 2022, cuando la empresaria promocionó pandoros y huevos de Pascua vinculados a su nombre con la idea de que parte de las ventas se destinarían al hospital pediátrico Regina Margherita de Turín. Los productos se vendían a un precio notablemente superior al habitual, con el logotipo de Ferragni en el envoltorio y la promesa implícita de que comprar ese dulce era también un acto solidario.
La realidad era otra: la donación al hospital fue de 50.000 euros, pactada de antemano y ajena al volumen de ventas. Cuando la discrepancia entre lo que se sugería y lo que realmente ocurría salió a la luz, el escándalo fue inmediato. Ferragni fue sancionada con un millón de euros por «práctica comercial incorrecta», y el escándalo salpicó también a Balocco, la distribuidora de los dulces, que recibió una multa de 400.000 euros.
La reacción inicial de Ferragni fue un vídeo de disculpas. Llamó a todo aquello un «error de comunicación». La Fiscalía italiana, en cambio, lo llamó estafa agravada.
La defensa: buena fe y un error de comunicación
Ante el juez, Ferragni afirmó haber actuado «de buena fe» y añadió: «Todo lo que hemos hecho, lo hemos hecho de buena fe, ninguno de nosotros se ha lucrado.» Su estrategia defensiva giró en torno a esa distinción —entre la negligencia comunicativa y el dolo deliberado— que, a la postre, resultaría determinante.
Los abogados de Ferragni entregaron al juez documentación que respaldaba las múltiples razones por las que consideraban que la acusación carecía de fundamento. Ella, por su parte, no estaba obligada a declarar, pero lo hizo. Eligió hablar. Y esa decisión —tomar la palabra en lugar de escudarse en el silencio— definió buena parte del perfil que proyectó durante el proceso.
EL PESO DE LA ACUSACIÓN: 20 MESES DE PRISIÓN Y UN IMPERIO BAJO PRESIÓN
La Fiscalía de Milán solicitó un año y ocho meses de cárcel para la influencer por «estafa agravada», la misma pena que para su mano derecha, Fabio Maria Damato, y doce meses para Francesco Cannillo, presidente de la empresa Ceralitalia.
El golpe reputacional fue devastador antes incluso de que hubiera sentencia. Ferragni perdió entre uno y 1,2 millones de seguidores en pocas semanas, una de las caídas más bruscas registradas por una influencer europea de primer nivel. Las marcas no esperaron al veredicto: Safilo, Coca-Cola y Pantene, entre otras, rompieron o suspendieron sus contratos con ella. Y en paralelo, su matrimonio con el rapero Fedez —la otra mitad de la pareja más mediática de Italia— se desintegró. En noviembre de 2024 formalizaron su divorcio, y desde entonces sus hijos, Leone y Vittoria, apenas aparecen en sus redes sociales.
En total, Ferragni pagó alrededor de 3,4 millones de euros en indemnizaciones y donaciones: un millón por la multa del pandoro, otro millón para el hospital y 1,2 millones a la organización de niños con autismo vinculada a la venta de los huevos de Pascua.
Tres millones y medio de euros. Y aun así, la Fiscalía quería más.
Las audiencias decisivas: diciembre de 2025
El 19 de diciembre de 2025, durante la que sería una de las audiencias más importantes del proceso, los abogados de Ferragni solicitaron formalmente su absolución. La influencer salió del tribunal con un mensaje escueto pero cargado de calma: «He escuchado a mis abogados y estoy tranquila y confiada. Espero que vaya bien.»
La Fiscalía, en cambio, mantuvo que correos electrónicos internos demostraban que las empresas vinculadas a Ferragni habían dado directrices sobre la gestión comercial de las campañas, y que cuando los clientes preguntaban qué porcentaje del precio se destinaba a obras benéficas, las respuestas eran evasivas o directamente inexistentes. No era ignorancia. Era una arquitectura.
LA ABSOLUCIÓN: FIN DE UNA PESADILLA, INICIO DE OTRA HISTORIA
El 14 de enero de 2026, el juez Mannucci dictó sentencia. La justicia italiana puso fin al proceso penal: el juez decretó el sobreseimiento y la extinción del delito tras descartar el agravante solicitado por la Fiscalía y constatar que la empresaria ya había pagado cuantiosas indemnizaciones a través de acuerdos privados con asociaciones de consumidores.
La causa de estafa agravada se rebajó a fraude simple, y al no reconocerse el agravante del engaño a los consumidores, el caso quedó cerrado sin condena. En Italia, el fraude simple solo puede perseguirse si existe una denuncia activa. Y las denuncias, una a una, habían sido retiradas.
«Estoy muy aliviada. Es el fin de una pesadilla», declaró Ferragni a la salida del tribunal. Dos años de proceso, millones en indemnizaciones, contratos perdidos, un divorcio y una reputación que todavía busca su forma definitiva. Todo eso quedaba, al menos legalmente, detrás.
Pero la absolución judicial no borra el rastro. En la actualidad, Ferragni cuenta con 28 millones de seguidores, dos menos que antes del escándalo. Su empresa sigue en pie, aunque más pequeña. Su imagen pública, reconstruida con más cuidado y menos espontaneidad.






