Villa Panza dedica a Josef Albers una importante exposición en Italia titulada ‘Meditations’ donde lentitud, concentración y el ejercicio de la mirada campan a sus anchas en un escenario como si hubiese sido creado a propósito para ello. La serenidad de sus salas, la luz que penetra por los ventanales y el equilibrio de la arquitectura histórica de este enclave convierten cada pintura en un espacio de observación, donde cada obra respira y dialoga cómodamente tanto con el edificio como con el visitante.
Nacido en Bottrop, Alemania, en 1888 y tras ejercer como maestro de escuela, Josef Albers ingresó en la Bauhaus en 1920, primero como estudiante y poco después como profesor. Allí participó activamente en uno de los proyectos pedagógicos más revolucionarios del siglo XX, donde arte, diseño, arquitectura y artes aplicadas dejaron de entenderse como disciplinas separadas para integrarse en una misma concepción de la creación. La llegada al poder de Adolf Hitler y el nazismo puso fin a aquella experiencia en 1933 y obligó a Albers y a su esposa, de origen judío, a exiliarse en Estados Unidos. A través de su carrera, especialmente como colorista, Albers se convertiría en uno de los pilares esenciales de la educación artística en Occidente. A pesar de ello, su nombre sigue siendo desconocido para enormes capas de generaciones en Europa, partiendo por las artísticas.




El traslado de este investigador a los Estados Unidos marcaría el inicio de una segunda etapa igualmente decisiva. Primero en Black Mountain College y posteriormente en la Universidad de Yale, Albers transformó la enseñanza artística mediante un método basado en la experimentación, la observación y el análisis de los procesos perceptivos. Enseñaba a pensar visualmente, a prestar atención a los fenómenos físicos del color, acconocerlo en profundidad, con detención, con pausa. Entre sus alumnos e influencias indirectas se encuentran algunas de las figuras más importantes del arte estadounidense de la segunda mitad del siglo XX.
Su contribución, asimismo, trasciende ampliamente el ámbito de la pedagogía. Pocos artistas investigaron con tanta profundidad esta naturaleza del color. Para él un color nunca existe de manera aislada, sino que cambia constantemente según el contexto, modifica nuestra percepción del espacio y establece relaciones inesperadas con los tonos que lo rodean. Esa constatación, aparentemente sencilla, dio origen a una de las investigaciones pictóricas más rigurosas de la modernidad. Demostró que el color es una experiencia subjetiva dependiendo de su yuxtaposición con otros. Su taller era un auténtico laboratorio.
La serie Homage to the Square, eje central de esta exposición, constituye la síntesis perfecta de esa búsqueda científica. Cuadrados concéntricos cuidadosamente proporcionados se convierten en esos laboratorios visuales donde la pintura deja de representar el mundo para estudiar las condiciones mismas de la visión. Lo extraordinario de las investigación rigurosas de Albers es comprobar por uno mismo cómo una estructura formal invariable produce experiencias ópticas siempre distintas.
Existe una paradoja fascinante en su obra y es que cuanto más restringe sus recursos, mayor es la complejidad que alcanza la experiencia del espectador. No hay gestualidad expresionista, simbolismo oculto ni narración alguna. Tonterías las justas, por decirlo coloquialmente. Todo sucede en la superficie del cuadro y, al mismo tiempo, todo ocurre en el ojo de quien observa. El color parece avanzar, retroceder, expandirse o vibrar sin que la pintura haya dejado de ser absolutamente inmóvil. Los discursos sobran. Todo sucede en su propia retina. La comunicación entre obra y espectador es directa y absoluta, sin necesidad de intermediario alguno.
La exposición entiende esta dimensión con notable sensibilidad, optando por una selección que favorece la concentración y permite al espectador apreciar las sutiles variaciones cromáticas que constituyen el verdadero núcleo del trabajo del profesor Albers.
La elección de Villa Panza posee además una evidente coherencia intelectual. La colección reunida por Giuseppe Panza di Biumo convirtió este lugar en uno de los grandes centros europeos para comprender el minimalismo, el arte conceptual y las investigaciones sobre la luz y el espacio. Aunque Josef Albers nunca formó parte de la colección permanente, resulta difícil imaginar el desarrollo posterior de artistas como Dan Flavin, James Turrell o Robert Irwin (que sí están presentes en la colección) sin la revolución perceptiva iniciada por el maestro alemán.
Pero ojo, no se equivoque. Albers no pintaba obras abstractas, donde se le ha catalogado. Albers no pintó cuadrados porque quisiera reducir la pintura a una fórmula geométrica; lo hizo porque había descubierto que la estructura más sencilla era también la más eficaz para estudiar los mecanismos de la visión humana. Bajo esa aparente austeridad se esconde una investigación extraordinariamente compleja, que de abstracto, nada. Tan poco abstracto resulta que unas obras como estas, realizadas hace más de medio siglo, conserven semejante capacidad para desafiar nuestros hábitos perceptivos aún en nuestro días, de completa vigencia. La física no pasa de moda. Albers continúa exigiendo algo tan poco frecuente como mirar despacio. Su pintura sigue recordándonos como una bofetada que ver y mirar son experiencias profundamente distintas.
Villa Panza no solo recupera la vigencia de uno de los grandes maestros de la modernidad y ofrece una de las apuestas programáticas más interesantes de Europa esta temporada estival. Reivindica también una idea del arte basada en el conocimiento, la disciplina y la sensibilidad, tan necesaria en nuestros días, donde el rigor planta cara a la idiotez en el arte. Esta estupenda ocasión nos escupe a la cara que la verdadera radicalidad puede consistir en un gesto tan sencillo —y tan difícil— como aprender a mirar de nuevo. Esa lección, silenciosa y exigente, convierte esta exposición en una de propuestas de visita obligatoria. Solo con verla merece en viaje a Italia y perderse entre sus pasillos, imaginando como un profesor estricto de la Bauhaus se perdía por los pasillos de aquel mítico edificio pensando cuál era el secreto, o las mentiras, del color. Apasionante.




