Bienal de Venecia: Arsenale

Vista del pabellón de Arabia Saudita en la Bienal de Venecia con dos personas observando

La Bienal Internacional de Arte de Venecia ha abierto sus puertas y por supuesto, la hemos recorrido de cabo a rabo. Se compone de dos ubicaciones principales: el Arsenale y los Giardini, a quince minutos caminando una de la otra. Asimismo, alrededor de la ciudad, otro extenso número de espacios han acogido los pabellones de países que debutan por primera vez en la gran exposición del arte contemporáneo. En esta oportunidad nos dedicaremos a mencionar los pabellones nacionales presentes en el Arsenale que nos parecieron más interesantes por la calidad técnica de sus propuestas, que mantienen coherente relación con sus discursos teóricos y fundamentos curatoriales. 

El Arsenale es el antiguo astillero militar de Venecia, fundado alrededor del año 1104 durante el auge de la República veneciana. Allí se construían los barcos que permitieron a Venecia dominar el comercio y el poder naval en el Mediterráno. En el siglo XVI llegó a ser uno de los complejos industriales más avanzados de Europa, capaz de producir barcos casi en cadena. 

Desde finales del siglo XX, el Arsenale se transformó en una de las sedes de la Bienal de Venecia. Hoy sus enormes naves de ladrillo y vigas a la vista albergan algunas de las exposiciones e instalaciones más importantes de la Bienal, especialmente en las famosas Corderie. Hasta allí llegamos y de ahí salimos maravillados con seis pabellones nacionales con la obra de prominentes artistas. Ahora sabrá por qué.

ARABIA SAUDITA

Dana Awartani

“May your tears never dry, you who weep over stones”

La propuesta de la artista Dana Awartani en el pabellón de Arabia Saudita fue sobria y emocionalmente devastadora. Su instalación, curada por Antonia Carver, trabaja con la geometría islámica, los oficios tradicionales y la memoria cultural árabe, pero aquí lleva esa investigación a una escala monumental, sobrecogedora. La obra transforma el suelo del pabellón en una suerte de yacimiento arqueológico contemporáneo, donde un gran mosaico de arcilla y ladrillo hecho a mano reproduce patrones geométricos inspirados en lugares históricos destruidos o dañados por guerras y violencia en distintos países árabes.

El proyecto hace referencia a veintitrés sitios patrimoniales amenazados o parcialmente destruidos, entre ellos hammams, mezquitas, palacios y enclaves arqueológicos de Siria, Palestina, Líbano y otras regiones del mundo árabe. Awartani no intenta reconstruirlos literalmente, sino convertir sus restos simbólicos en un espacio de duelo. La pieza funciona casi como una elegía material. 

Para su proyecto, la artista se vale de materiales frágiles. El mosaico está realizado con más de 29.000 ladrillos de arcilla fabricados artesanalmente y producidos junto a decenas de artesanos saudíes tras más de 30.000 horas de trabajo colaborativo. La instalación está diseñada para agrietarse lentamente con el paso del tiempo y el movimiento del entorno, de modo que la erosión forma parte de la obra misma. 

A pesar de su impresionante despliegue, el pabellón es austero y silencioso. No hay espectacularidad tecnológica ni pantallas. Awartani apuesta por una experiencia física y contemplativa. El visitante camina junto a la superficie fracturada, observando cómo los patrones geométricos, tradicionalmente vinculados a la belleza y al orden espiritual islámico, aparecen quebrados, incompletos, vulnerables. Ese contraste es el núcleo conceptual de la obra. 

La obra también encierra una dimensión política. Habla directamente de la destrucción del patrimonio cultural en Oriente Medio y sobre cómo la violencia contemporánea no sólo destruye vidas, sino también memoria, arquitectura y continuidad histórica. Sin embargo, evita caer en la estética del trauma fácil. No busca imágenes explícitas, sino que las encuentra desde la ausencia y la ruina, volviéndola poderosa. Existe una contención emocional calculada, donde el dolor emerge sedimentado en la materia, no dramatizado. Es una propuesta coherente entre forma, material y contenido político. Su obra representa una línea intelectual y patrimonial y con esta propuesta muestra una severa madurez técnica y discursiva.

ARGENTINA

Matías Duville 

“Monitor Ying Yang”

La propuesta de Matías Duville es una de las instalaciones más físicas y atmosféricas presentes en la Bienal. La obra transforma completamente el espacio del pabellón, con el suelo cubierto por cerca de treinta toneladas de sal gruesa donde dibuja sobre la superficie con carbón molido, creando un paisaje negro y blanco que el visitante puede atravesar caminando. 

Duville viene trabajando desde hace años con dibujos de paisajes postapocalípticos, territorios devastados, montañas, incendios, ruinas y naturalezas en transformación, llevando ese imaginario del dibujo al espacio real. El espectador ya no observa el paisaje desde fuera, sino que literalmente entra en él. La instalación parece un descampado mineral, un territorio ambigüo entre paisaje natural, maqueta arqueológica y escenario después de una catástrofe. 

Instalación artística en el Pabellón de Argentina en la Bienal de Venecia
Vista de la instalación artística en el Pabellón de Argentina durante la Bienal de Venecia.

La elección de materiales es fundamental en el trabajo del artista. La sal y el carbón funcionan casi como opuestos simbólicos entre blanco y negro, luz y oscuridad, pureza y combustión, conservación y destrucción. De ahí el título Ying Yang, que remite al equilibrio inestable entre fuerzas contrarias. Pero la obra no ilustra el símbolo oriental de manera literal, sino más bien crea una tensión continua entre dos energías materiales. La pieza, además, incorpora sonido desarrollado junto al Centro di Sonologia Computazionale de Italia. El ambiente sonoro cambia y refuerza la sensación de estar dentro de un ecosistema extraño, casi geológico o extraterrestre. 

Se trata de una obra extremadamente frágil y mutable. El público altera lentamente el dibujo al caminar. No es una instalación fija, sino que se erosiona, se desplaza y cambia durante el tiempo. Eso conecta con uno de los grandes temas de la Bienal, enfocada en obras más sensoriales y meditativas, aunque no menos espectaculares. La obra puede leerse también en clave ecológica, en relación a la extracción de recursos naturales, paisajes explotados, agotamiento ambiental o territorios intervenidos por el ser humano. Sin embargo, Duville evita el mensaje explícito o panfletario. Funciona más desde la experiencia física y emocional. Funciona desde el silencio, la inmensidad, el vacío y el desgaste. 

Parte del impacto de esta propuesta viene del contraste con otras muchas hiper politizadas o visualmente saturadas. Lo de Duville es más lento y contemplativo. Entrar en el pabellón argentino produce casi una experiencia de suspensión temporal. 

CHILE

Norton Maza

“Inter-Reality”

La obra de Norton Maza es una gran instalación inmersiva que mezcla escultura, arquitectura, sonido, dioramas y símbolos políticos para hablar del mundo contemporáneo. Guerra, migraciones, manipulación mediática, crisis ecológica y relaciones de poder son su materia prima. Visualmente, el pabellón funciona como una especie de escenario postapocalíptico y ambiguo. Lo primero que ve el espectador es una estructura monumental colocada sobre una roca artificial. De ella emerge un poste eléctrico con generadores cubiertos de oro y un halcón Harris posado sobre él, haciendo alusión al dominio de Estados Unidos sobre los recursos naturales. También aparecen elementos como una escalera de embarque aérea, un casco de piloto militar y figuras humanas aisladas. Todo parece remitir a infraestructuras de poder, vigilancia, guerra y colapso tecnológico. 

Instalación artística en la Bienal de Venecia con visitantes observando
Una vista del pabellón de Chile en la Bienal de Venecia, donde se exhiben obras contemporáneas.

Pero la clave de la obra está en el contraste entre el exterior y el interior. Desde fuera parece una instalación monumental y sofisticada; sin embargo, el público mira dentro a través de cuatro pequeños agujeros circulares donde descubre dioramas artesanales, casi teatrales, hechos con una estética precaria. Allí aparecen paisajes inspirados en la pintura clásica europea con referencias a Rembrandt, Johannes Vermeer o Caravaggio, mezclados con escenas contemporáneas de violencia, fake news, migración y devastación ambiental. 

Ese choque entre lo grandioso y lo precario es muy típico en la obra de Norton Maza. Su obra suele trabajar con maquetas, miniaturas y escenarios falsos para mostrar cómo el poder construye relatos e ilusiones. En Inter-Reality la idea central es precisamente que vivimos entre realidades superpuestas: lo que vemos, lo que nos hacen creer y lo que permanece oculto. El título juega con esa noción de “interrealidad”, un espacio donde realidad y simulacro se confunden. 

En términos simbólicos, la obra también dialoga con la historia latinoamericana y chilena. Norton Maza vivió en el exilio tras la dictadura chilena y gran parte de su trabajo gira alrededor de la violencia política, la memoria y las tensiones entre centro y periferia. En su propuesta utiliza imágenes de lujo, tecnología y vigilancia mezcladas con materiales humildes y escenografías casi improvisadas, como una crítica a las estructuras globales de poder. 

Visualmente, el pabellón parece una mezcla entre un set cinematográfico, una maqueta militar, un museo de historia natural y una ruina futurista. La sensación que produce es extraña, donde converge una fascinación estética pero también una enorme inquietud. Esa ambigüedad es deliberada. Maza propone al espectador una duda constante de lo que está viendo y de la estabilidad del mundo que representa. A pesar de tratarse de una obra de alto contenido político, es una obra que funciona como crítica, alejándose de lo panfletario. En ese sentido, como conjunto adopta un carácter universal, entendible a cualquiera, capaz de generar empatía. Es una obra solucionada. 

ITALIA

Instalación artística en la Bienal de Venecia con esculturas en un pabellón oscuro
Una vista de la instalación artística en el pabellón de Italia durante la Bienal de Venecia.

“Con te con tutto”

Chiara Camoni 

La propuesta titulada “Contigo con Todo”, de Chiari Camoni, representa al país anfitrión de la Bienal de Venecia ocupando las Tese dell’Arsenale, un enorme pabellón al final del recinto, proponiendo una experiencia profundamente orgánica, artesanal y colectiva. Lo suyo es una idea expandida de la escultura entendida como una práctica relacional.  Concibe su espacio como un paisaje vivo y mutable a través de figuras de cerámica, materiales reciclados, ramas, conchas, fragmentos industriales y elementos encontrados que conviven como si el espacio hubiese sido colonizado lentamente por una comunidad híbrida entre naturaleza y humanidad. 

La primera gran sala está dominada por un bosque silencioso formado por esculturas totémicas de tamaño humano realizadas en terracota mediante técnicas tradicionales como el colombino. Algunas figuras tienen rasgos antropomórficos claros, mientras otras parecen criaturas incompletas o cuerpos en transformación. La iluminación tenue vuelve la experiencia casi ritual. Su fuerza proviene de la lentitud, la tactilidad y la presencia física. 

Camoni rechaza la autoría individual como mito romántico. Muchas de sus obras nacen de procesos colectivos, talleres y colaboraciones. Esa dimensión comunitaria atraviesa el proyecto entero. El pabellón se presenta como una red de relaciones humanas, materiales y temporales. 

La curadora del pabellón, Cecilia Canziani, define el enfoque del proyecto como “materialismo mágico”, es decir, una mirada que mezcla memoria mediterránea, arqueología, espiritualidad popular y prácticas manuales. Hay referencias implícitas al arte etrusco, a la cerámica arcaica y a formas postmodernas de convivencia con la materia. Propone un retorno consciente a los gestos manuales y a la fragilidad física de los materiales.

Una serie de obras incorpora plásticos reciclados y restos industriales sin convertirlos en un simple discurso ecológico ilustrativo, sino que intenta mostrar que incluso aquello descartado puede reinsertarse en un ciclo poético y simbólico. La belleza aparece entonces no como perfección formal, sino como capacidad de transformación. 

En esta ocasión, el pabellón italiano apuesta por una experiencia sensorial, intentando recuperar una relación contemplativa con el tiempo y la materia. El énfasis en escalas íntimas, procesos lentos y voces no dominantes encuentra en Camoni una traducción consistente, que la ubica en el centro del debate internacional sobre nuevas formas de escultura y ecología relacional. 

ISRAEL

Belu-Simion Fainaru

“Rose of Nothingness”

Al apreciar la obra del artista Belu-Simon Fainaru, se vuelve latente la injusticia que hubiera significado que esta propuesta hubiera sido prohibida de participar en la Bienal por el comportamiento bélico del país que representa, del que se aleja inconfundiblemente. El site-specific situado en la Sala d’Armi G, gira alrededor de una idea muy característica de Fainaru y es la de convertir materiales cotidianos y tecnológicos en símbolos espirituales y filosóficos. Utiliza sistemas de irrigación por goteo (una tecnología asociada a la agricultura israelí y para ganar espacio verde al desierto) para construir un espacio meditativo y casi ritual. El agua aparece como una doble metáfora, de supervivencia física y dimensión espiritual. 

Instalación artística en la Bienal de Venecia con agua y luces
Una vista de la instalación en el pabellón de Israel durante la Bienal de Venecia.

La instalación funciona como una estructura suspendida y silenciosa, muy austera. No busca el espectáculo monumental, sino que crea una atmósfera de contemplación, vacío y fragilidad. El título Rose of Nothingness remite a la poesía de Paul Celan, superviviente del Holocausto, cuya obra está marcada por el trauma, el silencio y la imposibilidad del lenguaje después de la catástrofe.

Antes de entrar a la instalación principal, el visitante atraviesa una serie de siete obras más pequeñas que funcionan como claves de lectura. Entre ellas aparecen piezas con títulos como Everything is Going to be All Rigth, Black Rose o Jerusalem in a Pocket. Son trabajos relacionados con la memoria, el desplazamiento, la identidad judía y la idea de pertenencia. 

El trasfondo biográfico es importante. Fainaru nació en Rumanía y emigró a Israel. Su obra lleva décadas trabajando cuestiones de la diáspora, el misticismo judío, la Kabbalah, las fronteras y el exilio. En Venecia conecta estas preocupaciones con la propia ciudad, como una urbe construida sobre el agua, vulnerable y suspendida entre desaparición y permanencia. Fainaru no responde con una obra directamente documental o militante. En lugar de imágenes de guerra o denuncia explícita, propone una instalación introspectiva y metafísica como una tentativa de hablar de vulnerabilidad, duelo y coexistencia.

INDIA

Alwar Balasubramaniam, Sumakshi Singh, Ranjani Shettar, Asim Waqif y Skarma Sonam Tashi

“Geographies of Distance: remembering home”

El pabellón de la India en esta edición marca el regreso oficial del país a la Bienal después de siete años de ausencia. La exposición, comisariada por Amin Jaffer, gira alrededor de la idea del hogar como algo emocional, fragmentado y móvil, atravesado por migraciones, memoria y transformación urbana.

La muestra reúne a cinco artistas muy distintos entre sí, pero conectados por el uso de materiales tradicionales y una sensibilidad casi arqueológica hacia el espacio y la memoria. Uno de los trabajos más comentados ha sido el de Sumakshi Singh, que utiliza hilo, papel y estructuras textiles suspendidas para recrear arquitecturas fantasmales. Sus instalaciones parecen ruinas flotantes o planos incompletos de casas desaparecidas. Existe una dimensión muy íntima y melancólica en su obra. Habla de la fragilidad de la memoria doméstica y de cómo los espacios sobreviven incluso después de ser destruidos o abandonados.

Interior del Pabellón de India en la Bienal de Venecia con obras contemporáneas.
Vista del Pabellón de India en la Bienal de Venecia, destacando su arquitectura y obras.

Ranjani Shettar presenta esculturas orgánicas realizadas en madera, pigmentos naturales y fibras. Sus piezas cuelgan del techo y recuerdan raíces, semillas y formas marinas. Aunque abstractas, transmiten una relación muy física con la naturaleza y con el tiempo lento de los materiales artesanales. Dentro del pabellón funcionan como una respiración silenciosa.

El artista Asim Waqif trabaja con bambú, residuos industriales y estructuras arquitectónicas improvisadas. Su instalación introduce un mundo más urbano y político. Habla de las ciudades indias contemporáneas, del crecimiento caótico y de la tensión entre tradición y modernización acelerada. Sus construcciones parecen inestables, casi provisionales, como si estuvieran siempre a punto de transformarse. Su gigantesca instalación en el pabellón, parece que va a venirse abajo en cualquier momento sobre el espectador. 

También participa Alwar Balasubramaniam, conocido como Bala, cuya obra suele explotar la percepción y la presencia del cuerpo. En el pabellón presenta piezas sutiles, casi minimalistas, donde objetos cotidianos parecen alterados por fuerzas invisibles. Su trabajo introduce una concepción contemplativa marcada por la escucha y la atención hacia lo pequeño. 

La quinta participante es Sonam Skarma Tashi, cuya práctica incorpora referencias al paisaje del Himalaya y a tradiciones budistas. Sus obras son más espirituales y territoriales, muy distinta al resto del pabellón, ampliando la idea de “India” hacia regiones periféricas y menos representadas.

Este proyecto colectivo de India evita una representación folklórica o nacionalista del país. En lugar de construir una identidad fija, propone una visión plural, fragmentada y migrante. Más que un escaparate nacional, el pabellón funciona como una reflexión sobre pertenencia, desplazamiento y memoria material. Su regreso ha sido un acierto.