Un estudio vincula las bebidas azucaradas con más ansiedad en adolescentes

Una revisión sistemática y metaanálisis en adolescentes halló que un mayor consumo de bebidas azucaradas se asocia a una odds ratio de 1,34 para trastornos de ansiedad. El hallazgo no demuestra causa-efecto, pero sí apunta a un hábito cotidiano que conviene revisar con más atención.
Adolescente preocupado con bebidas azucaradas en la mesa
Un adolescente muestra preocupación mientras revisa su nivel de azúcar. IA

Beber más refrescos, bebidas energéticas o zumos azucarados podría estar relacionado con una mayor probabilidad de sufrir trastornos de ansiedad en adolescentes. Esa es la principal conclusión de una revisión sistemática con metaanálisis publicada en Journal of Human Nutrition and Dietetics, que encontró una asociación, no una relación causal probada.

QUÉ HA ENCONTRADO EL ESTUDIO

El trabajo revisó estudios publicados entre 2000 y 2025 en seis grandes bases de datos y seleccionó nueve estudios que cumplían los criterios de inclusión: siete transversales y dos longitudinales. De esos nueve, siete detectaron una asociación positiva significativa entre mayor consumo de bebidas azucaradas y ansiedad; los dos estudios longitudinales, además, observaron vínculos pequeños pero persistentes durante un año de seguimiento.

El dato que más ha circulado es el del metaanálisis: en los estudios que medían la ansiedad como resultado binario, una ingesta más alta de bebidas azucaradas se asoció con una odds ratio de 1,34, es decir, con unas probabilidades estadísticas un 34% más altas de trastorno de ansiedad frente a una ingesta menor. Los propios autores subrayan que ese resultado debe leerse con cautela porque procede, en su mayoría, de estudios observacionales.

Qué bebidas entran en esa categoría

Bajo esa etiqueta no solo aparecen los refrescos clásicos. La nota de la universidad que participó en el estudio incluye bebidas gaseosas, energéticas, zumos azucarados, concentrados tipo “squash”, té o café endulzados y leches saborizadas. La amplitud de esa lista ayuda a entender por qué el hallazgo interesa más allá del consumo ocasional de una lata: habla de un patrón cotidiano de ingesta de azúcar líquido.

QUÉ SIGNIFICA —Y QUÉ NO— EL 34%

La clave no está en convertir el resultado en un titular alarmista, sino en leerlo bien. No prueba que los refrescos causen ansiedad. También puede ocurrir lo contrario: que adolescentes con más estrés o peor descanso recurran con más frecuencia a estas bebidas. Y, además, hay posibles factores de confusión —desde el sueño hasta el entorno familiar o la calidad global de la dieta— que los estudios observacionales no siempre logran aislar del todo.

Ese matiz importa todavía más porque la evidencia sobre azúcar total y ansiedad no es tan uniforme. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 sobre consumo total de azúcar encontró una asociación estadísticamente significativa con depresión, pero no con ansiedad en el análisis global; en ese punto, además, la heterogeneidad entre estudios fue muy alta. Dicho de otro modo: el nuevo trabajo no cierra el debate, pero sí refuerza una señal concreta en bebidas azucaradas y población adolescente.

POR QUÉ IMPORTA EN LA RUTINA DIARIA

La relevancia práctica del hallazgo es sencilla de explicar: las bebidas azucaradas son un consumo habitual, rápido y muchas veces poco vigilado. La OMS recomienda que adultos y niños reduzcan los azúcares libres a menos del 10% de la energía diaria y sugiere, si es posible, bajar del 5% para obtener beneficios adicionales. La propia organización recuerda, además, que una sola lata de refresco azucarado puede aportar hasta 40 gramos de azúcares libres.

En España, esa conversación no es abstracta. La Encuesta de Salud de España 2023 señala que la prevalencia de consumidores diarios de refrescos con azúcar alcanza su máximo entre los 15 y 24 años, con un 8,7% en hombres y un 4,6% en mujeres. Ese dato no describe por sí solo el consumo adolescente, pero sí sitúa el problema en una franja de edad muy próxima a la analizada por la revisión.

También explica por qué la política pública ha empezado a moverse. El Gobierno aprobó en abril de 2025 un real decreto que impide servir bebidas azucaradas en las comidas escolares y limita su venta, junto con la de energéticas y productos muy azucarados, en máquinas expendedoras y cafeterías de los centros. La medida nació por razones nutricionales, pero el nuevo metaanálisis añade una capa de interés: la salud mental podría ser otra pieza del mismo problema.

CÓMO LEER ESTE HALLAZGO SIN EXAGERAR NI MINIMIZAR

La ansiedad no se explica por un solo factor. La OMS recuerda que los trastornos de ansiedad responden a una interacción compleja de elementos sociales, psicológicos y biológicos, y que existen tratamientos eficaces, sobre todo psicológicos. Reducir bebidas azucaradas no equivale a tratar un trastorno de ansiedad, pero revisar ese consumo sí encaja en una lógica de prevención y de hábitos más favorables para la salud general.

Por eso, la utilidad para el lector no pasa por buscar una solución milagrosa en la nevera, sino por hacerse preguntas concretas: cuántas bebidas azucaradas entran cada semana en la rutina, cuántas llevan además cafeína, y cuántas se consumen para combatir cansancio, estrés o falta de sueño. En una categoría tan amplia como esta, el gesto relevante no es demonizar un alimento aislado, sino detectar un patrón. Lo cotidiano también pesa en la salud mental, aunque nunca sustituya la valoración clínica cuando hay síntomas persistentes.