Amy Winehouse: quince años sin la voz que reescribió el soul

El 23 de julio de 2011 el mundo perdió a Amy Winehouse a los 27 años. Quince años después, su voz de contralto sigue definiendo el soul contemporáneo mientras el mito devora, poco a poco, a la mujer que había detrás.
Retrato de Amy Winehouse con cabello rizado y tatuajes visibles
Recordando a Amy Winehouse, una voz que transformó el soul contemporáneo.

Murió con una copa en la mano y una discografía que cabe en dos discos. Ese es, quizá, el resumen más cruel y más exacto de Amy Winehouse, la cantante londinense que el 23 de julio de 2011 apareció sin vida en su casa de Camden, con 27 años recién cumplidos y tres botellas de vodka vacías junto a la cama. Quince años después, su ausencia pesa más que muchas carreras enteras.

UNA VOZ QUE NO ENCAJABA EN SU TIEMPO

Cuando el resto de la industria apostaba por el pop plástico y la autotune, ella cantaba como si viniera de un club de jazz de los años cincuenta. Grabó apenas dos álbumes de estudio. Bastaron.

Frank, publicado en 2003, la presentó como una rareza: una chica judía del norte de Londres, con formación en jazz y una lengua afilada, que mezclaba soul, hip-hop y confesión sin pudor. El disco fue nominado al Mercury Prize y a dos premios BRIT. Pero lo que vino después la convirtió en leyenda.

Back to Black, editado en 2006, no fue un álbum. Fue un terremoto. Producido junto a Mark Ronson, recuperaba el sonido de las girl groups de Motown y lo cruzaba con una herida personal que Winehouse jamás disimuló: el desamor, la adicción, la autodestrucción convertida en estribillo. Rehab, su tema más célebre, era autobiografía pura. Se negaba a ir a rehabilitación. Lo cantó al mundo entero.

EL TRIUNFO Y LA GRIETA

En los premios Grammy de 2008, con Winehouse siguiendo la ceremonia desde Londres porque los problemas legales le impidieron viajar, la cantante arrasó. Se llevó cinco gramófonos de las seis categorías a las que optaba, incluidos Grabación del Año y Canción del Año por Rehab, y el codiciado premio a Mejor Artista Novel. Back to Black se coronó, con el tiempo, como el álbum más vendido del siglo XXI en Reino Unido.

Y sin embargo, esa misma noche era ya evidente lo que venía. Los tabloides británicos la perseguían con una crueldad casi deportiva. Cada recaída, cada concierto arruinado, cada foto demacrada alimentaba una maquinaria que la trataba como espectáculo antes que como persona. El público aplaudía el talento. Y compraba el naufragio.

LA MUERTE ANUNCIADA Y EL CLUB DE LOS 27

La causa oficial no dejó margen a la especulación. Una segunda investigación forense confirmó en 2013 que Winehouse murió por intoxicación etílica accidental, tras retomar la bebida después de un periodo de abstinencia. Su nivel de alcohol en sangre alcanzaba los 4,16 gramos por litro, muy por encima del umbral del coma. La forense Shirley Radcliffe dictó un veredicto de muerte por infortunio. No había rastro de drogas en su organismo.

Su desaparición la inscribió, para siempre, en el macabro Club de los 27: esa lista de músicos irrepetibles —Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones, Kurt Cobain— que apagaron su vida a la misma edad exacta. Una coincidencia estadística que la cultura popular ha convertido en maldición romántica. Ella lo sabía. Llegó a decir que temía formar parte de él.

LO QUE QUEDA CUANDO SE APAGA EL RUIDO

Quince años dan para separar el grano de la paja. Y lo que queda de Amy Winehouse, despojado de morbo, es enorme. Adele, Lady Gaga, Duffy, Florence Welch y una generación entera de voces femeninas beben directamente de su molde. Reintrodujo el soul clásico en las listas de éxitos cuando nadie lo veía comercial.

Su padre, Mitch Winehouse, impulsó la Amy Winehouse Foundation, dedicada a apoyar a jóvenes con problemas de adicción. En 2015, el documental Amy, de Asif Kapadia, ganó el Óscar y reabrió un debate incómodo sobre el papel de la prensa, la familia y la industria en su final. Y en 2024 llegó el biopic Back to Black, dirigido por Sam Taylor-Johnson y protagonizado por Marisa Abela, con una acogida tibia: cariñoso, sí, pero acusado de suavizar las aristas de una historia que nunca fue amable.

El icono, mientras tanto, se ha vuelto ubicuo. El delineado imposible, el moño colmena, la voz rota. Se vende en camisetas. Se cuelga en museos.

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