Fuera de las murallas del Arsenale o los pabellones de los frondosos jardines de Venecia, alejados de la Bienal, un sinnúmero de museos, fundaciones y galerías ofrecen un amplio abanico de exposiciones alternativas a la gran cita del arte contemporáneo. Algunas de estas exposiciones presentan a nombres enormes del arte mundial. Una de ellas se acaba de inaugurar en la Galería Internacional de Arte Moderno Ca’Pesaro. Me refiero a la pintora de origen británico Jenny Saville.
En una exposición imperdible comisariada por Elisabetta Barisoni y abierta hasta el 22 de Noviembre de este año, coincidiendo con el cierre de la Bienal, Ca`Pesaro abre sus puertas a una obra consolidada, madura y plenamente consciente de su lugar dentro de la historia de la pintura.
En esta muestra titulada únicamente con su nombre, Jenny Saville evita el exceso de discursos teóricos para centrarla de manera muy concreta en la pintura. Y qué mejor lugar para ello que Venecia, donde convive al mismo tiempo con obras maestras de la historia universal, escondidas en oscuras capillas repartidas por las iglesias entre canales. En sus obras de formatos colosales, es muy fácil apreciar el extraordinario dominio que Saville tiene sobre la brocha y el óleo. Las brochas gordas a ella no le atemorizan. Por el contrario, las usa con una soltura fuera de lo común. Sus superficies están construidas mediante densas capas de óleo que nunca pierden el control anatómico.
En la obra de Saville existen lienzos en donde el color parece empastado de manera violenta, casi caótica, pero vistos de cerca revelan una estructura compositiva rigurosa. Esa capacidad de alternar control y desborde demuestra además una comprensión profunda de la tradición. Su presencia en Venecia no es porque sí. Su relación con Tiziano, Tintoretto o Rubens no es decorativa ni intelectualizada, sino que aparece en la forma de construir la carne, en los tonos rosados o violáceos, en la densidad del óleo y en el uso de la luz sobre la piel. Saville entiende perfectamente bien que la pintura europea nació en gran medida alrededor del cuerpo humano y trabaja desde ese sitio, desde esa herencia sin nostalgia ni academicismos.
El montaje igualmente es especial, porque el espacio exhibitivo de Ca Pesaro evita convertir sus lienzos en simples objetos espectaculares. La escala de Saville tiene sentido porque necesita espacio físico para que el cuerpo representado adquiera presencia real frente al espectador. Sus figuras no están diseñadas para verse rápidamente. Exigen tiempo y distancia en personajes que a menudo parecen a punto de reventar su soporte.




Si bien las primeras obras de la pintora de los años noventa tienen una agresividad más directa, casi desafiantes, donde los cuerpos aparecen expuestos con brutalidad, como si Saville quisiera atacar la representación idealizada de la belleza femenina, en las piezas más recientes existe mayor complejidad compositiva y una pincelada más libre. El interés de Saville ya no se centra únicamente en la deformación física, sino también en la fragmentación de la imagen y en la acumulación de rostros, gestos y perspectivas.
En ese interés por el cuerpo ha habido siempre una dimensión autobiográfica clara. Ha hablado en varias ocasiones de la incomodidad que sintió desde joven respecto a los estándares de belleza y a la presión social sobre el cuerpo femenino. Gran parte de la fuerza arrolladora de su pintura nace precisamente de convertir la inseguridad física y la obsesión cultural por la apariencia en materia pictórica. Sus pinturas no buscan embellecer el cuerpo ni destruirlo, sino mostrarlo sin protección, en toda su vulnerabilidad.
Dentro del contexto de la camada de los Young British Artist impulsada por Saatchi, Jenny Saville siempre ocupó una posición singular. Mientras muchos artistas del grupo apostaban por la provocación conceptual, la instalación o el impacto mediático, como es el caso de Tracey Emin o Damien Hirst, ella eligió la pintura como campo principal de trabajo. Esa decisión fue muy importante. En pleno auge del arte británico de los noventa, Saville defendió a brazo partido que la pintura figurativa todavía podía producir imágenes radicales y contemporáneas. Y de allí no se movió. Su presencia en exposiciones asociadas a los YBA, especialmente en la órbita de la Saatchi Gallery, ayudó a devolver visibilidad a una pintura que muchos consideraban agotada, por no decir despreciada.
La trayectoria posterior de Jenny Saville ha sido notablemente sólida. Tras su irrupción en los noventa, ha protagonizado importantes exposiciones en instituciones capitales como la National Portrait Gallery, el Modern Art Museum of Fort Worth, el Albertina Museum de Viena o la Gagosian Gallery. Su obra nunca quedó atrapada en el fenómeno generacional de los YBA. Por el contrario, construyó una carrera mucho más cercana a la tradición de los grandes pintores europeos que a la lógica del arte de moda. Ahí es donde radica su importancia para la historia del arte.
La exposición incluye también una selección de dibujos y obras sobre papel, donde el espectador puede apreciar la inteligencia estructural de la artista. Antes del exceso matérico del óleo existe siempre un dibujo extremadamente seguro. Comprende el peso anatómico de cada cuerpo y eso le permite deformarlo sin perder nunca credibilidad visual. Saville es una dibujante consumada.
Las nuevas obras creadas específicamente para su exposición veneciana son probablemente la parte más emotiva de esta propuesta. No intentan ilustrar la ciudad ni caer en referencias evidentes a la iconografía veneciana. Más bien funcionan como una respuesta pictórica al pasado de la ciudad y a su tradición cromática. Son lienzos donde la materia parece más líquida, más atmosférica, como si la propia humedad veneciana hubiera entrado en la pintura.
La artista británica ha conseguido renovar la pintura sin romper con ella, sin depender de la ironía, del discurso ni de la espectacularidad tecnológica. Al otro lado de la vereda, Saville depende únicamente de la capacidad de pintar, de la comprensión histórica y de la intensidad física que conlleva su trabajo. Una exposición inigualable.




