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El autobús congelado: un viaje al pasado polar

En la vida cotidiana nos encontramos con situaciones de lo más curiosas e inesperadas. Una de ellas es subirse a un autobús del TIB y sentir que de repente hemos viajado en el tiempo y el espacio hacia Siberia en pleno invierno. ¡Y pensar que solo queríamos llegar al trabajo sin pasar calor!

Abrimos las puertas del vehículo y nos encontramos con una escena sacada directamente de «Regreso al Futuro». El Delorean no vuelve de 1885, pero bien podríamos escuchar a «Doc» decir: «Marty, tenemos un problema». El calor de la calle se disipa de golpe, reemplazado por un aire gélido que nos hace temblar hasta el alma.

Pero la experiencia no se limita a la sensación térmica. Dentro del autobús se desarrolla un verdadero desfile de moda invernal. Turistas con camisas de flores, bañadores de palmeras y sandalias con calcetines se encuentran congelados en su estilismo veraniego, mientras que sus narices rojas se convierten en soporte para hermosos mocos congelados. Hasta Frozen estaría disfrutando de su viaje fin de curso sin necesidad de salir del vehículo.

Las familias también se ven afectadas por esta «regulación climática» a bordo. Todos abrazados, intentando encontrar algo de calor humano entre ellos, mientras intercambian posiciones para aprovechar el calor generado por otros. ¡Un verdadero experimento social! Incluso se ha reportado el avistamiento de un pingüino, sí, un pingüino, con su abono transporte en la aleta, dispuesto a enfrentar el frío como un verdadero aventurero.

Quizás el cambio climático tenía otra carta bajo la manga cuando hablaba de «diferencia de temperatura». Tal vez se refería a esta particular travesía en autobús, donde el abismo entre la cálida calle y el frío y largo invierno interior parece un desafío a las leyes físicas. Aunque, sinceramente, hubiéramos agradecido que alguien nos informara de esta «regularización climática» en el transporte público.

Sin embargo, no todo es negativo. Hay que destacar que estas temperaturas heladas tienen su lado positivo. Por ejemplo, nos evitan sudar en exceso y, así, evitar convertir nuestros trayectos en un aroma nauseabundo capaz de convertir nuestro viaje en un suplicio. ¡Imaginen lo agradecidos que estarán nuestros compañeros de asiento!

Así que, mientras esperamos que los genios del transporte público encuentren una solución al problema del frío ártico a bordo de los autobuses, podemos disfrutar de esta experiencia invernal gratuita, incluso en pleno verano. Solo nos queda imaginar cómo sería si se incluyeran los copos de nieve y las pistas de patinaje en el suelo para completar el cuadro.

En definitiva, el autobús congelado nos transporta a un pasado polar, un lugar donde la moda veraniega se encuentra con el abono transporte de un pingüino y donde la línea que separa el calor del frío se desdibuja. Quizás, en lugar de quejarnos, deberíamos verlo como una oportunidad única de experimentar las maravillas de la física y el clima mientras nos desplazamos por la ciudad.

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