Un estudio ofreció dinero para destruir el negativo. El magnate que inspiraba la historia usó su cadena de periódicos para arruinar el estreno. Y aun así, la película sobrevivió, y con ella cambió para siempre lo que el cine podía contar —y cómo podía contarlo.
El 1 de mayo de 1941, Ciudadano Kane se estrenó en el RKO Palace Theatre de Broadway. Orson Welles tenía 25 años. Era su primera película.
LA AMENAZA QUE VINO ANTES DEL ESTRENO
Lo que rodeó al filme antes de su proyección pública dice tanto del poder como la propia película. William Randolph Hearst —el magnate de la prensa cuya vida inspiraba sin disimulo el retrato de Charles Foster Kane— movilizó sus cabeceras para boicotear la producción: prohibió la publicidad de la RKO en todos sus periódicos y presionó para que el negativo fuera comprado y destruido. Según han documentado biógrafos como Simon Callow en su estudio sobre Welles, Louis B. Mayer —jefe de la MGM— llegó a ofrecer 842.000 dólares a la RKO para que no lo estrenara. La RKO rechazó la oferta.

Nadie quería que existiera. Y existe.
La campaña de Hearst funcionó solo en parte: Ciudadano Kane recibió nueve nominaciones al Oscar en 1942 y ganó únicamente el de mejor guion original —compartido entre Welles y Herman J. Mankiewicz— en una ceremonia en que fue abucheada cada vez que sonó su nombre. El público de la época no la convirtió en éxito de taquilla. Su reinvención como obra maestra fue lenta, deliberada, construida durante décadas por críticos, cineastas y retrospectivas.
QUÉ ROMPIÓ, EXACTAMENTE
El problema con Ciudadano Kane no es que sea técnicamente brillante. El problema —su legado real— es que hizo que el lenguaje técnico fuera inseparable del argumento.
La estructura narrativa en forma de investigación post mortem —varios testigos, memorias contradictorias, ninguna verdad definitiva— no era solo una curiosidad formal. Era la tesis del filme: que un hombre puede ser contado de diez maneras distintas y seguir siendo un misterio, que el poder no se explica, se acumula, y que «Rosebud» —la última palabra de Kane, el hilo conductor de toda la investigación— conduce a una respuesta que no responde nada.

El director de fotografía Gregg Toland desarrolló con Welles técnicas de profundidad de campo que permitían mantener en foco simultáneamente objetos en primer plano y fondos a varios metros de distancia. En una industria acostumbrada a desenfocar el entorno para concentrar la atención del espectador, aquello era una declaración: todo el encuadre importa, no solo el rostro del protagonista. Cada plano se convirtió en una decisión argumental.
Los techos existían en los decorados —algo inusual entonces— porque Welles quería poder colocar la cámara en el suelo y apuntar hacia arriba, aplastando a los personajes bajo la arquitectura de su propio poder. Los ángulos picados aplanan. Los contrapicados engrandecen. Welles los combinó para mostrar la misma caída desde perspectivas opuestas.
Todo eso en la primera película de un hombre de 25 años.
EL MALLORQUÍN QUE INTERPRETÓ AL PROFESOR DE CANTO DE KANE
En el reparto de Ciudadano Kane hay un nombre que Mallorca raramente reivindica con la insistencia que merece: Fortunio Bonanova, que interpretó a Matisti, el profesor de canto de la segunda señora Kane.
Su nombre real era Josep Lluís Moll, nacido en Palma en 1895. El seudónimo no era arbitrario: «Fortunio» por su deseo de buscar fortuna, y «Bonanova» por el barrio palmesano donde había crecido. Estudió música en Madrid y en el Conservatorio de París, debutó como barítono y llegó a Hollywood tras una carrera que pasó por Europa y Sudamérica. La industria lo encasilló pronto en papeles de latino exaltado o pomposo —aristócratas, cantantes de ópera, comisarios—, pero dentro de ese molde construyó una carrera que muy pocos actores secundarios de su época pueden igualar.
Su escena en Ciudadano Kane es breve. Y es inolvidable.
Bonanova interpreta a un profesor de canto desesperado que intenta no perder la paciencia con su alumna sin talento —la segunda esposa de Kane—, consciente de que sus críticas profesionales chocan contra el dinero y la voluntad de un hombre acostumbrado a comprar lo que no puede merecer. El problema real no es que ella cante mal. Es que Kane exige que el mundo le diga que canta bien. Y Bonanova encarna la resistencia —cómica, patética, finalmente rendida— de quien sabe la verdad pero no puede decirla. Tenía más de 45 años cuando rodó la película. Welles tenía 26.
Después de Ciudadano Kane, trabajó con John Ford, Sam Wood, Henry King, Otto Preminger y Billy Wilder —con Wilder rodó Cinco tumbas al Cairo y Perdición—. Su fama le había valido la distinción de Spanish Sensation of Hollywood en 1928. El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, según recoge su biógrafo, lo consideró el mejor actor secundario de la historia del cine y le dedicó un capítulo entero en su ensayo Cine o sardina. Participó en más de 80 películas antes de retirarse a mediados de los años sesenta.
Murió en Los Ángeles en 1969. En Mallorca, durante décadas, casi nadie lo recordó.
EL MITO Y LO QUE HAY DEBAJO
La canonización de Ciudadano Kane tiene su propia historia, y no es inocente. Durante décadas encabezó la lista Sight & Sound del British Film Institute —la encuesta de críticos más influyente del sector—, primero en 1962 y de forma ininterrumpida hasta 2012, cuando Vértigo de Hitchcock la desplazó al segundo puesto. En la edición de 2022, quedó tercera. Pero los debates sobre rankings no cambian el hecho verificable: generaciones enteras de cineastas —Kubrick, Scorsese, Spielberg, Fincher— han citado el filme de Welles como referencia estructural de su propio trabajo.
Lo que nadie explica con suficiente claridad es que Ciudadano Kane no es, ni pretende ser, una película cómoda. No tiene héroes. Tiene un protagonista al que vemos envejecer, corromper y morir sin que ninguna de las personas que lo rodearon entienda realmente quién fue. La investigación fracasa. El periodista que busca el significado de «Rosebud» lo encuentra —el espectador lo ve— pero él no. El poder queda sin descifrar. Eso, en 1941, era una declaración política tanto como estética.

Tres coordenadas para seguir el rastro de su influencia:
La herencia técnica directa. El trabajo de Gregg Toland con Welles influyó en la fotografía de John Ford, con quien Toland ya había trabajado, y trazó una línea que llega hasta los planos secuencia contemporáneos. El uso del espacio como argumento —no como decorado— es su legado más concreto.
El debate sobre la autoría. La disputa entre Welles y Mankiewicz por la autoría del guion —reactivada por el ensayo de Pauline Kael en 1971 y por la película Mank de David Fincher en 2020— sigue sin resolverse del todo. Dice algo sobre cómo construimos la figura del genio en el cine y a quién dejamos fuera de ella. Fortunio Bonanova, que compartió rodaje con Welles cuando este tenía 26 años, murió sin que nadie en España le dedicara demasiado espacio en ese debate.
El paradójico fracaso comercial de Welles. Ciudadano Kane fue la cima desde la que comenzó un descenso constante de poder dentro de la industria. La RKO le retiró el control del montaje en su siguiente filme, El cuarto mandamiento (1942). Welles nunca volvió a tener el control creativo total que tuvo en su debut. La industria que intentó destruir la película acabó devorando a su director de otra manera.









