El 19 de julio de 2026, cuando suene el silbato final de la gran final en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, decenas de miles de personas saldrán al exterior a enfrentar una tarde de julio sin techo sobre sus cabezas, sin aire acondicionado y con temperaturas que en ese estadio, ese mes, ese horario —las tres de la tarde—, pueden superar los 35 grados centígrados. La FIFA lo sabe. Los epidemiólogos también. Y aun así, el partido está programado exactamente así.
El Mundial de 2026, que arrancó el 11 de junio y se extiende hasta el 19 de julio entre Estados Unidos, México y Canadá, es el más grande en la historia del torneo: 48 selecciones, 104 partidos, 16 ciudades sede. La dimensión del evento no tiene precedente en el fútbol. Tampoco tiene precedente la suma de riesgos sanitarios que lo acompañan.
EL CALOR: EL RIESGO MÁS INMEDIATO Y EL MÁS IGNORADO
Ciudades como Dallas, Houston, Miami y Monterrey registran habitualmente temperaturas superiores a los 32 °C durante junio y julio, acompañadas de elevados niveles de humedad. El indicador que manejan los especialistas no es solo el termómetro. El indicador clave es el wet-bulb globe temperature, que incorpora temperatura del aire, humedad, radiación solar y viento —una combinación que eleva el estrés térmico muy por encima de lo que marca un termómetro convencional.
Lo que ese índice anticipa para 2026 no es alentador. Un análisis de Climate Central advirtió que el cambio climático incrementó la probabilidad de temperaturas limitantes en 97 de los 104 partidos previstos. Y el antecedente inmediato ya tiene nombre propio: durante el Club World Cup 2025 en Estados Unidos, Enzo Fernández, mediocampista del Chelsea y la selección argentina, sufrió un mareo durante el juego y tuvo que tumbarse en el césped. Aquello ocurrió en el mismo MetLife donde se jugará la final.
El problema no afecta solo a los jugadores.
Para los aficionados, el riesgo estará menos en los 90 minutos y más en todo lo que pasa antes y después: traslados, filas de ingreso, caminatas desde estaciones de tren o zonas de parqueo, Fan Fests, alcohol, comida pesada y varias horas bajo el sol. Los CDC advierten que el agotamiento por calor puede manifestarse con dolor de cabeza, náuseas, mareo, debilidad, sed intensa y sudoración abundante; y que un golpe de calor, en un escenario más grave, puede causar confusión, pérdida de conciencia, temperatura corporal muy alta y requerir atención de emergencia.
De los 16 estadios del torneo, solo cuatro cuentan con techo y aire acondicionado: Mercedes-Benz en Atlanta, AT&T en Dallas, NRG en Houston y BC Place en Vancouver. MetLife no es uno de ellos.
La FIFA introdujo una respuesta: pausas de hidratación de tres minutos en cada tiempo, alrededor del minuto 22, en todos los partidos del torneo sin excepción. Es una medida sin precedente en la historia del Mundial. Pero no resuelve el problema de un aficionado que lleva cuatro horas al sol antes de entrar al estadio.
EL SARAMPIÓN: VIEJO CONOCIDO, NUEVO BROTE
Lo que nadie explica con suficiente claridad es que el sarampión no regresó de golpe. Llevaba años volviendo, silenciosamente, mientras caían las tasas de vacunación.
Estados Unidos registró en 2025 más casos de sarampión que en cualquier otro año desde 1991: más de 2.100 confirmados, con brotes activos en 45 jurisdicciones y 48 focos distintos, frente a los 16 del año anterior, según datos de los CDC. El país había eliminado el sarampión en 2000, pero los casos han ido aumentando a medida que se extiende la desinformación y caen las tasas de vacunación. La tendencia no se ha revertido: a 4 de junio de 2026, los CDC confirmaban ya 2.030 casos en lo que va de año —una cifra cercana al total de todo 2025— en plena apertura del torneo.
Alrededor del 93% de los casos confirmados el año pasado afectaron a personas no vacunadas o con estatus vacunal desconocido, según los CDC.
El sarampión es, además, uno de los virus más contagiosos que existen. Es una enfermedad respiratoria que encabeza la lista de preocupaciones para este Mundial, dado que los tres países anfitriones —Estados Unidos, México y Canadá— registran un repunte reciente de casos. Y un estadio lleno, con aire que circula entre decenas de miles de personas durante dos horas, es exactamente el entorno que el virus necesita para propagarse.
Pero aquí la perspectiva importa. Los expertos coinciden en que el riesgo de transmisión de sarampión entre espectadores del Mundial es bajo, siempre que los asistentes cuenten con la vacunación completa. El problema no está en el torneo. Está en los huecos inmunitarios que el torneo puede aprovechar.
LAS ENFERMEDADES RESPIRATORIAS: EL RIESGO SILENCIOSO
Más allá del sarampión, hay un conjunto de amenazas respiratorias que los expertos consideran más probables en términos de incidencia real durante el torneo.
Los virus respiratorios se propagan con facilidad en aeropuertos, transporte público, multitudes en estadios, restaurantes y reuniones en espacios cerrados. La gripe, el COVID-19 y los catarros comunes no generan titulares, pero sí generan bajas. El movimiento constante de millones de viajeros entre ciudades —algunos haciendo trayectos de Dallas a Houston a Miami en cuestión de días— convierte el torneo, según los epidemiólogos, en un experimento de mezcla global a escala sin precedente en el deporte.
La PAHO —Organización Panamericana de la Salud— recomienda frecuente lavado de manos, consumo de agua segura, alimentos bien cocinados y ventilación adecuada en espacios cerrados. También advierte sobre el dengue: en algunas sedes, particularmente en México, los mosquitos pueden transmitir dengue, Zika y chikungunya.
El ébola, cuya mención en titulares ha generado alarma, queda en un lugar distinto. Los CDC y otras agencias federales tienen planes activos de respuesta, aunque los expertos coinciden en que tanto el ébola como el sarampión tienen pocas probabilidades de propagarse entre los espectadores del Mundial.
EL CONTEXTO QUE AGRAVA TODO
El Mundial 2026 llega en un momento particular para la salud pública estadounidense. La escala sin precedente del torneo, que se extiende por tres países, está poniendo a prueba la coordinación de la salud pública en un momento en que Estados Unidos ha salido de la Organización Mundial de la Salud.
Y sin embargo, los sistemas de vigilancia epidemiológica siguen funcionando. La doctora Margaret Aldrich, epidemióloga pediátrica de la NYU Langone, señaló que los departamentos de salud mantienen ese trabajo y que, si hacen bien su labor, precisamente no se nota.










