El beso lleva cuatro mil años entre nosotros y todavía no terminamos de entenderlo

El 13 de abril existe porque una pareja tailandesa se besó durante 58 horas sin separarse. Pero detrás de esa anécdota hay cuatro mil años de historia, una rama científica entera dedicada al beso y un gesto que no significa lo mismo en ningún rincón del planeta.
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El 13 de abril existe en el calendario por un récord de resistencia física, no por ninguna tradición milenaria. En 2013, una pareja tailandesa se besó durante 58 horas, 35 minutos y 58 segundos en un concurso organizado con motivo del Día de San Valentín en Pattaya. Esa hazaña entró en el Libro Guinness, la fecha quedó fijada, y el mundo decidió que merecía celebración anual. El origen es moderno, casi caprichoso. Lo que celebra, en cambio, no lo es.

EL RASTRO MÁS ANTIGUO

La primera mención de un beso en un texto antiguo data del 1500 a. C., dentro del Atharva-Veda, los textos sagrados en sánscrito que dan origen a la religión hinduista. Antes de eso, los vestigios materiales más tempranos se encuentran tallados en piedra: los registros más antiguos que se tienen sobre este gesto humano datan del año 2.500 antes de Cristo, al aparecer esculpido en las paredes de los templos de Khajuraho, en la India. Son representaciones que no dejan lugar a dudas sobre la naturaleza del gesto. Nadie lo estaba inventando entonces. Lo estaba documentando.

La Odisea lo narra. La Biblia lo usa como instrumento de traición —Judas identifica a Jesús con un beso, convirtiendo el gesto afectivo en señal de entrega—. En la antigua Persia era habitual que los hombres se besaran como forma de saludo, mientras que para los celtas el acto tenía, hasta cierto punto, un carácter medicinal. En la Edad Media, la relación con el beso era de desconfianza moral. Fue la Revolución Industrial la que empezó a normalizarlo como expresión de afecto entre personas vinculadas emocionalmente, aunque confinado a la intimidad más estricta. El Romanticismo terminó de abrirlo al espacio semipúblico.

Lo que no ha cambiado en cuatro mil años es su función esencial. El problema real no es qué significa el beso. Es que no significa lo mismo para todos.

LO QUE DIVIDE AL MUNDO FRENTE A UN BESO

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Según el portal de estadísticas alemán Statista, el beso es una práctica habitual en más del 90% de las culturas del mundo, aunque su significado varía según el contexto social y geográfico. En algunos países como Francia y España el beso en la mejilla es una forma común de saludar, mientras que en Japón suele reservarse para situaciones de mayor intimidad.

Esta disparidad no es trivial. Un gesto que en Europa occidental se intercambia entre desconocidos al presentarse puede resultar invasivo o inapropiado en otras latitudes. La universalidad del beso es, en parte, una ilusión de exportación cultural. Lo que se ha globalizado es cierta imagen del beso romántico occidental —alimentada durante décadas por el cine de Hollywood—, no la práctica en sí.

Y sin embargo, incluso en las culturas que no besan en la boca como saludo, el contacto nariz con nariz —el llamado beso esquimal o hongi maorí— cumple una función análoga: un acercamiento íntimo que permite evaluar al otro a través del olfato, de la respiración compartida.

LA CIENCIA QUE SE TOMÓ EL BESO EN SERIO

La filematología es la ciencia que se dedica a estudiar cuáles son las reacciones que se producen en el cuerpo cuando se produce el beso. El nombre suena exótico pero la disciplina es rigurosa, y sus hallazgos son más complejos de lo que la cultura popular suele presentar.

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Lo que nadie explica es que el beso no es solo un gesto afectivo: es también un mecanismo de evaluación biológica. Según la neurocientífica Wendy Hill, en una reunión de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, las sustancias químicas que contiene la saliva ayudan a evaluar a una posible pareja para decidir si es la más idónea. Helen Fisher, profesora de antropología en la Universidad Rutgers y experta en la biología del amor, asegura que el beso es «un poderoso mecanismo de adaptación» presente en más del 90% de las sociedades humanas.

A nivel neuroquímico, el mecanismo es preciso. Los besos en la boca promueven la liberación de neurotransmisores —oxitocina, dopamina y endorfinas— que generan bienestar emocional intenso y reducen el estrés y la ansiedad. Para asegurar el pico de oxitocina, el beso ha de durar más de diez segundos; esta hormona reduce el cortisol entre un 20 y un 30%, según la psicóloga Lara Ferreiro. La dopamina, por su parte, activa los mismos circuitos que ciertas sustancias adictivas: no es metáfora decir que un beso engancha.

Besarse ejercita más de 30 músculos del cuello, la boca y la cara. Durante los besos apasionados, el ritmo cardíaco aumenta de 60 hasta 100 o 110 pulsaciones por minuto, según el neurólogo Leonardo Palacios, profesor de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud de la Universidad del Rosario.

Pero hay un dato que suele omitirse en las versiones más amables de esta ciencia. Un estudio publicado por la Organización de Investigación Científica Aplicada de los Países Bajos reveló que un beso de apenas 10 segundos implica el intercambio de hasta 80 millones de bacterias. Lejos de ser un problema, esto funciona como estímulo para el sistema inmunológico. El cuerpo usa el beso para actualizarse.

EL BESO QUE DESAPARECE DE LAS PAREJAS

Hay una paradoja incómoda en celebrar el beso como gesto cotidiano cuando los datos apuntan en otra dirección. Según Gleeden, plataforma de encuentros extraconyugales, 9 de cada 10 usuarias afirman que sus besos más apasionados ocurren fuera del matrimonio.

El beso entre parejas estables tiende a ritualizarse hasta desaparecer —reducido al saludo mecánico de entrada y salida— mientras que el deseo busca otro lugar donde expresarse. La efeméride no lo dice, pero está ahí.