El agua se mueve con el roce de los dedos de mis pies. Pequeñas ondas rompen la calma mientras termino El viejo y el mar, sentado en el borde de un antiguo embarcadero en Bendinat. El sol de mayo ya empieza a avisar de que el verano no anda lejos y la brisa, que debería aliviar, apenas consigue frenar el calor que empieza a castigarme los hombros.
Siempre he sentido una extraña conexión con el mar, aunque no de esa forma casi romántica con la que lo viven algunos navegantes capaces de entenderlo como si fuera un idioma propio. Lo mío es otra cosa. Más íntima. Más difícil de explicar. Tal vez tenga que ver con la herencia. Con crecer en una isla. O con esa necesidad absurda que algunos tenemos de buscar respuestas donde solo hay horizonte.
Uno de mis primeros tatuajes tiene precisamente algo de eso. Una mezcla entre el mundo náutico y una idea que me ha acompañado durante años sin que yo terminara de comprenderla del todo.
Cuando murió mi abuelo, en uno de esos pasillos de hospital donde el tiempo parece comportarse de otra manera, mi padre se acercó mientras yo lloraba, me puso la mano en el hombro y me dijo una frase que entonces me desconcertó profundamente.
“Si alguna vez dudas cuál es el camino correcto, escoge siempre el más difícil.”
No entendí qué quería decirme en aquel momento. Ni siquiera estoy seguro de que él pretendiera explicarlo del todo. Pero hay frases que no se comprenden cuando se escuchan. Se entienden años después.
Mientras leo a Hemingway pienso precisamente en eso.
Santiago pasa 84 días sin pescar nada. Sale cada mañana. Repite el ritual. Insiste. Fracasa. Vuelve a insistir. No porque espere un milagro, sino porque entiende que algunas cosas solo tienen sentido si uno decide seguir incluso cuando no hay ninguna garantía de recompensa.
Y quizá por eso sigue funcionando. Porque cuesta no reconocerse en él.
Todos hemos sentido esa mezcla entre agotamiento y orgullo de seguir peleando por algo que quizá no salga bien. Todos hemos querido abandonar justo antes de convencernos de seguir un día más.
Pero lo que más me golpeó no fue la lucha con el marlín. Fueron los tiburones. Porque ahí siento que Hemingway deja de hablar del mar y empieza a hablar de nosotros.
Del momento exacto en el que consigues algo. De cuando, después del esfuerzo, de la pelea, del desgaste, aparecen quienes no estuvieron durante la travesía pero sí llegan cuando ya huelen sangre, éxito o recompensa.
Los carroñeros existen en todas partes. En el trabajo. En la política. En las relaciones. Incluso en las amistades. Y da rabia.
Porque Santiago pelea una batalla casi inhumana para terminar viendo cómo otros despedazan aquello por lo que tanto había luchado.
Confieso que esperaba otro final. Uno más complaciente. Más justo. Santiago llegando a puerto con el marlín intacto y viendo por fin en los ojos de los demás el reconocimiento a su batalla.
Pero quizá ahí está precisamente la lección. Porque el premio nunca fue volver con el marlín intacto. El premio fue haber sido capaz de librar la batalla. El premio fue demostrar(se) que podía hacerlo. El premio fue la dignidad.
Y quizá también esa mirada final de Manolín, que contiene algo mucho más valioso que cualquier trofeo: admiración sincera y amor.
Ahí entendí algo.
Quizá mi padre no hablaba de escoger el camino más difícil porque sí. No por glorificar el sufrimiento ni por convertir la vida en una competición absurda de resistencia. Quizá hablaba de otra cosa. De elegir aquello que te obliga a descubrir quién eres de verdad. De una recompensa íntima, de esas que no necesitan aplausos ni validación ajena.
Cierro el libro. Lo dejo sobre la toalla. Me quito las gafas de sol y me tiro al agua. Floto boca arriba unos segundos. Pienso en todo y en nada.
Me doy cuenta de que, en el fondo, lo que siempre he admirado de Santiago no es su fuerza. Es su capacidad de seguir adelante sin necesidad de reconocimiento ajeno, simplemente por demostrarse que aún es capaz de hacer aquello que le define.
Quizá por eso me cuesta no pensar que este final de temporada del club de lectura tiene algo de metáfora involuntaria. El mes que viene nos espera La nieta del señor Linh, de Philippe Claudel. La última parada antes de cerrar esta etapa.
No sé si será un adiós definitivo o solo una pausa. Pero, como con tantas otras cosas, supongo que lo importante habrá sido el trayecto.






