El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. A estas alturas de la película queridos lectores supongo que ya me empezaréis a conocer un poco. Sufro de una enfermedad bastante común entre quienes aman leer, conocida como transportación narrativa. La RAE lo describe como un concepto psicológico por el cual un espectador se «transporta» mentalmente al mundo de la historia, perdiendo la noción del entorno real y viviendo las emociones y eventos como propios.
Creo que padezco este tipo de enfermedad porque no podría explicar de otro modo como las historias que emergen de mi querido club de lectura me transportan a una historia y me trasladan a vivencias similares. Busco paralelismos que me ayudan a conectar con el protagonista. No lo hago aposta os lo juro, es una dolencia que aparece por sí sola. También podría ser que además de sufrir este tipo de concepto psicológico, simplemente las lecturas escogidas me cojan en un momento especial en el que conecto con mayor facilidad con el autor de la obra.
En esta primera entrega del club de lectura -ya sabéis que este mes teníamos dos libros por delante- me encontré con Aleksy, el personaje de Tatiana Tibuleac. Mis primeras palabras tras haber finalizado el libro serían: «No me lo esperaba»; y llorar. Llorar alto, fuerte y sentido, incluso igual añadiendo algún grito hueco y desgarrador. De esos que no se oyen pero que sentimos profundamente, que llegan hasta el fondo de nuestras entrañas y nos vacían de todo el dolor que llevamos dentro pero del cual no nos libran del todo.
Mi librero me lo advirtió: «Es duro». No creía que lo fuera a ser tanto. Es un golpe en la boca del estómago.
Yo tampoco he tenido una relación sencilla con mi madre. Supongo que son muchos los adolescentes que habrán pasado por esos momentos con alguno de sus progenitores. En momentos de la obra sentía que los sentimientos de Aleksy fueron los míos en un determinado momento. Mi madre, a diferencia de la del protagonista, siempre me ha amado con locura, pero yo no fui un adolescente sencillo. Hubo un tiempo que me sentí aislado, incomprendido y conflictivo. Sentía odio, hacia mí y hacia los demás, y no sabía enfocarlo adecuadamente.
Gracias a dios he tenido tiempo para arreglar -parcialmente- las cosas con aquellos seres que lastimé, principalmente mi madre, a la que menosprecié en incontables ocasiones sin que ella tuviera culpa ninguna.
La desgarradora historia de Aleksy y su madre y ese verano en el que ambos consiguen reencontrar el amor el uno por el otro me ha destrozado. Me ha devuelto a esos momentos en los que me separé de mi madre emocionalmente y después al reencuentro años más tarde. Desde entonces solo siento respeto y devoción absoluta por ella. Aunque siempre aparezca alguna discusión, nuestro carácter familiar nos impide no discutir.
Leyendo El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes he sentido que le debía de nuevo una disculpa a mi madre. Incluso en momentos complicados como los que me está tocando vivir este maldito 2026, su cariño no ha envejecido y todo su brazo se muestra a mi disposición para salvarme de mí mismo una vez más.
Esta historia es provocadora y dolorosa, genera arrepentimiento y ganas de descolgar el teléfono (si aún tenéis esa posibilidad) para llamar a vuestra madre y charlar un rato con ella. Conocer su historia con mayor profundidad y quién sabe, igual disfrutar de una puesta de sol frente a un campo de girasoles.
La historia de Aleksy es abrumadora y llena de drama. El libro de Tibuleac no solo desarrolla esa trama, pero si os siguiera contando más sobre Aleksy no haría falta que os leyerais el libro. Igual dentro de la fealdad de este 2026, esta obra sea un rayo de color. Por el momento, pasa a formar parte de mis lecturas preferidas.
Desconozco si la intención de la autora es transmitir el mensaje aquí transcrito, pero como he dicho anteriormente, este es el que a mí me ha calado. Nos vemos a continuación con la historia de Hemingway. A ver en qué papel me toca enfrascarme. Y si me disculpáis, antes tengo una llamada pendiente.






