El castillo más alto de Francia todavía tiene dueño, y vive en él

A 20 kilómetros de Angers, en el departamento de Maine-et-Loire, se levanta el edificio habitado más alto de toda Francia. No es un hotel. No es un museo de gestión pública. Es la casa de una familia que lleva el mismo apellido desde 1502.
Vista del castillo de Brissac en Francia con su arquitectura histórica
El castillo de Brissac es el más alto de Francia, con una rica historia.

La familia Cossé-Brissac lleva más de cinco siglos sin mudarse. El château que habitan mide 48 metros, tiene siete plantas y 204 habitaciones —algunas disponibles para quien quiera dormir donde durmió Luis XIII.

Hay castillos que el Estado francés conserva en naftalina y hay castillos que respiran. Brissac pertenece a la segunda categoría, y esa diferencia se nota desde el primer momento en que se cruza la verja de sus 70 hectáreas de parque, a unos veinte kilómetros de Angers, en el corazón de Anjou.

LA FORTALEZA QUE NADIE TERMINÓ DE DERRIBAR

Vista del castillo de Brissac con su torre y fachada
El castillo de Brissac, el más alto de Francia, destaca por su historia y arquitectura.

Los orígenes de Brissac se remontan al siglo XI, cuando el lugar funcionaba como fortaleza. Pasó de mano en mano durante siglos —condes de Anjou, ministros reales, herencias disputadas— hasta que en 1502 la familia Cossé adquirió el señorío. Desde entonces no ha vuelto a cambiar de manos.

Lo que se ve hoy no responde a ningún plan coherente. Y eso, precisamente, es lo que hace que la fachada resulte tan extraña y tan honesta al mismo tiempo. En 1606, Charles II de Cossé encargó una reconstrucción radical del castillo después de que sufriera graves daños durante las Guerras de Religión. El proyecto era ambicioso: un donjon central de cinco pisos y un pabellón norte de siete. Pero las obras se interrumpieron en 1621, y las dos torres medievales originales —que debían ser demolidas— quedaron en pie.

El resultado es una fachada renacentista atrapada dentro de un esqueleto medieval. Nadie lo corrigió. El duque siguiente no quiso retomar las obras, y la asimetría quedó fijada para siempre en piedra de tuffeau.

Ese es el tipo de detalle que los grandes castillos del Loira —Chambord, Chenonceau, los que acumulan autobuses en el aparcamiento— no tienen. Su perfección es calculada. La de Brissac es accidental.

UNA CASA CON SIETE PLANTAS Y TEATRO PROPIO

Con 48 metros de altura y siete plantas, Brissac es el castillo más alto de Francia. Pero la cifra sola no transmite lo que transmite estar dentro: salones con tapices flamencos del siglo XVI, retratos de generaciones sucesivas de duques y mariscales de Francia, chimeneas de estilo Luis XIII y, en la planta superior, una de las anomalías más inesperadas que puede esconder un edificio nobiliario del siglo XVII.

Jeanne Say, viuda del marqués de Brissac, mandó construir su propio teatro porque para una aristócrata cantar en público no estaba bien visto. Fue inaugurado en 1890. El teatro cerró con la muerte de Jeanne en 1916, fue restaurado en 1983 y hoy se usa para varios eventos culturales y musicales.

Dos plantas. Doscientas butacas. Estilo Belle Époque. Todo dentro de una fortaleza medieval que empezó siendo un puesto de vigilancia militar.

El problema real no es que Brissac sorprenda. Es que la mayoría de los viajeros que recorren el Loira no saben que existe.

LOS VIVOS Y LOS MUERTOS

El castillo lleva siendo propiedad privada de la misma familia desde 1502. El actual duque de Brissac —decimocuarto del título, según la documentación histórica del edificio— vive en él con su familia. Las habitaciones que el visitante recorre no son recreaciones museísticas: son estancias que alguien utiliza, con fotografías familiares encima del piano, retratos de bodas en la capilla y ropa de montar en las caballerizas del siglo XIX —que, dato que merece una pausa, recibieron instalación eléctrica antes que el propio castillo. 

Y luego está la Dama Verde. Brissac tiene fama de ser uno de los castillos más embrujados de Francia, una reputación que la familia no ha hecho nada por desmentir. El fantasma en cuestión sería el de Charlotte de Valois —hija de Carlos VII y Agnès Sorel—, asesinada por su propio esposo Jacques de Brézé la noche del 31 de mayo al 1 de junio de 1477 tras ser descubierta en una aventura amorosa. Desde entonces, según la leyenda transmitida por varios miembros de la familia a lo largo de los siglos, una figura con vestido verde recorre las estancias del castillo antes del amanecer.

No hay manera de verificarlo. Pero tampoco hay razón para contarlo de otra forma.

LO QUE EL VALLE DEL LOIRA ESCONDE BIEN

El turismo en el Loira funciona como un embudo. Chambord atrae. Chenonceau retiene. El resto queda fuera del radio de los itinerarios estándar, y Brissac —a pesar de sus dimensiones, su historia y su carácter singular— sigue siendo un destino de iniciados.

La visita guiada dura aproximadamente una hora y lleva al visitante por salones amueblados, habitaciones con tapices antiguos, una capilla y el teatro privado de 200 localidades. El parque de 70 hectáreas incluye un antiguo canal, un puente japonés, viñedos propios —con bodega y cata— y el panteón familiar al fondo del bosque. Se puede también pernoctar en dos suites históricas del castillo, con camas con dosel y suelos de madera del siglo XVII.

Pero lo que no tiene precio —y lo que distingue a Brissac de cualquier monumento gestionado por el Estado— es la sensación de estar en un lugar que no ha sido intervenido para ser visitado. Alguien aquí tiene que decidir todos los días qué hay que arreglar, qué hay que conservar y cuánto de todo eso puede pagarse con las entradas del año.

Esa tensión se nota. Y hace que la piedra resulte más real.