Ninguno de sus dos arquitectos llegó a ver el edificio terminado. Eduard van der Nüll se ahorcó en abril de 1868; August Sicard von Sicardsburg murió pocas semanas después, en junio del mismo año. La Ópera de Viena se inauguró el 25 de mayo de 1869 sin sus dos autores, con Don Giovanni de Mozart cantada en alemán y con el emperador Francisco José e Isabel de Baviera —Sissi— en el palco imperial.
El proyecto había ganado un concurso entre 35 propuestas. Costó ocho años de obra, desde 1861, y un desprecio público que hoy cuesta imaginar.
POR QUÉ VIENA LLAMÓ «COFRE HUNDIDO» A SU PROPIA ÓPERA
El edificio se levantó sobre la nueva Ringstrasse, el bulevar que Francisco José ordenó trazar donde antes estaban las murallas. Pero el nivel de la calle se elevó después de aprobar los planos, y la ópera quedó más baja de lo previsto, como encajada en el suelo.
Los vieneses la bautizaron versunkene Kiste: el cofre hundido. Se dijo también que el propio emperador había comentado con tibieza el resultado, y que aquel comentario pesó en el ánimo de Van der Nüll.
Es una de esas historias que la ciudad repite sin poder documentar del todo. Lo que sí está probado es el final de los dos arquitectos, y por eso sus retratos presiden hoy la gran escalinata: Viena tardó en reconocer lo que había construido.
El estilo es neorrenacimiento, la gramática arquitectónica que domina toda la Ringstrasse. Arcos de medio punto, logia de cinco vanos en la fachada, mármol y frescos en el vestíbulo y en el Foyer Schwind, decorado con escenas de óperas de Mozart. La escalera de honor es el golpe de efecto: mármol, balaustradas y luz cenital para que el público se sienta parte del espectáculo antes de entrar en la sala.
QUÉ HAY DENTRO: LA SALA, LA ARAÑA Y EL TELÓN QUE SALVA VIDAS





La sala principal tiene 1.709 butacas y varios centenares de plazas de pie. En el techo cuelga una araña de cristal de siete metros de diámetro y 3.000 kilos, con 1.100 puntos de luz.
Debajo de toda esa ornamentación hay ingeniería de seguridad. Tres telones cortafuegos de hierro separan la sala del escenario, sobre forjados de hormigón armado. Es una obsesión con motivo: los teatros del siglo XIX ardían con una frecuencia trágica.
El telón de hierro no es solo una plancha. Desde 1998, un proyecto llamado Safety Curtain lo convierte cada temporada en un lienzo para un artista contemporáneo distinto, elegido por un jurado. Un museo que se levanta y desaparece con cada función.
DEL FUEGO DE 1945 AL FIDELIO DE 1955
El 12 de marzo de 1945, en los últimos meses de la guerra, las bombas alcanzaron el edificio. El incendio tardó casi un día en apagarse. Ardieron el escenario, los talleres y el auditorio; se salvaron la fachada principal, la escalera de honor y el Foyer Schwind.
Viena no cerró la ópera. La trasladó.
La compañía cantó Las bodas de Fígaro en la Volksoper el 1 de mayo de 1945, y Fidelio en el Theater an der Wien en octubre. Durante una década, la Staatsoper fue una ruina con función en otra parte.
La reconstrucción se convirtió en un asunto de Estado. El 5 de noviembre de 1955, el mismo año en que Austria recuperó su soberanía, la ópera reabrió con Fidelio de Beethoven —la ópera sobre la tiranía y la liberación por amor, elegida sin disimulo—. Cuarenta emisoras de radio de todo el mundo retransmitieron la función. Aquella noche nació, además, la televisión en directo austriaca.
LO QUE PODRÍAS NO SABER: ENTRADAS DE PIE Y UN BAILE QUE DESMONTA EL TEATRO

Se puede entrar a la Ópera de Viena por precio de un café. Las entradas de pie salen a la venta el mismo día de la función, a partir de las diez de la mañana, tanto en taquilla como por internet. Los aficionados veteranos defienden que el Parterre, justo detrás del patio de butacas, ofrece la mejor visión de la casa por el importe más bajo.
Una vez al año, el teatro deja de serlo. Para el Baile de la Ópera —el Opernball— se retiran las butacas y se instala una pista de baile sobre el patio: una conversión que exige unas 30 horas de trabajo y hasta 500 operarios. La sala vuelve a ser teatro al día siguiente.









