Hay lugares diseñados para el silencio. El museo, por ejemplo: ese templo donde el aire pesa, el suelo suena y las miradas se educan a base de “no tocar”. Pero Traspassant el Marc llega con una idea casi irreverente —y por eso funciona—: ¿y si el arte no solo se contempla, sino que contesta?
La escena propone un museo habitado por bailarines que interactúan con las obras. No se trata de ilustrarlas, sino de provocarlas. Cada gesto activa un eco, cada desplazamiento altera el significado. Y ahí aparece el primer giro: las obras no son decorado, son interlocutor. Lo inmóvil se vuelve sospechosamente vivo.
Traspassant el Marc: cuando la pintura se desborda
En este universo, paralelamente, el guardián del museo (esa figura discreta que vigila sin ser mirado) se enamora de una bailarina representada en un cuadro. El flechazo no es solo romántico: es una grieta en la lógica. Porque al final, ella cobra vida delante de él… aunque queda flotando la duda: ¿realidad o sueño? En tiempos de pantallas, filtros y versiones de nosotros mismos, esa ambigüedad no es un truco: es casi un diagnóstico.
CINCO ESCUELAS, CINCO FORMAS DE ATRAVESAR EL MARCO














Lo bonito del proyecto es que no se queda en una sola estética. Traspassant el Marc funciona como un programa donde cada escuela aporta su propio lenguaje: tensión, paisaje, identidad, colectividad. Distintas puertas hacia la misma pregunta: ¿qué pasa cuando el cuerpo se atreve a entrar en la imagen?
Escola Estudio Más i Tomás Sanza
Aquí, la dramaturgia del museo se construye desde la coreografía de Mª Antònia Más, Cristina Juaneda, Marina Salom y Tomás Sanza. En escena, las bailarinas Marta Nicolau Hernández, Carlota Parra Ruiz, Juma Caroff Leitao y Maria Francesa Suñer Amengual sostienen ese diálogo con las obras: reacciones inesperadas, impulsos que rompen la distancia y una historia que se va cargando de deseo y extrañeza. El amor del guardián por la figura pintada no es un adorno: es el corazón frágil de la pieza.
Escola On Stage
El contraste manda. Bajo la coreografía de Hazem Zakaria, aparecen “forts contrastos entre tensió i alliberament”: movimientos angulares, fragmentados, composiciones grupales que se descomponen y recomponen. El dolor colectivo frente al sufrimiento individual se dibuja alternando unísonos con episodios de caos. Y lo encarna un elenco amplio: Ona Real, Cristina Cano, Melanie Cañellas, Paula Castro, Arina Sorokina, Toni Fiol, Yara Fortuny y Candela Jiménez. Lo que se ve no es solo técnica: es una comunidad moviéndose a pesar de sus grietas.
Escola Llar Dansa
Hay piezas que abren ventanas. Esta, además, juega con un efecto de encuadre que amplía la escena y nos lleva a la vida en la platja valenciana: viento, cuerpo, humanidad en contacto con lo elemental. La relación madre-hija se vuelve eje emocional, sin necesidad de subrayados. La coreografía corre a cargo de Susana Aledo Terrasa, Águeda Morey Fernández y Rubén Peinado Tomás, interpretada por Lucía Expósito Sánchez, Nora Gil Campos, Sandra Martín Fraile, Laia Pérez Sánchez y Laia Pla Valiente. Aquí el paisaje no es fondo: es personaje.
Escola Ángela Bruno
La pregunta cambia de foco: no tanto “qué vemos”, sino “qué escondemos”. La obra explora la tensión entre lo visible y lo oculto, la búsqueda de identidad y esos secretos que cada cual lleva como un bolsillo interior. En un mundo moderno “buit de sentit huma”, se cuestiona la apariencia, la tentación y la alienación. Coreografía de Ángela Bruno, con Alicia Gibert De Juan, Irene Santiago López y Julia Pujol Laraudogoitia en escena. Lo inquietante es que el espejo no siempre devuelve una cara.
Escola Diverso Alaria
Aquí entra la fuerza del conjunto. La representación se articula como una reivindicación: unión, movimientos que expresan el espíritu de las mujeres, forma métrica y simbolismo para subrayar armonía y potencia colectiva. Coreografía de Guillem Sanz y un grupo que sostiene la idea con presencia coral: Julieta Fayos, Emma Palau, Sara Amador, Noelia Amengual, Yara Fortuny, Ágata Juanico, Teresa Mercadal, Sofía Piedra, Alba Piña y Lucía García del Castillo. Individualidad, sí —pero el conjunto habla más alto.
LO QUE QUEDA CUANDO BAJA EL TELÓN
Al final, Traspassant el Marc no solo mezcla danza y pintura: mezcla certezas con dudas. Un museo que se mueve, un guardián que ama lo imposible, cuerpos que no piden permiso para significar. Y la sensación persistente de que, quizá, el arte siempre estuvo vivo… solo necesitaba que alguien se atreviera a acercarse demasiado al marco.








