En pleno corazón del Ensanche barcelonés, la galería de arte 3 PUNTS abre sus puertas a la primera exposición individual del ilustrador Sebastià Martí, que debuta de lleno en el espacio exhibitivo. Llegar a la inauguración de la muestra ha sido un impacto, al encontrarme a bocajarro no solo a los asistentes vestidos con al menos una prenda rosa. El mismo color se repetía en los marcos y en las mismas obras del artista. Mi incredulidad era total.
Adentrándome en sus obras y el conjunto de “La Vie en Rose”, como titula esta propuesta, fui aclarando mis dudas respecto al repetido uso de este color específico. Pero partamos por lo primero. Sebastià Martí es un virtuoso dibujante y se aprecia a simple vista en el dominio de las normas académicas del dibujo anatómico clásico. Martí es también un consumado talento en la dificilísima técnica de la acuarela (recordemos que ésta, a diferencia de la pintura, funciona estrictamente por la sustracción del color). Sus acuarelas son absolutamente pictóricas, donde la influencia de la ilustración es clarísima. La exposición es una revisión a distintas etapas y referencias en su recorrido artístico reciente donde el común denominador radica en el uso del color rosa como elemento rector.
Ahora bien, ¿por qué el rosa? A través de diferentes causas, Sebastià Martí las une en una única consigna: poner en crisis la lectura convencional del rosa. Pero para llevar a cabo esta tarea hace falta primero adentrarnos en la revisión de la historia de este color. A pesar de su vistosidad, el rosa es, paradójicamente, un color inexistente. No forma parte del espectro lumínico, es decir, no existe la luz rosa como tal, con una frecuencia de onda determinada: es la interpretación que nuestro cerebro hace de la combinación de luz roja y luz violeta. Como pigmento no puede obtenerse directamente de ninguna fuente natural, ya sea animal, vegetal o mineral. Para conseguirlo es necesario mezclar rojo y blanco, o diluir rojo en agua. Y hasta el siglo XVII la palabra “rosa” ni siquiera designaba un color, sino solamente la flor que acabaría dándole nombre.




Martí plantea que el rosa es también una ficción en un sentido más, como un complejo constructo cultural, un vehículo para la transmisión de códigos sociales: el rosa es probablemente el color con más fuertes connotaciones sociales, uno de los mecanismos de clasificación y control favoritos de la sociedad. En sus diferentes tonalidades, el rosa todavía se sigue asociando mayoritariamente a una concepción de la feminidad, definida por oposición a los valores presuntamente masculinos, es decir, delicadeza vs fuerza, frivolidad vs seriedad, sensibilidad vs dureza, seducción vs dominación, aún hoy vigente para preservar esta construcción del género, que Martí critica a través de la visualidad.
Afirma que la concepción del rosa como sinónimo de feminidad es completamente arbitraria, con una historia relativamente reciente. Comenzó a gestarse durante el Romanticismo, cuando el rosa empezó a cargarse de significados considerados negativos, como el sentimentalismo o la ligereza, y acabaría culminando tras la Segunda Guerra Mundial con la conocida fórmula “azul para los niños, rosa para las niñas”, concebida como una estrategia publicitaria para vender más ropa infantil.
El uso del azul celeste y el rosa claro en la ropa para bebés había empezado el siglo anterior, cuando los primeros tintes químicos permitieron colorear las prendas de forma industrial, pero durante mucho tiempo no existió un criterio mayoritario sobre a qué género correspondía cada color. Hubo que esperar hasta los años 50 para que el rosa comenzara a erigirse en el color de marca indiscutible de los productos para niñas. En adelante, el imaginario de lo femenino en Occidente se teñiría indefectiblemente de rosa.
Desde los años 70, diferentes movimientos y colectivos han desafiado la interpretación normativa del rosa con una voluntad subversiva y emancipadora. Encontramos una reivindicación de este color en la rabiosa estética del punk, en el activismo gay y feminista, o incluso en la moda millennial, menos respetuosa con los modelos tradicionales de género. A ellos hay que sumar las propuestas de innumerables artistas, diseñadores y hasta iconos del pop. Martí reivindica estas luchas desde su particular percepción personal, donde rescata la metáfora del bosque.
Martí, con el paso de los años, ha llegado a percibir su vida como un paseo por una suerte de bosque en el que las sensaciones que producen sus elementos cambian constantemente: del terror y el pánico más descorazonadores al amor puro sospechoso de serlo; del ego y el exhibicionismo a una tristeza desgarradora; del humor que echa de menos la carcajada a la conciencia del paso del tiempo; de la fantasía inconsciente, onírica, que puebla parcialmente noches y días, a la imaginación consciente, que produce mundos inexistentes; de las sensaciones enfermizas y asquerosas a la lujuria buscada, y en especial, a la que no.
La metáfora del bosque le permite al artista darle cuerpo a este conglomerado de sensaciones. Si entrecierra los ojos para ver lo justo, se le aparece un conjunto de formas viscosas, tripofóbicas, atractivas y repulsivas, juntas, retorciéndose entre ellas, brotando aquí y allá sin lógica, rodeándolo. Cuando le afecta la estética de las cosas, el entorno, real e imaginado, ejerce una fuerte influencia sobre su manera de codificar y representar las sensaciones y los sentimientos. Esta exposición es un paseo, acompañado, por su bosque.
Sebastià Martí ha expuesto su obra gráfica en galerías como Paspartú, Mezanina, Visions y Mutuo (Barcelona) y ha recibido premios a su trabajo en el Concurso de Humor Gráfico de Fene y el Concurso Internacional Norma Cómics, entre otros. La exposición podrá visitarse hasta el próximo 14 de febrero en la Galería 3 Punts, Barcelona.






