Cuando descubrí la obra de Piro, me abrazó su color. Me hizo recordar cuando era niña y pintaba solo con color, como si con cada trazo pudiera escapar de un mundo oscuro que vivía en aquel momento.
La iglesia de Torralba, en el corazón del Pueblo Español de Mallorca y sede de Pem City Gallery, recibió a distintas personas de la sociedad mallorquina. Estar sentada y observar las piezas de gran formato de Piro es una experiencia que envuelve. Cada trazo, cada color, parece contener otra obra dentro de sí misma, atrapando la mirada y haciéndote sentir parte de la creación desde el primer instante.





La capilla iluminada se convirtió en un escenario vivo. Jesús de Chus irrumpió con su taconeo firme, transformando cada rincón en música y energía. No éramos espectadores; éramos parte de la obra. Y justo ahí se nota el genio de Sara G. Arjona, que firma la dirección artística. Sus eventos no se repiten: nacen, viven y desaparecen dejando un rastro invisible de elegancia y sensibilidad.
Cada detalle estaba pensado como parte de la narrativa. Los platos, diseñados por el propio Piro, eran pequeñas obras que combinaban estética y sabor; un diálogo entre cocina y pintura. Las velas de distintos colores caían estratégicamente sobre los manteles, creando un efecto que era, en sí mismo, otra obra de arte. Todo estaba medido para que cada instante fuera visual y sensorialmente perfecto.
Ser invitada de honor me conmovió profundamente, no por el protocolo, sino por formar parte de algo que respira creatividad y emoción. Esa noche comprendí algo esencial: a veces los lienzos no parten del blanco; ya están llenos de color, y solo esperan el instante adecuado para brillar. Como cuando era niña, intentando iluminar un mundo oscuro, cada trazo tenía su propia luz.









