Una notable propuesta exhibitiva trae esta temporada invernal la galería de arte Joan Gaspar. Se trata de ‘Henri Matisse: Dibujos y Grabados’, que pone el foco en un aspecto poco conocido pero esencial de la trayectoria de Matisse: su extenso trabajo en el campo del dibujo y el grabado. A pesar de lo que el público asocia al artista, en especial a la pintura y sus emblemáticos papeles découpés, Matisse produjo entre 1900 y 1954 numerosos grabados y libros ilustrados. Esta muestra recoge treinta y dos dibujos y grabados realizados entre 1902 y 1952.
La exposición revela cómo Matisse adapta cada técnica (litografía, aguafuerte, punta seca, aguatinta o linograbado) a la inmediatez de su trazo. Para él, el grabado es una prolongación natural del dibujo: la litografía reproduce sus gestos a lápiz y carboncillo; sus aguafuertes y las puntas secas evocan el trazo a la pluma; la aguatinta imita los dibujos al pincel y a la tinta china. Este dominio técnico le permite mantener, a través de la reproducibilidad del grabado, la intensidad de su obra.
La muestra arranca con dos grabados del período fauvista que ilustran la capacidad de Matisse para abordar un mismo tema con lenguajes plásticos radicalmente diferentes: Petit bois clair y Le Grand Nu. Ambos presentan una figura femenina en la misma posición, pero una adopta una estética primitivista y la otra un estilo más escultórico. Son obras que explican perfectamente el interés del artista por explorar dos vías figurativas simultáneas.





El recorrido pone en relieve un elemento central en el imaginario de Matisse: el rostro humano. Matisse afirma que la exactitud no es la finalidad del retrato, sino la verdad interior que se encuentra en él. Por eso desarrolla una metodología de trabajo propia, que describe su último libro, Portraits (1954). En la primera sesión con el modelo busca una percepción neta, libre de ideas preconcebidas. Después deja reposar esta primera impresión en un proceso que denomina “fermentación inconsciente”. Las sesiones siguientes generan los denominados “dibujos rápidos”, obras donde todas las sensaciones acumuladas se cristalizan en un trazo único.
Esta aproximación, a modo de ritual, explica la intensidad de los retratos expuestos de figuras clave en la vida del artista: su hija Marguerite, su nito Claude, y las modelos Lydia Delectorskaya, Janine Revillon o Carmen Lahens, entre otros. Matisse establece con cada uno de ellos una relación de confianza que le permite captar no solamente la semblanza, sino también la singularidad.
El conjunto de las obras reunidas muestra cómo Matisse convierte el rostro en un signo esencial de su vocabulario artístico. A través de líneas mínimas y gestos decididos, el artista destila la expresión humana a fin de reducirla a lo esencial. Estos signos, nuevos y personales, son una de sus aportaciones al lenguaje del arte moderno. Esta selección también incluye una obra que muestra el compromiso social de Matisse. El año 1951 va a crear La Pompadour con finalidades filantrópicas, en respuesta al recorte impuesto en 1952 por el secretario de Estado de Cultura de Francia con el fin de recaptar fondos para la restauración del Palacio de Versalles, muy deteriorado después de la Segunda Guerra Mundial.
Asimismo, la exposición incluye la aguatinta Trois Visages, À l’amitié que representa los rostros de Guillaume Apollinaire, André Rouveyre y del mismo Matisse. Estas obras, junto a los dibujos y grabados expuestos, permiten al público descubrir un Matisse íntimo y comprometido, que convierte su investigación de una realidad plástica en pura emoción visual.
Henri Matisse (Le Cateau Cambrésis, Francia, 1869), descubrió la pintura a los veinte años, durante una convalecencia. En 1892 ingresó al taller de Gustave Moreau, que reconoce inmediatamente su talento y le pide que “simplifique la pintura”. En París, a finales del siglo XIX, entra en contacto con los neoimpresionistas, especialmente con Paul Signac. Los primeros grabados de Matisse datan de aquella época, concretamente del 1900, de producción reducida. En el verano de 1905, en Collioure, crea sus primeras obras fauvistas, expuestas en el salón de Otoño y que lo van a situar en el movimiento de vanguardia.
Durante la Primera Guerra Mundial, va a crear una gran cantidad de obra gráfica a causa de la escasez de materiales para pintar, sobre todo entre 1914 y 1917, donde es especialmente prolífico. En diciembre de 1917 Matisse se instala en Niza. Dos años después comienza a trabajar con la modelo Henriette Darricarrère y va a iniciar la famosa serie de las odaliscas.
En 1930 Matisse viaja a Tahití y los Estados Unidos, experiencia que va a renovar profundamente su obra y va a estimular la creación de libros ilustrados y obras monumentales. En 1941, después de una grave operación, el artista siente que comenzaba una “segunda vida”. Durante este período aparecen muchos de sus libros ilustrados, con los papeles pintados con guaix y recortados como su medio predilecto. “Dibujar con tijeras”, decía. Esta técnica va a culminar en la Chapelle du Rosaire de Vence y en las grandes composiciones que recubren su casa-taller en el hotel Régina de Niza. Henri Matisse muere en la misma ciudad el 3 de noviembre de 1954, dejando un legado artístico de valor universal y convertido en uno de los nombres esenciales de la historia del arte.
Esta exposición, una de las muestras troncales de la actual agenda de la ciudad de Barcelona, ha sido posible gracias a un acuerdo de colaboración entre la Galería Joan Gaspar y la Maison Matisse, fundada en 2019 por Jean-Matthieu Matisse, bisnieto del artista, y con la voluntad de preservar y difundir el espíritu creativo del pintor mediante colaboraciones con artistas y diseñadores contemporáneos. De esta manera, es posible presentar por primera vez en la galería esta selección de dibujos y grabados originales. Esta exposición representa una oportunidad única para acercarse al universo íntimo del artista francés. De visita obligatoria, porque muy pocas veces sucede un milagro semejante.





