El Premio Nacional de Artes Plásticas José María Yturralde, a sus 82 años (Cuenca, 1942) protagoniza la nueva exposición de la Fundación March en su sede palmesana. Esta muestra, dedicada al dibujo y otros trabajos con papel de Yturralde, es de carácter retrospectiva, introspectiva y procesual. Habla de un proceso creativo a lo largo de mucho tiempo, probablemente muy solitario debido a la enorme precisión en muchas de sus piezas, lo que conlleva la responsabilidad de ser recorrida con detención por el espectador, con tiempo, dispuestos a entrar en el juego visual que propone este estupendo artista.
Pero no encontramos solamente dibujos en esta propuesta. Libros de artista, maquetas de carteles, proyectos, ensayos, cometas, bocetos de series, pruebas de color y delineación gráfica, fotografías e impresiones digitales abren un abanico plástico extenso que no pasa desapercibido en el ojo del observador, que viene desarrollando desde la década de los sesenta. Claramente, Yturralde es de esa clase de artistas que se vinculan más a los ejercicios investigativos, rigurosos, científicos, como esos profesores de universidad que desarrollan su vida entre los talleres de la escuela de artes y su estudio, sin dejar espacio para las tribulaciones del mundo exterior tan agresivo, superficial e inapetecible. Se mueve en un mundo donde arte y ciencia bailan un vals como en la competencia anual de baile, con gracia, compenetración y alegría, quizá también enamoramiento.

Al recorrer la obra de Yturralde en esta propuesta, comprendemos que se trata de un artista que calla, que observa detenidamente, como los búhos, que también sabe escuchar el lenguaje oculto del color, la forma y la composición, que experimenta y ensaya y al final da una opinión clara a través de la plástica, sin margen a demasiadas preguntas, estrictamente técnicas. Como un científico. Su obra no permite margen ni parece tolerar demasiado los inventos y ficciones discursivas del comisariado del arte contemporáneo actual. Su obra parece sacarse del sombrero de la nada un guante de boxeo y noquear de un solo golpe los excesos de ese arte cool o esa curaduría iluminada, reveladora de las nuevas tablas de la ley que según ella deben regir el arte. La precisión técnica del trabajo de Yturralde es un puñetazo sonoro sobre la mesa, porque es una obra que se comunica por sí misma con el espectador, sola, no necesita presentaciones ni introducciones de ningún intermediario.
El creador conoce perfectamente el color y la luz, el juego óptico de las formas y los postulados de la Bauhaus de Weimar y Josef Albers, se nota a larga distancia. En ese campo riguroso, su mundo, confluyen libres la física y la astronomía, el espacio y el tiempo, el vacío y la nada, el todo y lo esencial. Su obra, desarrollada desde la segunda mitad del siglo pasado, resulta un bálsamo ante el decepcionante arte creado durante las dos primeras décadas de este siglo. Yturralde no se va con tonterías ni parece tener tiempo para cometer errores forzados. Planifica con antelación, al menos así lo demuestra lo que vemos colgado en las paredes del magnífico edificio de la calle San Miguel dedicado a su figura, a pasos de la Plaza Mayor.
José María López Yturralde se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Zaragoza y en 1957 ingresa en Valencia a la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos. En esos momentos comienza los pasos en el mundo publicitario. Licenciado y Doctor en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia, efectivamente, comienza un camino entre su estudio en Alboraya y los talleres de la facultad de artes. Catedrático de Pintura de la Facultad de Bellas Artes de Valencia y académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos.
Yturralde es quien introduce el arte cinético en España y comienza a acercarse a la ciencia y la tecnología, entre otros motivos gracias a una beca en el Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid donde experimenta sus primeras obras en ordenadores, o aquella estancia en el MIT de Massachussets, donde conoce a artistas como György Kepes, Otto Piene, Jürgen Claus, Mark Mendel o el icónico Walter de Maria. Como si esto no fuera suficiente, ejerce además como Conservador Adjunto en el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, su ciudad natal.
En esa faceta científica, de investigación en el taller, a veces quizá solitaria, en otra Yturralde parece también ser muy feliz al aire libre y eso lo comprobamos a través de lo que él llama “Estructuras voladoras”, que en realidad son cometas monumentales y tridimensionales capaces de volar. Sobre la escalera de la fundación que le abre las puertas se encuentra una de ellas, suspendida, enorme. Es lo primero con lo que se encontrará el visitante, que abre la ventana a la pregunta de si aquello no se trataría en realidad de la maqueta de un edificio espacial, sacado de una ciencia ficción flotante en la estratósfera en esa obsesión humana de salir del planeta tierra y dominar otros parajes aún desconocidos, en esa ansiedad histórica de exploración. En su obra más reciente, Yturralde explora el estudio del color y su influencia sobre las emociones y el estado de ánimo. Dentro de la nueva programación en artes visuales, la propuesta de la Fundación March es de visita obligatoria para sumergirse en el laboratorio de José María Yturralde. Vale la pena.






