La 44ª edición de ARCO Madrid, la gran feria del arte contemporáneo español, ha terminado con gran autobombo, como cada año. Según sus organizadores, al igual que su edición anterior, visitaron el evento cerca de 100.000 personas durante sus cinco días, con más de 200 stands, 2000 artistas y un interminable desfile de estrambóticos personajes, cual carnaval, sin contar la presencia de autoridades públicas de varias comunidades autónomas, el gobierno central y los mismísimos reyes, que una vez más inauguraron la feria junto a la directora Maribel López y un impresionante despliegue policial y de seguridad.
Los datos importantes aún no se conocen, como cuánto fue el volumen total de ventas de la feria, qué ingresos económicos aportaron la venta de las distintas subcategorías artísticas como pintura, escultura, fotografía, el arte conceptual u otras piezas inclasificables. Tampoco se conocen aún los porcentajes en relación al año anterior o los últimos diez años, como sí sucede en otras ferias como Art Basel, la principal cita anual del arte a nivel mundial.
Sólo se han informado datos parciales como algunas compras públicas. El museo Centro de Arte Reina Sofía y el Ministerio de Cultura han comprado obras por valor de medio millón de euros. El Ministerio de Transición Ecológica, también con el apoyo de Cultura, ha desembolsado 1,9 millones en compras para una nueva bienal ecológica. A ellos se suman compras de la Comunidad de Madrid, la Junta de Andalucía, el Ayuntamiento de Madrid y fundaciones públicas y privadas como la misma Fundación ARCO o la de Cristina Masaveu, sin conocer los números exactos ni los nombres de los artistas adquiridos.
El evento estuvo marcado por la ausencia de la galería fundadora Juana de Aizpuru, a causa de la jubilación de la galerista. También por el reciente fallecimiento de Helga de Alvear, que no solo se preocupó por la continuidad de su negocio, sino también del nuevo museo que lleva su nombre, con su colección particular protegida.
No estuvieron ausentes las ya clásicas polémicas de la feria, en una época y un sector especialmente adicto a las controversias. Partió el mismo día de la inauguración, horas antes de que el polémico ministro de Cultura, Ernest Urtasun, hiciera su aparición estelar junto a los reyes. Las galerías españolas apagaron las luces de sus stands al mediodía para manifestarse contra la pasividad de la cartera en relación a la bajada de impuesto cultural exigida por el gremio, promesa de la cual el ministro parece haberse olvidado frente a la indignación de la Hacienda pública.
Otra de las polémicas fue provocada, una vez más, por las mujeres en el sector denunciando a voz en cuello que la presencia de mujeres en la feria se había reducido a la mitad en comparación al año pasado, y que la presencia de artistas mujeres españolas apenas supera un 5%, por supuesto, creyendo que una feria de comercios privados debe regirse con los mismos parámetros de exigencias que la administración pública o que los coleccionistas privados compran en función del género de los artistas, en una falta evidente de sentido común. Por ellas, que ARCO vendiera sólo cosas hechas por mujeres, se premiara sólo a mujeres y los museos exhibieran sólo a mujeres. Eso se percibe en sus reivindicaciones y constantes ataques directos al género masculino.
Quienes parecen haber abandonado el delirio de la noche a la mañana son los coleccionistas. El aparente pinchazo del arte contemporáneo en los últimos años y la certeza respecto a la imposibilidad de reventa de piezas absurdas los han vuelto cautos, poner los pies en la tierra y volver a invertir en las técnicas tradicionales y en piezas artísticas reales y físicas, sobre todo de pintura y escultura, que predominaban en la feria no por casualidad. El denominado ‘hamparte’ quedó reservado a las compras públicas como las efectuadas por el Reina Sofía, en su mayoría a mujeres, olvidando por arte de magia la igualdad de género en favor de la controvertida ‘discriminación positiva’, con una gestión y programación cada día más cuestionada, como la del MACBA de Barcelona.
No faltó el delirio por el postureo y la superficialidad por los pasillos de los dos pabellones de Ifema, con carritos vendiendo copas de cava a 19 euros e historiadores del arte y comisarios desfilando como vedettes para dejarse ver con outfits que a ratos rozaban el ridículo, el payaseo. Contra todo pronóstico, la presencia más sobria de toda la feria parece haber sido la de los propios artistas, relegados a un tercer plano por detrás de galeristas y comisarios, en un sinsentido inexplicable. Especial mérito se concentró en el sobrio stand de la Unión de Artistas Contemporáneos de España UNIÓN AC, donde artistas llegados de todo el país explicaban con paciencia a los visitantes sus reivindicaciones y el trabajo relativo al Estatuto del Artista, paralizado también por la falta de interés del super mediático ministro Urtasun.
Un anexo fue la muestra de editoriales independientes y libros de artistas Arts Libris, donde escaseaba la presencia de editoriales con publicaciones rigurosas o de investigación en relación a temas artísticos y sobraban la de libros de artistas y catálogos monográficos. La oferta destilaba una tendencia contemporánea: el exceso de creatividad, abstracción y blableo por encima del conocimiento técnico llevado a la imprenta como testimonio de una época más bien vacía de contenido por un exceso de todo. Pero convengamos, no podemos pedir rigor académico a una feria comercial, donde el objetivo principal es vender productos para la decoración de espacios y dejarse ver a cualquier precio.
La presencia de galeristas baleares fue más bien insignificante, con propuestas artísticas débiles frente al tsunami de oferta que aportaban dos centenares de galeristas llegados de los cinco puntos del globo terráqueo, mientras el stand del IEB se convirtió en un multiespacio multipropósito como photocall para autoridades públicas del Govern, el Consell de Mallorca y el Ajuntament de Palma, con la artista expositora casi en un segundo plano.
Pese a que en la actualidad existen más de 300 ferias de arte alrededor del planeta y que la madrileña es una de las que recibe mayor cantidad de público, teniendo al mismo tiempo otras tres ferias menores compitiendo con ella durante la misma semana aprovechándose de su popularidad, puede decirse sin ningún margen de dudas que ARCO continúa siendo una feria satélite, muy por detrás de la franquicia de Art Basel, hoy principal feria internacional de referencia junto a sus homólogas en Miami, Hong Kong y París, donde se dan citas galerías de la categoría de Gagosian, White Cube o Mitterrand. ARCO no está mal, pero le falta aún mucho camino para ser una feria de categoría. Eso no depende solamente de su voluntad, sino además del nivel cultural del tejido del arte español, que hoy es lamentablemente circense, arrogante y autorreferencial y donde aparentemente el Estado parece ser el cliente principal.






