No todo va a ser ganar

Mujer sosteniendo un cartel en un evento político

No podía entender los aplausos tan apasionados que brotaban del público asistente, mientras la otra parte, menos numerosa, daba la espalda a una pantalla tan plana como las palabras del interlocutor, que enseñaba una fotografía tras otra solo para justificar la derogación de una ley que, según su propia historia familiar, le favorecía.

El periodista, estupefacto, contaba los aplausos de la bancada más a la derecha, que, traducida en votos, solo demostraba que su país estaba en peligro. La confrontación del “y tú más” ponía en jaque toda la democracia con la que había crecido en su país hacía décadas y por la que sus padres habían luchado.

Al otro lado, una mujer de treinta y pocos años también levantaba la vista con ese inequívoco gesto de cuenta mental: uno, dos, tres, seis, ocho… Quizá desde el otro lado la cosa sea más satisfactoria y la victoria resulte más dulce, pero seguro que, a la larga, se arrepentirá.

De repente, un poema entra en escena y ciega todo discurso, todo lo visceral, todo el posible odio, pero solo sería un instante de paz. Tan solo unos minutos después, el pequeño estruendo de un aplauso, seguido de protestas y gritos, irrumpe en el hemiciclo.