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	<title>A PRIMERA VISTA &#8211; La Siesta Magazine</title>
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	<title>A PRIMERA VISTA &#8211; La Siesta Magazine</title>
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		<title>Un banco, un cigarro y el señor Linh</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rafa Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 29 Jun 2026 13:24:51 +0000</pubDate>
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<p>Sentado en el banco de mi terraza, liándome el último cigarrillo de la tarde. De fondo suena Alejandro Sanz, de gira por la isla, y en mis manos descansan las últimas páginas de La nieta del señor Linh. Me río solo. Qué caprichosa es la vida. Terminar un libro sobre un banco, fumando, precisamente en [&#8230;]</p>
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<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph">Sentado en el banco de mi terraza, liándome el último cigarrillo de la tarde. De fondo suena Alejandro Sanz, de gira por la isla, y en mis manos descansan las últimas páginas de <em>La nieta del señor Lin</em>h. Me río solo. Qué caprichosa es la vida. Terminar un libro sobre un banco, fumando, precisamente en un banco, fumando. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es que el señor Bark tiene un banco. Un banco de un parque cualquiera al que va a sentarse solo, como quien necesita un sitio donde dejar caer el peso de su vida. Y acostumbrado a esa soledad, un día se encuentra con el señor Lin. El protagonista de esta historia.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se sientan uno al lado del otro y mientras el señor Linh se encuentra en silencio, el señor Bark habla. Le habla de su vida, de lo perdido, de todo aquello que uno solo puede contarle a un desconocido. El señor Linh escucha. No entiende ni una palabra, pero escucha. Imagina y cuida de su pequeña nieta a la que se aferra como lo único que le queda de su historia. </p>



<p class="wp-block-paragraph">En un banco de un parque se encuentran dos hombres rotos. Un migrante sin nada más que su pequeña criatura y otro con múltiples heridas por sanar.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La conexión entre ambos crece desde la soledad, desde el apoyo en un momento difícil. El señor Bark fuma y habla. El señor Linh le regala tabaco y le canta a su princesa. Y en ese gesto, en ese pequeño espacio, bajo un gesto mínimo, dos almas rotas se entienden y se unen. Ninguno lo buscaba, pero ambos lo necesitaban. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque vivimos en un mundo que ha aprendido a mirar para otro lado con una eficiencia pasmosa. Hemos sustituido la cercanía por la pantalla y el saludo por el scroll. Convertimos en cifras a las personas que cruzan mares buscando un futuro menos oscuro y nos atrevemos a señalarlos sin preguntarnos qué los ha traído hasta aquí ni qué necesitan. Me incluyo. No me escondo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>La nieta del señor Linh</em> no es una obra perfecta. En el club de lectura generó más dudas que certezas, y hubo quienes la encontraron dispersa, sin un hilo lo bastante tenso como para sostenerse. Para algunos no pasará de ser el guión de una película de domingo. Y no les falta razón. Claudel da demasiados brochazos para el lienzo que tiene entre manos. Pero una novela que incomoda, que divide y que obliga a levantar la vista de la pantalla aunque sea un momento, ya ha cumplido con algo que la mayoría de libros ni siquiera intenta. </p>



<p class="wp-block-paragraph">A mí, por lo menos, me ha hecho levantar la vista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y mira por dónde. Este año yo también he llegado a un banco que no conocía, con los traumas bien guardados en el equipaje y la lectura abandonada en algún cajón de los años oscuros. Y sin buscarlo, alguien se ha sentado a mi lado. Me ha devuelto la rutina, la imaginación, la capacidad de viajar sin moverme del sofá, de removerme sentimientos que llevaba tiempo sin visitar, de abrirme a mundos que mi cerrada visión de lector nunca habría explorado solo. Y de disfrutar, cada mes, redactando estas líneas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sé muy bien cómo explicar lo que ha significado esta temporada sin sonar grandilocuente. Así que no lo voy a intentar. Solo diré que hay cosas que uno creía perdidas y que de repente aparecen, sin avisar, de la mano de alguien que tampoco las buscaba del todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con este libro se cierra la temporada. Y con esta columna pensaba cerrar también mi aventura por estas páginas. Pero resulta que escribir me gusta demasiado como para dejarlo ahora. Así que continuaré, empezando por las recomendaciones de mis compañeros y compañeras. La primera será <em>Plataforma</em>, de Michel Houellebecq, que promete ser un viaje con más turbulencias que escalas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta la próxima lectura. Y si me veis en algún banco, no tengáis miedo. Sentaros y contémonos la vida. Aunque no nos entendamos del todo, quizás es justo lo que necesitamos.</p>
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		<title>El rumbo del viejo Hemingway</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rafa Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 27 May 2026 14:13:42 +0000</pubDate>
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<p>El agua se mueve con el roce de los dedos de mis pies. Pequeñas ondas rompen la calma mientras termino El viejo y el mar, sentado en el borde de un antiguo embarcadero en Bendinat. El sol de mayo ya empieza a avisar de que el verano no anda lejos y la brisa, que debería [&#8230;]</p>
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<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph">El agua se mueve con el roce de los dedos de mis pies. Pequeñas ondas rompen la calma mientras termino <em>El viejo y el mar</em>, sentado en el borde de un antiguo embarcadero en Bendinat. El sol de mayo ya empieza a avisar de que el verano no anda lejos y la brisa, que debería aliviar, apenas consigue frenar el calor que empieza a castigarme los hombros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siempre he sentido una extraña conexión con el mar, aunque no de esa forma casi romántica con la que lo viven algunos navegantes capaces de entenderlo como si fuera un idioma propio. Lo mío es otra cosa. Más íntima. Más difícil de explicar. Tal vez tenga que ver con la herencia. Con crecer en una isla. O con esa necesidad absurda que algunos tenemos de buscar respuestas donde solo hay horizonte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno de mis primeros tatuajes tiene precisamente algo de eso. Una mezcla entre el mundo náutico y una idea que me ha acompañado durante años sin que yo terminara de comprenderla del todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando murió mi abuelo, en uno de esos pasillos de hospital donde el tiempo parece comportarse de otra manera, mi padre se acercó mientras yo lloraba, me puso la mano en el hombro y me dijo una frase que entonces me desconcertó profundamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“Si alguna vez dudas cuál es el camino correcto, escoge siempre el más difícil.”</p>



<p class="wp-block-paragraph">No entendí qué quería decirme en aquel momento. Ni siquiera estoy seguro de que él pretendiera explicarlo del todo. Pero hay frases que no se comprenden cuando se escuchan. Se entienden años después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras leo a Hemingway pienso precisamente en eso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Santiago pasa 84 días sin pescar nada. Sale cada mañana. Repite el ritual. Insiste. Fracasa. Vuelve a insistir. No porque espere un milagro, sino porque entiende que algunas cosas solo tienen sentido si uno decide seguir incluso cuando no hay ninguna garantía de recompensa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y quizá por eso sigue funcionando. Porque cuesta no reconocerse en él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todos hemos sentido esa mezcla entre agotamiento y orgullo de seguir peleando por algo que quizá no salga bien. Todos hemos querido abandonar justo antes de convencernos de seguir un día más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero lo que más me golpeó no fue la lucha con el marlín. Fueron los tiburones. Porque ahí siento que Hemingway deja de hablar del mar y empieza a hablar de nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Del momento exacto en el que consigues algo. De cuando, después del esfuerzo, de la pelea, del desgaste, aparecen quienes no estuvieron durante la travesía pero sí llegan cuando ya huelen sangre, éxito o recompensa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los carroñeros existen en todas partes. En el trabajo. En la política. En las relaciones. Incluso en las amistades. Y da rabia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque Santiago pelea una batalla casi inhumana para terminar viendo cómo otros despedazan aquello por lo que tanto había luchado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Confieso que esperaba otro final. Uno más complaciente. Más justo. Santiago llegando a puerto con el marlín intacto y viendo por fin en los ojos de los demás el reconocimiento a su batalla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero quizá ahí está precisamente la lección. Porque el premio nunca fue volver con el marlín intacto. El premio fue haber sido capaz de librar la batalla. El premio fue demostrar(se) que podía hacerlo. El premio fue la dignidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y quizá también esa mirada final de Manolín, que contiene algo mucho más valioso que cualquier trofeo: admiración sincera y amor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí entendí algo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá mi padre no hablaba de escoger el camino más difícil porque sí. No por glorificar el sufrimiento ni por convertir la vida en una competición absurda de resistencia. Quizá hablaba de otra cosa. De elegir aquello que te obliga a descubrir quién eres de verdad. De una recompensa íntima, de esas que no necesitan aplausos ni validación ajena.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cierro el libro. Lo dejo sobre la toalla. Me quito las gafas de sol y me tiro al agua. Floto boca arriba unos segundos. Pienso en todo y en nada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me doy cuenta de que, en el fondo, lo que siempre he admirado de Santiago no es su fuerza. Es su capacidad de seguir adelante sin necesidad de reconocimiento ajeno, simplemente por demostrarse que aún es capaz de hacer aquello que le define.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso me cuesta no pensar que este final de temporada del club de lectura tiene algo de metáfora involuntaria. El mes que viene nos espera <em>La nieta del señor Linh</em>, de Philippe Claudel. La última parada antes de cerrar esta etapa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sé si será un adiós definitivo o solo una pausa. Pero, como con tantas otras cosas, supongo que lo importante habrá sido el trayecto.</p>
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		<title>Una deuda pendiente con mi madre</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rafa Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 May 2026 08:45:10 +0000</pubDate>
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<p>El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. A estas alturas de la película queridos lectores supongo que ya me empezaréis a conocer un poco. Sufro de una enfermedad bastante común entre quienes aman leer, conocida como transportación narrativa. La RAE lo describe como un concepto psicológico por el cual un espectador se [&#8230;]</p>
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<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph"><strong><em>El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. </em></strong>A estas alturas de la película queridos lectores supongo que ya me empezaréis a conocer un poco. Sufro de una enfermedad bastante común entre quienes aman leer, conocida como <em>transportación narrativa</em>. La RAE lo describe como un concepto psicológico por el cual un espectador se «transporta» mentalmente al mundo de la historia, perdiendo la noción del entorno real y viviendo las emociones y eventos como propios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Creo que padezco este tipo de enfermedad porque no podría explicar de otro modo como las historias que emergen de mi querido club de lectura me transportan a una historia y me trasladan a vivencias similares. Busco paralelismos que me ayudan a conectar con el protagonista. No lo hago aposta os lo juro, es una dolencia que aparece por sí sola. También podría ser que además de sufrir este tipo de concepto psicológico, simplemente las lecturas escogidas me cojan en un momento especial en el que conecto con mayor facilidad con el autor de la obra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esta primera entrega del club de lectura -ya sabéis que este mes teníamos dos libros por delante- me encontré con Aleksy, el personaje de Tatiana Tibuleac. Mis primeras palabras tras haber finalizado el libro serían: «No me lo esperaba»; y llorar. Llorar alto, fuerte y sentido, incluso igual añadiendo algún grito hueco y desgarrador. De esos que no se oyen pero que sentimos profundamente, que llegan hasta el fondo de nuestras entrañas y nos vacían de todo el dolor que llevamos dentro pero del cual no nos libran del todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi librero me lo advirtió: «Es duro». No creía que lo fuera a ser tanto. Es un golpe en la boca del estómago.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo tampoco he tenido una relación sencilla con mi madre. Supongo que son muchos los adolescentes que habrán pasado por esos momentos con alguno de sus progenitores. En momentos de la obra sentía que los sentimientos de Aleksy fueron los míos en un determinado momento. Mi madre, a diferencia de la del protagonista, siempre me ha amado con locura, pero yo no fui un adolescente sencillo. Hubo un tiempo que me sentí aislado, incomprendido y conflictivo. Sentía odio, hacia mí y hacia los demás, y no sabía enfocarlo adecuadamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias a dios he tenido tiempo para arreglar -parcialmente- las cosas con aquellos seres que lastimé, principalmente mi madre, a la que menosprecié en incontables ocasiones sin que ella tuviera culpa ninguna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La desgarradora historia de Aleksy y su madre y ese verano en el que ambos consiguen reencontrar el amor el uno por el otro me ha destrozado. Me ha devuelto a esos momentos en los que me separé de mi madre emocionalmente y después al reencuentro años más tarde. Desde entonces solo siento respeto y devoción absoluta por ella. Aunque siempre aparezca alguna discusión, nuestro carácter familiar nos impide no discutir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Leyendo <em>El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes </em>he sentido que le debía de nuevo una disculpa a mi madre. Incluso en momentos complicados como los que me está tocando vivir este <em>maldito 2026</em>, su cariño no ha envejecido y todo su brazo se muestra a mi disposición para salvarme de mí mismo una vez más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta historia es provocadora y dolorosa, genera arrepentimiento y ganas de descolgar el teléfono (si aún tenéis esa posibilidad) para llamar a vuestra madre y charlar un rato con ella. Conocer su historia con mayor profundidad y quién sabe, igual disfrutar de una puesta de sol frente a un campo de girasoles.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia de Aleksy es abrumadora y llena de drama. El libro de Tibuleac no solo desarrolla esa trama, pero si os siguiera contando más sobre Aleksy no haría falta que os leyerais el libro. Igual dentro de la fealdad de este 2026, esta obra sea un rayo de color. Por el momento, pasa a formar parte de mis lecturas preferidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desconozco si la intención de la autora es transmitir el mensaje aquí transcrito, pero como he dicho anteriormente, este es el que a mí me ha calado. Nos vemos a continuación con la historia de Hemingway. A ver en qué papel me toca enfrascarme. Y si me disculpáis, antes tengo una llamada pendiente.</p>
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		<title>De Orly a Reza sin escala</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rafa Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Apr 2026 05:00:00 +0000</pubDate>
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<p>Sentado en un MacCafé del aeropuerto de París-Orly. Las vacaciones en Disney llegan a su fin. Mi hijo juega sentado en una silla con sus coches. Mi mujer y yo mostramos signos ostensibles de cansancio. Me quedo mirando a la nada. Pensando en nada. Contemplo el espacio a mi alrededor como si fuera un figurante [&#8230;]</p>
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<a rel="nofollow" href="https://lasiestamagazine.mallorcadiario.com/panorama/a-primera-vista/de-orly-a-reza-sin-escala/">De Orly a Reza sin escala</a></p>

<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph">Sentado en un MacCafé del aeropuerto de París-Orly. Las vacaciones en Disney llegan a su fin. Mi hijo juega sentado en una silla con sus coches. Mi mujer y yo mostramos signos ostensibles de cansancio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me quedo mirando a la nada. Pensando en nada. Contemplo el espacio a mi alrededor como si fuera un figurante en una escena de película. De pronto, algo me devuelve al mundo real.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una familia con sus maletas pasa por delante de mí. Una mujer se acerca por detrás y, sin mediar palabra, decide golpear en la cara a la que supongo es la madre. El abuelo y el marido tardan dos segundos en reaccionar tras el grito. La agresora pasa de largo, camina como si nada. Huye.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los hombres del grupo intentan frenarla, pero están más preocupados por su familiar. La violenta se escapa. “Policía, policía”. Nadie aparece. Nadie sabe cómo reaccionar. Todos parecemos bloqueados, como si alguien hubiera pulsado pausa.</p>



<figure class="wp-block-image alignleft size-full is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="633" height="1000" src="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/14134857/casos-reales.jpg" alt="Portada del libro Casos Reales de Yasmina Reza" class="wp-image-69133" style="width:423px;height:auto" title="De Orly a Reza sin escala 1" srcset="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/14134857/casos-reales.jpg 633w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/14134857/casos-reales-190x300.jpg 190w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/14134857/casos-reales-380x600.jpg 380w" sizes="(max-width: 633px) 100vw, 633px" /><figcaption class="wp-element-caption">La portada del libro &#8216;Casos Reales&#8217; de Yasmina Reza presenta un diseño minimalista.</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">A mí, espectador del suceso y ya bastante anestesiado por este tipo de situaciones, solo se me pasa una cosa por la cabeza: esto parece una escena de Yasmina Reza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es que la escena parecía sacada de <em>Casos reales</em>, el libro que había empezado durante el viaje. Reza desgrana casos juzgados en Francia en los últimos años y, entre medias, introduce fragmentos de su propia vida. Como si quisiera suavizar el golpe, aunque nunca lo consigue del todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que hace Reza no son crónicas judiciales al uso. Y, sin embargo, uno aprende más que leyendo muchas crónicas judiciales. Describe, observa, incomoda. Y deja espacio al lector.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hace exactamente lo que a mí me gustaría hacer cuando escribo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como periodistas, muchas veces deshumanizamos para no condicionar al lector. Buscamos una objetividad casi quirúrgica. Pero en ese intento, quizá hemos ido alejándonos de las historias. De las personas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso también hemos ido perdiendo lectores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mis pensamientos, sentado en esa silla de la cafetería, se mezclan con la escena. De pronto me veo junto a Yasmina Reza en un juzgado francés describiendo lo que acaba de pasar. A un lado, la familia agredida. Al otro, la mujer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La abogada defensora se levanta. Desgrana su vida. Explica las dificultades, los golpes, el camino hasta llegar a ese momento. Durante unos minutos, todo parece encajar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después habla el fiscal. Y el abogado de la familia. Y desmontan ese relato. La deshumanizan. La convierten en otra cosa. En una delincuente peligrosa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La escena, pienso, es digna de filmarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi mujer me despierta. La policía está con la familia, tomando declaración. Mi hijo recoge sus juguetes. Es hora de facturar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El caso se cierra.Próxima lectura: <em>El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes</em>. Y un clásico que supongo que tendré que leer con un Papa Doble, <em>El viejo y el mar</em>.</p>
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		<title>El hotel donde aún vive mi abuelo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rafa Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 25 Mar 2026 15:06:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[A PRIMERA VISTA]]></category>
		<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
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<p>A medida que avanzo entre sus páginas, los sentimientos no solo aparecen, se imponen. Como lectores solemos implicarnos en las historias, sí, pero aquí ocurre algo distinto. Hotel Universal, que transita entre lo real y la ficción, no me invita a imaginar, me obliga a recordar. Me devuelve a escenas de mi vida, a conversaciones [&#8230;]</p>
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<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph">A medida que avanzo entre sus páginas, los sentimientos no solo aparecen, se imponen. Como lectores solemos implicarnos en las historias, sí, pero aquí ocurre algo distinto. <em>Hotel Universal</em>, que transita entre lo real y la ficción, no me invita a imaginar, me obliga a recordar. Me devuelve a escenas de mi vida, a conversaciones olvidadas, a una figura que lo atraviesa todo: mi abuelo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi querido abuelo Tony Mora encarna, de algún modo, ese mundo que Llinàs retrata. Un mallorquín que vivió el boom turístico (sin enriquecerse con él, eso sí), pero conviviendo con sus luces y sus grietas. Vio cómo ese turismo se filtraba en las tradiciones, cómo transformaba la isla desde dentro, desde lo más cavernario hasta lo más moderno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Leer esta novela ha sido reencontrarme con olores, con paseos a su lado, con aquellas matanzas en la finca de Sa Bassa Plana. Fueron años felices para él, y esa felicidad —callada, cotidiana— era contagiosa. Llinàs captura algo que muchos reconocemos, pertenezco a una de esas últimas generaciones en las que los niños seguían a los adultos. Observábamos, imitábamos, aprendíamos. Éramos pequeñas versiones de mallorquines que crecerían, sin darse cuenta, en una isla cada vez más atravesada por el turismo.</p>



<figure class="wp-block-image alignleft size-full is-resized"><img decoding="async" width="674" height="1000" src="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/25160223/El-hotel-donde-aun-vive-mi-abuelo-1.jpeg" alt="Portada del libro Hotel Universal de Joan Llinàs en un ambiente veraniego" class="wp-image-68834" style="width:448px;height:auto" title="El hotel donde aún vive mi abuelo 2" srcset="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/25160223/El-hotel-donde-aun-vive-mi-abuelo-1.jpeg 674w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/25160223/El-hotel-donde-aun-vive-mi-abuelo-1-202x300.jpeg 202w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/25160223/El-hotel-donde-aun-vive-mi-abuelo-1-404x600.jpeg 404w" sizes="(max-width: 674px) 100vw, 674px" /><figcaption class="wp-element-caption">Portada del libro Hotel Universal, una obra de Joan Llinàs.</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Hotel Universal</em> no juzga ni idealiza. Y ahí está parte de su acierto. Llinàs escribe desde dentro —hijo y nieto de hoteleros, criado en las tripas de ese mundo—, pero evita el panfleto. No hay nostalgia impostada ni crítica fácil. Hay memoria. Y una mirada que entiende que el pasado no se puede arreglar, pero sí recordar con honestidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el hotel no es solo un escenario. Es un símbolo. Una forma de mirar Mallorca antes de que todo cambiara —o mientras cambiaba sin que nadie terminara de darse cuenta—. En sus mesas, entre desayunos y cigarrillos, se cruzan generaciones, decisiones, silencios. Y en ese cruce, muchos reconocemos algo propio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como cuando Jaume de l’Universal conversa con sus amigos hoteleros, apoyado en la mesa, con el tiempo detenido en un gesto. Ahí también está mi abuelo. Rodeado de los suyos, hablando de negocios, de la vida, de sus nietos. Aquella generación que, sentada a la mesa, parecía disfrutar más viendo crecer a los que veníamos detrás que de cualquier éxito propio. Una sonrisa cómplice. Un suspiro que, por un instante, los devolvía al pasado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cortar rebanadas de pan moreno, una<em> xua</em> en el fuego, extender la sobrasada con los dedos mientras los grillos del verano suenan fuera. No es literatura, es parte de mi historia y mi memoria junto a mi abuelo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta lectura me ha hecho añorar tiempos pasados. Pero, sobre todo, me ha regalado la posibilidad de volver a ellos. Para quienes aún no han descubierto esta obra de este profesor de filosofía mallorquín, solo puedo recomendar que se acerquen a una librería. Leerla en catalán/mallorquín ha sido, además, un pequeño regreso a esos círculos cerrados donde nuestra cultura brillaba con una luz propia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Salgo de esta nueva edición del club de lectura sin respuestas sobre el futuro turístico de la isla. Tampoco las buscaba. Salgo con algo más valioso, la sensación de haber vuelto a sentarme con mi abuelo. Y eso, para mí, ya lo justifica todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gracias, Joan. Nos vemos en el siguiente texto: <em>Casos reales</em>, de Yasmina Reza.</p>
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		<title>La señora Dalloway y el arte de sonreír después de la guerra</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rafa Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Mar 2026 15:26:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[A PRIMERA VISTA]]></category>
		<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
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<p>Hay libros que uno lee con entusiasmo. Otros que se devoran. Y luego están los que se recorren con la sensación de estar paseando por una casa muy elegante donde, sin embargo, no acaba de sentirse cómodo. La señora Dalloway pertenece, al menos para mí, a esta última categoría. La novela de Virginia Woolf, publicada [&#8230;]</p>
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<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph">Hay libros que uno lee con entusiasmo. Otros que se devoran. Y luego están los que se recorren con la sensación de estar paseando por una casa muy elegante donde, sin embargo, no acaba de sentirse cómodo. <em>La señora Dalloway</em> pertenece, al menos para mí, a esta última categoría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La novela de <strong>Virginia Woolf</strong>, publicada en 1925, tiene algo de esas grandes ficciones británicas de época que hoy triunfan en las plataformas. Mientras la leía, no podía evitar acordarme de ese universo donde la etiqueta lo es todo, donde una invitación a una fiesta puede decir más que una confesión y donde los apellidos pesan tanto como las personas. Un mundo que, con otro envoltorio, vemos hoy en series como <strong>Downton Abbey</strong> o <strong>Bridgerton</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En <em>Mrs Dalloway o la Señora Dalloway </em>todo gira alrededor de algo aparentemente trivial: Clarissa Dalloway prepara una fiesta en su casa de Londres. La acción de la novela ocupa apenas un día. Un día entero dedicado a pasear por la ciudad, a recordar, a pensar, a preguntarse qué fue de la vida que uno imaginó cuando era joven. Y, claro, a organizar esa fiesta que debe salir perfecta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La perfección, en este mundo, es una cuestión muy seria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las flores, la conversación, los invitados adecuados, el saludo correcto, el gesto preciso. Todo importa. Todo está medido. Todo responde a un código social tan rígido que casi parece coreografiado.</p>



<figure data-wp-context="{&quot;imageId&quot;:&quot;6a46710568f46&quot;}" data-wp-interactive="core/image" data-wp-key="6a46710568f46" class="wp-block-image alignleft size-full is-resized wp-lightbox-container"><img decoding="async" width="398" height="624" data-wp-class--hide="state.isContentHidden" data-wp-class--show="state.isContentVisible" data-wp-init="callbacks.setButtonStyles" data-wp-on--click="actions.showLightbox" data-wp-on--load="callbacks.setButtonStyles" data-wp-on--pointerdown="actions.preloadImage" data-wp-on--pointerenter="actions.preloadImageWithDelay" data-wp-on--pointerleave="actions.cancelPreload" data-wp-on-window--resize="callbacks.setButtonStyles" src="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/10162058/La-senora-Dalloway-y-el-arte-de-sonreir-despues-de-la-guerra-1.jpeg" alt="Portada del libro La señora Dalloway de Virginia Woolf con ilustración colorida." class="wp-image-68448" style="width:331px;height:auto" title="La señora Dalloway y el arte de sonreír después de la guerra 3" srcset="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/10162058/La-senora-Dalloway-y-el-arte-de-sonreir-despues-de-la-guerra-1.jpeg 398w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/10162058/La-senora-Dalloway-y-el-arte-de-sonreir-despues-de-la-guerra-1-191x300.jpeg 191w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/10162058/La-senora-Dalloway-y-el-arte-de-sonreir-despues-de-la-guerra-1-383x600.jpeg 383w" sizes="(max-width: 398px) 100vw, 398px" /><button
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		</button><figcaption class="wp-element-caption">Portada del libro La señora Dalloway, una obra icónica de Virginia Woolf.</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Woolf no está interesada en la fiesta. Ni siquiera en Clarissa. Lo que realmente le interesa es <strong>lo que ocurre dentro de las cabezas</strong>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La novela avanza a través de pensamientos que se encadenan, recuerdos que aparecen sin avisar y reflexiones que saltan de un personaje a otro. No hay una gran trama, ni giros dramáticos, ni escenas memorables en el sentido clásico. Hay, más bien, una especie de corriente continua de conciencia, una mirada constante hacia dentro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí es donde la novela revela algo incómodo. Bajo esa sociedad tan pulcra y educada hay una enorme fragilidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Personas que dudan de las decisiones que tomaron hace décadas. Matrimonios que funcionan por pura inercia. Recuerdos que regresan cuando menos conviene. Y un mundo que intenta seguir adelante tras la Primera Guerra Mundial como si nada hubiera pasado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso <em>La señora Dalloway</em> me ha dejado una sensación extraña. Es una novela elegante, inteligente y llena de hallazgos literarios. Pero también es una lectura que exige paciencia, incluso cierta rendición ante su ritmo lento y su forma de contar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las series actuales de época —con sus bailes, sus escándalos y sus romances— tienden a recrearse en el brillo de ese mundo de etiqueta. Woolf, en cambio, parece mucho más interesada en desmontarlo. En mostrar que detrás del saludo perfecto puede esconderse una vida llena de dudas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La fiesta, al final, se celebra. Los invitados llegan. Las conversaciones fluyen. Todo parece exactamente como debe ser.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, sin embargo, uno tiene la sensación de que, mientras suenan las risas y las copas tintinean, cada personaje sigue escuchando el mismo ruido de fondo: el de sus propios pensamientos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como la niebla matinal mezclándose con el humo de las fábricas sobre el Támesis, salimos de este Londres de las apariencias y algo melancólico. El mes que viene nos veremos las caras con <em>Hotel Universal</em>, de Joan Llinàs.</p>
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		<title>Olvidado mes de enero</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rafa Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 04 Feb 2026 07:15:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[A PRIMERA VISTA]]></category>
		<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
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<p>Buenas de nuevo, queridos lectores. Enero no ha sido un mes fácil. De esos que se te atragantan sin previo aviso y que no tienen nada que ver con la cuesta de las compras navideñas ni con los propósitos de año nuevo que duran lo que dura un café. Ha sido un enero complicado a [&#8230;]</p>
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<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph">Buenas de nuevo, queridos lectores. Enero no ha sido un mes fácil. De esos que se te atragantan sin previo aviso y que no tienen nada que ver con la cuesta de las compras navideñas ni con los propósitos de año nuevo que duran lo que dura un café.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ha sido un enero complicado a nivel personal. Cuesta arriba. Muy cuesta arriba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde el pasado 12 de enero, un día después de cumplir 35 años —bonita forma de estrenar edad—, estoy de baja por una fístula situada en la parte trasera del cerebro, junto al oído. Dicho así suena técnico, casi aséptico. Vivido desde dentro, no tanto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Han sido semanas de altibajos, de días buenos que prometen y días malos que te devuelven a la casilla de salida. Momentos de desánimo, de miedo y de esa desesperanza silenciosa que aparece cuando el cuerpo decide marcar el ritmo y tú solo puedes seguirlo como buenamente puedes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los médicos dicen que no es una operación complicada. Y seguramente tengan razón. Pero cuando a uno le hablan de tocar el cerebro, por muy tranquilizador que sea el tono, algo se encoge por dentro. Lo aceptas con serenidad hacia fuera, pero en el fondo todo parece frágil, provisional, incluso el tiempo que te queda por delante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con esta mochila a la espalda, concentrarme en la lectura del mes no ha sido sencillo. Aun así, quise evadirme de la realidad de la forma más básica —y eficaz— que conozco: leyendo. Y ahí estaba el reto de enero. <em>Olvidado Rey Gudú</em>. Menuda empresa.</p>



<figure class="wp-block-image alignright size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="590" height="1000" src="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/02/04080932/Olvidado-Rey-Gudu.jpeg" alt="Portada del libro Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute" class="wp-image-67396" style="width:359px;height:auto" title="Olvidado mes de enero 4" srcset="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/02/04080932/Olvidado-Rey-Gudu.jpeg 590w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/02/04080932/Olvidado-Rey-Gudu-177x300.jpeg 177w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/02/04080932/Olvidado-Rey-Gudu-354x600.jpeg 354w" sizes="(max-width: 590px) 100vw, 590px" /><figcaption class="wp-element-caption">Portada del libro Olvidado Rey Gudú, una obra de Ana María Matute.</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">El club de lectura había propuesto una de las grandes obras de Ana María Matute y, aunque llegué a ella con la mente dispersa, lo hice sin prejuicios. No voy a criticar la obra —no se me ocurriría— ni jugar a juez literario cuando hablamos de una de las autoras más importantes de nuestra historia. Prefiero hablar de lo que me ha hecho sentir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No conocía esta novela, así que entré como un folio en blanco. Por la contraportada, confieso que imaginé algo así como un <em>Juego de tronos</em> a la española, con ecos de épica, intrigas y espadas. La realidad fue distinta, aunque no peor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al principio me desconcertó. No era lo que esperaba. Pero poco a poco me atrapó. La prosa de Matute es sencillamente bellísima. Leerla es un placer en sí mismo, incluso cuando la historia se vuelve densa o se detiene más de lo que uno desearía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los orígenes de Gudú, sus antepasados, ese mundo lleno de silencios, traiciones y ambiciones, prometían un desarrollo poderoso. Y ahí apareció, para mí, la verdadera protagonista de la novela: Ardid. Si el libro se hubiera titulado <em>La reina Ardid</em>, no me habría sorprendido. Inteligente, herida, movida por una venganza muy medieval, es el motor invisible de la historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero claro, está el amor. Y Matute parece tenerlo claro: donde hay amor no hay poder, y donde hay poder no hay amor. A partir de ahí todo se tuerce.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre referencias que recuerdan a Alejandro Magno, al rey Arturo y a tantas historias universales, Ardid avanza por los pasadizos de la vida hasta forjar su venganza definitiva: Gudú. Un príncipe destinado a ser héroe de epopeya, de película, de leyenda… que acaba convertido en un tirano sin compasión. Porque arrancar el amor de una persona no suele traer nada bueno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La lucha de Ardid por reconducir a Gudú, el ansia de eternidad del rey, la obsesión por la gloria y el olvido del afecto empujan a los personajes hacia un final trágico que el propio título ya anuncia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La lectura ha sido una montaña rusa. Momentos hipnóticos, bellísimos, casi musicales; otros más espesos, difusos, donde el relato parece diluirse. Pero eso también tiene que ver con los gustos de cada uno… y con el estado de ánimo desde el que se lee.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Termino el libro con un cúmulo de sensaciones difíciles de ordenar. Seguramente influidas por mi propio momento vital. Aun así, puedo decir que es una obra única, una novela medieval que debería leerse —y estudiarse— más. Porque aunque a veces se haga larga, la escritura de Matute te obliga a seguir, a mirar una línea más, a conocer un poco mejor el reino de Olar y a sus habitantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me voy con sensaciones muy positivas y con la certeza de que algún día volveré a este mundo para reencontrarme con sus personajes. Especialmente con uno que, sin hacer ruido, me robó el corazón: el Trasgo del Sur.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta más ver, queridos amigos. Nos vemos pronto con la próxima lectura, <em>La señora Dalloway</em>. Y adiós, olvidado mes de enero. Ojalá febrero, pese al gran desafío que trae consigo, sea solo eso: un bache más en el camino.</p>
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		<title>El moderno Prometeo de Shelley sigue siendo el más humano de la sala</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rafa Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 05 Jan 2026 14:23:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[A PRIMERA VISTA]]></category>
		<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
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<p>Hay libros que uno cree haber leído y libros que, en realidad, solo ha atravesado por la superficie. Frankenstein pertenece claramente al segundo grupo. Esta vez, además, el calendario del club de lectura me obligaba a reencontrarme con uno de mis personajes “ficticios” favoritos. Y lo confieso, he vuelto a quedar tocado por su magia [&#8230;]</p>
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<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph">Hay libros que uno cree haber leído y libros que, en realidad, solo ha atravesado por la superficie. <strong>Frankenstein</strong> pertenece claramente al <a href="https://lasiestamagazine.mallorcadiario.com/social/eventos/un-dia-en-la-feria-del-libro-de-palma/" target="_blank" data-type="post" data-id="32407" rel="noreferrer noopener">segundo grupo</a>. Esta vez, además, el calendario del club de lectura me obligaba a reencontrarme con uno de mis personajes “ficticios” favoritos. Y lo confieso, he vuelto a quedar tocado por su magia electrizante. </p>



<p class="wp-block-paragraph">La coincidencia con el estreno de la nueva adaptación de <em>Frankenstein</em> ha ayudado a completar el experimento. Libro primero, pantalla después. El resultado fue tan inquietante como previsible: no hemos domesticado al monstruo. Es él quien sigue observándonos, juzgándonos y señalando nuestras costuras morales.</p>



<figure class="wp-block-image alignleft size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="348" height="522" src="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/05161638/El-moderno-Prometeo-de-Shelley-.jpg" alt="Portada del libro Frankenstein de Mary Shelley con un paisaje helado" class="wp-image-66691" style="width:251px;height:auto" title="El moderno Prometeo de Shelley sigue siendo el más humano de la sala 5" srcset="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/05161638/El-moderno-Prometeo-de-Shelley-.jpg 348w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/05161638/El-moderno-Prometeo-de-Shelley--200x300.jpg 200w" sizes="(max-width: 348px) 100vw, 348px" /><figcaption class="wp-element-caption">Portada de Frankenstein, una obra maestra de la literatura.</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Releer a <strong>Mary Shelley</strong> en 2026 no es un ejercicio de nostalgia literaria, sino una auténtica autopsia contemporánea. Porque <em>Frankenstein</em> no es una novela de terror, ni siquiera una historia de ciencia ficción en el sentido más convencional. Es un juicio a una sociedad que, pese a los avances y los distintos maquillajes modernos, en el fondo no parece haber cambiado gran cosa. Seguimos cometiendo los mismos errores. Una sentencia que no admite apelación y que, sin embargo, parece no provocar ninguna reacción en unas mentes cada vez más atrofiadas y cómodamente adormecidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Shelley escribió la obra con apenas 18 años, un dato que sigue provocando vértigo. No tanto por la precocidad como por la lucidez. Mientras el romanticismo idealizaba la naturaleza y la Ilustración prometía un progreso sin frenos, ella formuló una pregunta incómoda que seguimos esquivando dos siglos después: ¿qué ocurre cuando creamos algo que no sabemos —o no queremos— amar?</p>



<p class="wp-block-paragraph">La criatura de <em>Frankenstein</em>, esa que el cine ha maniqueado durante décadas y convertido en un amasijo de gruñidos, tornillos y pasos torpes, es en la novela el personaje más consciente de su tragedia. Aprende, lee, reflexiona, se compara con los hombres y pide compañía. No reclama poder ni venganza, reclama afecto, ofrecer un significado a su existencia. Y lo único que recibe es miedo. El verdadero monstruo, una vez más, no es el cuerpo cosido, sino el creador que huye cuando su obra deja de resultarle estéticamente aceptable o no cumple sus expectativas irreales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ver después la película resulta casi inevitablemente revelador. No tanto por lo que añade, sino por lo que obliga a contrastar. El cine, incluso cuando se esfuerza por ser fiel, tiende a simplificar. La novela, en cambio, incomoda. Donde la pantalla busca ritmo, Shelley introduce la culpa. Donde el audiovisual necesita espectáculo, el texto exige responsabilidad.</p>



<figure class="wp-block-image alignright size-large is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="691" height="1024" src="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/05161954/Frankenstein-2025-691x1024.jpg" alt="Póster de la adaptación de Frankenstein por Guillermo del Toro" class="wp-image-66693" style="width:282px;height:auto" title="El moderno Prometeo de Shelley sigue siendo el más humano de la sala 6" srcset="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/05161954/Frankenstein-2025-691x1024.jpg 691w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/05161954/Frankenstein-2025-203x300.jpg 203w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/05161954/Frankenstein-2025-405x600.jpg 405w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/05161954/Frankenstein-2025-768x1138.jpg 768w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/05161954/Frankenstein-2025.jpg 864w" sizes="(max-width: 691px) 100vw, 691px" /><figcaption class="wp-element-caption">Póster de la nueva adaptación de Frankenstein dirigida por Guillermo del Toro.</figcaption></figure>



<p class="wp-block-paragraph">La experiencia combinada —lectura compartida y visionado posterior— deja una conclusión clara: <em>Frankenstein</em> funciona mejor como espejo que como mito. Leído hoy, Victor Frankenstein se parece menos a un científico loco y más a un perfil perfectamente reconocible. De esos brillantes, ambiciosos, cegados por su propio talento y profundamente incapaces de asumir las consecuencias de sus actos. El problema no es crear vida, sino desentenderse de ella o lanzar balones fuera como si nada tuviera que ver con uno mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso <em>Frankenstein</em> no envejece. Porque no habla de electricidad ni de cadáveres reanimados, sino de abandono, de soberbia y de esa tentación tan humana de avanzar sin mirar atrás. Shelley no imaginó el futuro, nos retrató. Y cada relectura —club de lectura mediante o no— confirma que seguimos siendo una especie extraordinariamente hábil para fabricar monstruos y sorprendentemente torpe para responsabilizarnos de ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Netflix pasará, las adaptaciones se acumularán y el mito seguirá mutando. Pero la novela permanecerá donde siempre ha estado: señalándonos con el dedo y preguntándonos, con una calma inquietante, si de verdad hemos aprendido algo desde 1818.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cierro de nuevo <em>Frankenstein</em> y cambio de paisaje. El próximo viaje literario me lleva a <strong>Olvidado Rey Gudú</strong>, de <strong>Ana María Matute</strong>. Para quienes sentimos debilidad por el mundo medieval, esta novela promete ser el digestivo perfecto para bajar las comidas y cenas de estas fiestas. Nos leemos en la próxima columna, amantes de los libros.</p>
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		<title>Retrato de una lectura que incomoda</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rafa Gil]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Nov 2025 21:50:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[A PRIMERA VISTA]]></category>
		<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
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<p>Al igual que con esta columna doy inicio a mi implicación en esta sección, este otoño también estrené mi andadura en los famosos clubes de lectura. Todo empezó con El gran Gatsby, un libro de uno de mis autores favoritos, el enorme Scott Fitzgerald. Y debo reconocer que me lancé a este encuentro entre lectores [&#8230;]</p>
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<p class="has-drop-cap wp-block-paragraph">Al igual que con esta columna doy inicio a mi implicación en esta sección, este otoño también estrené mi andadura en los famosos clubes de lectura. Todo empezó con <em>El gran Gatsby</em>, un libro de uno de mis autores favoritos, el enorme Scott Fitzgerald. Y debo reconocer que me lancé a este encuentro entre lectores por pura necesidad: encontrar un lugar donde conversar sobre una de mis pasiones con otros apasionados, en un círculo íntimo, casi ritual. También buscaba nuevas lecturas que ampliaran mis horizontes, a menudo estrechados por la vorágine periodística. Lo admito sin rubor: soy un comprador compulsivo de los volúmenes de <em>Libros del KO</em>, esos que encuadernan las historias de otros compañeros de oficio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estaba nervioso, como un niño a las puertas de un nuevo curso. No sabía qué me iba a encontrar y esa incertidumbre me producía una mezcla deliciosa de adrenalina y piel de gallina, como la gota fría que baja por la columna sin aviso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera sesión no deparó grandes sorpresas. Conocía la obra de Fitzgerald al dedillo y fue un placer escuchar otros puntos de vista sobre una novela tan colosal. La verdadera sorpresa llegó con el segundo encuentro: <em>Retrato de casada</em>, de Maggie O’Farrell.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante noviembre tuve que rascar tiempo entre las obligaciones familiares, laborales y sociales para sumergirme en esta novela ambientada en la Italia del Renacimiento, cuando Italia todavía no era Italia y el poder se repartía entre dinastías como los Médici o los Este de Ferrara. Hay libros que te sacuden no por lo que cuentan, sino por lo que te obligan a mirar. Este fue uno de ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sabía absolutamente nada de la novela. Y eso, para mí, ha sido un regalo. No es un libro cómodo ni sencillo, salvo que te enamore la literatura descriptiva —mi debilidad confesa, la misma que intento trasladar a mis textos periodísticos—. Para mí no hay nada como sentir que estás presente en la escena, respirando el mismo aire que los personajes.</p>



<figure class="wp-block-image alignleft size-large is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="676" height="1024" src="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/11/28234520/el-retrato-de-casada-maggie-ofarrell-frontal-676x1024.jpg" alt="Retrato de casada" class="wp-image-66004" style="width:486px;height:auto" title="Retrato de una lectura que incomoda 7" srcset="https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/11/28234520/el-retrato-de-casada-maggie-ofarrell-frontal-676x1024.jpg 676w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/11/28234520/el-retrato-de-casada-maggie-ofarrell-frontal-198x300.jpg 198w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/11/28234520/el-retrato-de-casada-maggie-ofarrell-frontal-396x600.jpg 396w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/11/28234520/el-retrato-de-casada-maggie-ofarrell-frontal-768x1163.jpg 768w, https://almacenfotos.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/11/28234520/el-retrato-de-casada-maggie-ofarrell-frontal.jpg 845w" sizes="(max-width: 676px) 100vw, 676px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Retrato de casada</em> es uno de esos libros que se leen con el estómago en tensión, como si cada página recordara que la Historia —así, con mayúscula solemne— ha sido durante siglos un relato escrito desde un mismo lugar: el de los vencedores, casi siempre hombres. Lo que queda fuera se desvanece. Lo que no se cuenta, muere o se deforma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">O’Farrell rescata la figura de <strong>Lucrezia de Médici</strong>, esa joven duquesa que apenas ocupa un pie de página en los manuales, y le regala algo que nunca tuvo: voz. Una adolescente casada a los 15 años, enviada a una corte que la mira, la examina y la juzga; un lugar donde la fertilidad es política y el silencio, una disciplina femenina obligatoria. Y mientras leemos, algo inquietante se instala en nosotros: ¿de verdad esto era el Renacimiento… o es simplemente patriarcado envuelto en brocado?</p>



<p class="wp-block-paragraph">La novela se vende como ficción histórica, pero funciona como un espejo. Un espejo incómodo. La opresión que rodea a Lucrezia —esa vigilancia constante, esas expectativas imposibles, ese deber de “agradar”— resuena demasiado cerca. No vivimos en palacios, pero seguimos rodeados de mujeres juzgadas por su cuerpo, su carácter, su maternidad, su “adecuación” al papel asignado. Y en esa continuidad está la trampa: creemos haber avanzado más de lo que realmente hemos avanzado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">O’Farrell escribe con una belleza feroz, una prosa que acaricia mientras muestra los dientes. Y despliega una estrategia de vértigo: desde la primera página sabemos que el destino de Lucrezia está marcado, que no es un cuento de Disney. Se dirige al desastre y, aun así, seguimos leyendo, hipnotizados, porque la autora no nos permite escapar de la pregunta central: <strong>¿cuánto vale la vida de una mujer cuando su único valor es lo que representa para otros?.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El vacío histórico real en torno a Lucrezia permite a O’Farrell escribir sobre un folio casi en blanco. Y en ese espacio reconstruye una opresión que sigue existiendo, en distintas formas, pero con la misma raíz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá lo más poderoso del libro es el propio retrato. Esa pintura donde Lucrezia aparece dócil, perfecta, eterna a los ojos de su marido. Un cuadro destinado a sobrevivir siglos mientras la mujer real se apagaba en silencio. Y ahí, lo confieso, O’Farrell me derribó: ¿cuántas vidas siguen hoy reducidas a un retrato? ¿Cuántas mujeres se ven obligadas a convertirse en “versiones aceptables” de sí mismas para sobrevivir?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Leo <em>Retrato de casada</em> y me indigno por lo que —supuestamente— vivió Lucrezia. Pero lo honesto es admitir que seguimos replicando, con menos veneno y más hashtags, las mismas dinámicas. Cambian los decorados, no la esencia. Y la esencia todavía debería avergonzarnos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso la novela funciona tan bien: no revive solo una historia perdida del pasado, sino un mecanismo que sigue vivo. O’Farrell no escribe para recrear el Renacimiento. Escribe para incomodarnos, para obligarnos a mirar la jaula —como ejemplifica al describir la llegada de Lucrezia a <em>La Delizia</em>— en la que tantas mujeres han vivido y siguen viviendo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi único “pero”, como ya confesé en mi querido club de lectura, es el final. Adoré la novela palabra por palabra, pero ese cierre abierto que trata de ofrecer un final feliz no terminó de conquistarme. Aun así, ahí está una de las virtudes de la literatura: la sorpresa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora toca una nueva aventura. Dejo atrás a Lucrezia de Médici y, de la mano de Mary Shelley, me adentro hacia su monstruo inmortal. Os espero en la próxima lectura.</p>
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		<title>El 23-F (Cuéntame)</title>
		<link>https://lasiestamagazine.mallorcadiario.com/panorama/el-23-f-cuentame/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[J. Fernández Ortega]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 23 Feb 2021 16:36:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[A PRIMERA VISTA]]></category>
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<p>Era un lunes cualquiera y jugaba con mis Click de Famobil después del colegio, mi madre andaba nerviosa porque mi padre había ido a una reunión del sindicato cerca del congreso, estaba haciéndose tarde y no regresaba. En la tele del salón, aún en blanco y negro, unos señores de uniforme rondaban por el congreso [&#8230;]</p>
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<p><span class="dropcap dropcap3" style="color: #d01541;">E</span>ra un lunes cualquiera y jugaba con mis Click de Famobil después del colegio, mi madre andaba nerviosa porque mi padre había ido a una reunión del sindicato cerca del congreso, estaba haciéndose tarde y no regresaba. En la tele del salón, aún en blanco y negro, unos señores de uniforme rondaban por el congreso como si fuera Juanito calentando en la banda, de un lado para otro.</p>
<p>Mi tío, el hermano pequeño de mi madre, llamó por teléfono informando sobre lo que ocurría en el centro de Madrid. «Deshazte de todos los documentos que os pudieran involucrar con el partido socialista popular (PSP) de Tierno Galván», me comentó mi madre que había dicho.</p>
<p>En la calle se oía mucho ruido de camiones, cerca de casa teníamos un cuartel donde algunos legionarios estaban de maniobras, no le dí importancia, solo tenia 6 años. Los coches de policía de Starsky y Hutch en miniatura, con su raya blanca lateral,  habían sido los sustitutos de los famosos muñecos sin codos.</p>
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