El moderno Prometeo de Shelley sigue siendo el más humano de la sala

Personaje de Frankenstein en una escena de la nueva adaptación cinematográfica

Hay libros que uno cree haber leído y libros que, en realidad, solo ha atravesado por la superficie. Frankenstein pertenece claramente al segundo grupo. Esta vez, además, el calendario del club de lectura me obligaba a reencontrarme con uno de mis personajes “ficticios” favoritos. Y lo confieso, he vuelto a quedar tocado por su magia electrizante. 

La coincidencia con el estreno de la nueva adaptación de Frankenstein ha ayudado a completar el experimento. Libro primero, pantalla después. El resultado fue tan inquietante como previsible: no hemos domesticado al monstruo. Es él quien sigue observándonos, juzgándonos y señalando nuestras costuras morales.

Portada del libro Frankenstein de Mary Shelley con un paisaje helado
Portada de Frankenstein, una obra maestra de la literatura.

Releer a Mary Shelley en 2026 no es un ejercicio de nostalgia literaria, sino una auténtica autopsia contemporánea. Porque Frankenstein no es una novela de terror, ni siquiera una historia de ciencia ficción en el sentido más convencional. Es un juicio a una sociedad que, pese a los avances y los distintos maquillajes modernos, en el fondo no parece haber cambiado gran cosa. Seguimos cometiendo los mismos errores. Una sentencia que no admite apelación y que, sin embargo, parece no provocar ninguna reacción en unas mentes cada vez más atrofiadas y cómodamente adormecidas.

Shelley escribió la obra con apenas 18 años, un dato que sigue provocando vértigo. No tanto por la precocidad como por la lucidez. Mientras el romanticismo idealizaba la naturaleza y la Ilustración prometía un progreso sin frenos, ella formuló una pregunta incómoda que seguimos esquivando dos siglos después: ¿qué ocurre cuando creamos algo que no sabemos —o no queremos— amar?

La criatura de Frankenstein, esa que el cine ha maniqueado durante décadas y convertido en un amasijo de gruñidos, tornillos y pasos torpes, es en la novela el personaje más consciente de su tragedia. Aprende, lee, reflexiona, se compara con los hombres y pide compañía. No reclama poder ni venganza, reclama afecto, ofrecer un significado a su existencia. Y lo único que recibe es miedo. El verdadero monstruo, una vez más, no es el cuerpo cosido, sino el creador que huye cuando su obra deja de resultarle estéticamente aceptable o no cumple sus expectativas irreales.

Ver después la película resulta casi inevitablemente revelador. No tanto por lo que añade, sino por lo que obliga a contrastar. El cine, incluso cuando se esfuerza por ser fiel, tiende a simplificar. La novela, en cambio, incomoda. Donde la pantalla busca ritmo, Shelley introduce la culpa. Donde el audiovisual necesita espectáculo, el texto exige responsabilidad.

Póster de la adaptación de Frankenstein por Guillermo del Toro
Póster de la nueva adaptación de Frankenstein dirigida por Guillermo del Toro.

La experiencia combinada —lectura compartida y visionado posterior— deja una conclusión clara: Frankenstein funciona mejor como espejo que como mito. Leído hoy, Victor Frankenstein se parece menos a un científico loco y más a un perfil perfectamente reconocible. De esos brillantes, ambiciosos, cegados por su propio talento y profundamente incapaces de asumir las consecuencias de sus actos. El problema no es crear vida, sino desentenderse de ella o lanzar balones fuera como si nada tuviera que ver con uno mismo.

Quizá por eso Frankenstein no envejece. Porque no habla de electricidad ni de cadáveres reanimados, sino de abandono, de soberbia y de esa tentación tan humana de avanzar sin mirar atrás. Shelley no imaginó el futuro, nos retrató. Y cada relectura —club de lectura mediante o no— confirma que seguimos siendo una especie extraordinariamente hábil para fabricar monstruos y sorprendentemente torpe para responsabilizarnos de ellos.

Netflix pasará, las adaptaciones se acumularán y el mito seguirá mutando. Pero la novela permanecerá donde siempre ha estado: señalándonos con el dedo y preguntándonos, con una calma inquietante, si de verdad hemos aprendido algo desde 1818.

Cierro de nuevo Frankenstein y cambio de paisaje. El próximo viaje literario me lleva a Olvidado Rey Gudú, de Ana María Matute. Para quienes sentimos debilidad por el mundo medieval, esta novela promete ser el digestivo perfecto para bajar las comidas y cenas de estas fiestas. Nos leemos en la próxima columna, amantes de los libros.