El hotel donde aún vive mi abuelo

Un niño pequeño en brazos de un hombre en una piscina

A medida que avanzo entre sus páginas, los sentimientos no solo aparecen, se imponen. Como lectores solemos implicarnos en las historias, sí, pero aquí ocurre algo distinto. Hotel Universal, que transita entre lo real y la ficción, no me invita a imaginar, me obliga a recordar. Me devuelve a escenas de mi vida, a conversaciones olvidadas, a una figura que lo atraviesa todo: mi abuelo.

Mi querido abuelo Tony Mora encarna, de algún modo, ese mundo que Llinàs retrata. Un mallorquín que vivió el boom turístico (sin enriquecerse con él, eso sí), pero conviviendo con sus luces y sus grietas. Vio cómo ese turismo se filtraba en las tradiciones, cómo transformaba la isla desde dentro, desde lo más cavernario hasta lo más moderno.

Leer esta novela ha sido reencontrarme con olores, con paseos a su lado, con aquellas matanzas en la finca de Sa Bassa Plana. Fueron años felices para él, y esa felicidad —callada, cotidiana— era contagiosa. Llinàs captura algo que muchos reconocemos, pertenezco a una de esas últimas generaciones en las que los niños seguían a los adultos. Observábamos, imitábamos, aprendíamos. Éramos pequeñas versiones de mallorquines que crecerían, sin darse cuenta, en una isla cada vez más atravesada por el turismo.

Portada del libro Hotel Universal de Joan Llinàs en un ambiente veraniego
Portada del libro Hotel Universal, una obra de Joan Llinàs.

Hotel Universal no juzga ni idealiza. Y ahí está parte de su acierto. Llinàs escribe desde dentro —hijo y nieto de hoteleros, criado en las tripas de ese mundo—, pero evita el panfleto. No hay nostalgia impostada ni crítica fácil. Hay memoria. Y una mirada que entiende que el pasado no se puede arreglar, pero sí recordar con honestidad.

Porque el hotel no es solo un escenario. Es un símbolo. Una forma de mirar Mallorca antes de que todo cambiara —o mientras cambiaba sin que nadie terminara de darse cuenta—. En sus mesas, entre desayunos y cigarrillos, se cruzan generaciones, decisiones, silencios. Y en ese cruce, muchos reconocemos algo propio.

Como cuando Jaume de l’Universal conversa con sus amigos hoteleros, apoyado en la mesa, con el tiempo detenido en un gesto. Ahí también está mi abuelo. Rodeado de los suyos, hablando de negocios, de la vida, de sus nietos. Aquella generación que, sentada a la mesa, parecía disfrutar más viendo crecer a los que veníamos detrás que de cualquier éxito propio. Una sonrisa cómplice. Un suspiro que, por un instante, los devolvía al pasado.

Cortar rebanadas de pan moreno, una xua en el fuego, extender la sobrasada con los dedos mientras los grillos del verano suenan fuera. No es literatura, es parte de mi historia y mi memoria junto a mi abuelo.

Esta lectura me ha hecho añorar tiempos pasados. Pero, sobre todo, me ha regalado la posibilidad de volver a ellos. Para quienes aún no han descubierto esta obra de este profesor de filosofía mallorquín, solo puedo recomendar que se acerquen a una librería. Leerla en catalán/mallorquín ha sido, además, un pequeño regreso a esos círculos cerrados donde nuestra cultura brillaba con una luz propia.

Salgo de esta nueva edición del club de lectura sin respuestas sobre el futuro turístico de la isla. Tampoco las buscaba. Salgo con algo más valioso, la sensación de haber vuelto a sentarme con mi abuelo. Y eso, para mí, ya lo justifica todo.

Gracias, Joan. Nos vemos en el siguiente texto: Casos reales, de Yasmina Reza.