El jazz cumple quince años como patrimonio diplomático de la UNESCO y sigue sin saber muy bien qué hacer con esa etiqueta

La UNESCO proclamó en 2011 el 30 de abril como Día Internacional del Jazz a propuesta de Herbie Hancock. Quince años después, la fecha funciona menos como conmemoración histórica que como prueba de que un género nacido en los burdeles de Nueva Orleans terminó convertido en herramienta diplomática. Una paradoja que el propio jazz no ha resuelto.
Grupo de músicos de jazz en Nueva Orleans en el siglo XIX

El jazz nació en los burdeles, los funerales y los bares portuarios de Nueva Orleans a finales del siglo XIX, y un siglo después acabó proclamado por una agencia de Naciones Unidas como vehículo de paz, diálogo intercultural y libertad de expresión. La distancia entre las dos cosas explica por qué el Día Internacional del Jazz, que se celebra cada 30 de abril, es a la vez una fecha legítima y una rareza incómoda.

La proclamación llegó en noviembre de 2011, durante la 36.ª Conferencia General de la UNESCO en París. La propuesta partió del pianista Herbie Hancock, entonces Embajador de Buena Voluntad del organismo, y se aprobó por consenso. La primera edición se celebró el 30 de abril de 2012, con tres ciudades anfitrionas: París, Nueva Orleans y Nueva York.

No es una fecha aleatoria. Es el cierre del Mes de la Apreciación del Jazz, instituido en 2001 por el Smithsonian estadounidense.

POR QUÉ UNA AGENCIA DE LA ONU ADOPTÓ UNA MÚSICA DE BARRIO

La justificación oficial de la UNESCO sostiene que el jazz reúne tres atributos que el organismo considera transferibles a su misión: improvisación —entendida como negociación—, mestizaje cultural y una historia de resistencia frente a la segregación. La argumentación está en los documentos públicos del organismo y se ha repetido en cada edición.

Lo que esa narrativa omite es que el jazz fue, durante décadas, un género perseguido. La Alemania nazi lo prohibió por considerarlo Entartete Musik —música degenerada—. La Unión Soviética lo censuró en distintas etapas como expresión del decadentismo occidental. En el propio Estados Unidos, los músicos negros que lo crearon tocaban en clubes a los que no podían entrar como clientes.

La UNESCO lo proclama hoy símbolo de libertad. Hace ochenta años, libertarse del jazz era política de Estado en media Europa.

DEL CORNETÍN DE BUDDY BOLDEN AL ESTÁNDAR GLOBAL

El relato canónico sitúa el origen del género en torno a 1895, con la figura del cornetista Buddy Bolden en Nueva Orleans, aunque no existen grabaciones suyas que lo confirmen. La primera grabación reconocida como jazz es la de la Original Dixieland Jass Band en 1917, una banda de músicos blancos que registró antes que ninguno de los pioneros afroamericanos. Esa asimetría —quién creó la música y quién pudo grabarla primero— marca el género desde el principio.

Lo que vino después es conocido y cabe resumirlo sin grandilocuencia: el swing de los años treinta, el bebop de Charlie Parker y Dizzy Gillespie en los cuarenta, el cool de Miles Davis, el free de Coleman y Coltrane, la fusión de los setenta, las hibridaciones contemporáneas con el hip-hop, la electrónica y las músicas africanas y latinoamericanas. Cada etapa rompió con la anterior. Cada ruptura fue contestada en su momento como traición o como decadencia.

El jazz se hizo global no porque alguien lo decretara, sino porque los músicos viajaron y los discos también.

QUINCE AÑOS DE CELEBRACIÓN: QUÉ HA CAMBIADO

Desde 2012, el Día Internacional del Jazz ha tenido un All-Star Global Concert anual con sede rotatoria. Estambul (2013), Osaka (2014), París (2015), Washington (2016), La Habana (2017), San Petersburgo (2018), Melbourne (2019), Ciudad del Cabo (2020, virtual por la pandemia), Washington de nuevo (2021), Atenas (2024), Abu Dabi (2025). Las ediciones se documentan en el sitio oficial jazzday.com, gestionado por el Herbie Hancock Institute of Jazz.

Músicos de jazz actuando en un concierto en vivo
Celebración del jazz como patrimonio cultural en un concierto.

La fórmula no ha variado mucho: un concierto retransmitido, talleres educativos, actividades en cientos de ciudades. La UNESCO cifra en más de 190 países la participación en cada edición, aunque la métrica es declarativa: cualquier actividad registrada en el portal cuenta.

Lo que sí ha cambiado es el contexto. El jazz, en términos de cuota de mercado discográfico, es marginal. Según los informes anuales de la IFPI —la federación internacional de la industria fonográfica—, el género representa una porción residual del consumo global de música grabada, por debajo del 2% en la mayoría de mercados.

Y sin embargo, los conservatorios lo enseñan, los festivales lo programan y la UNESCO lo celebra.

LO QUE NADIE EXPLICA EN LOS COMUNICADOS

El problema real no es si el jazz merece un día internacional. Lo merece tanto como cualquier otra forma cultural compleja con un siglo de recorrido. El problema es la incomodidad de convertir en patrimonio institucional una música que se construyó precisamente contra la institución.

Los músicos que crearon el bebop tocaban deprisa para que los blancos no pudieran copiarles. Los que hicieron el free jazz buscaban romper con la estructura armónica que la academia había codificado. La historia del género es la historia de fugas sucesivas hacia adelante.

Hoy esa historia se enseña en aulas climatizadas y se celebra en conciertos retransmitidos por streaming desde Abu Dabi.

No es contradictorio. Es lo que pasa con todas las músicas populares cuando sobreviven lo bastante: se vuelven respetables. El jazz fue el primero en recorrer ese camino entero, desde los burdeles hasta la UNESCO. El blues, el rock y el hip-hop están haciendo el mismo trayecto, cada uno a su ritmo.

QUÉ MIRAR AHORA

Tres claves para los próximos años. Primero, la sede de la edición de 2026, que la UNESCO suele anunciar a comienzos de año y que marca dónde quiere posicionar el organismo el discurso del género. Segundo, la evolución de los programas educativos del Herbie Hancock Institute, que se han expandido a más de cuarenta países y son hoy la infraestructura formativa más relevante del jazz fuera de Estados Unidos. Y tercero, la cuestión pendiente: si el género encuentra una nueva mutación capaz de incomodar al circuito que lo ha adoptado, o si se acomoda definitivamente en el papel de música de prestigio.

La respuesta no la dará la UNESCO. La darán los músicos.