Hace poco nos dejó un grande de la moda, un hombre cuyo rojo intenso no solo definió pasarelas, sino también sueños. Cada domingo, mi abuela y yo nos sentábamos frente al televisor para ver los desfiles en la Plaza Donna Sottolestelle, y allí estaba él, Valentino, convirtiendo la seda, el encaje y el terciopelo en historias que nos hacían soñar. Las top models de la época Naomi Campbell, Linda Evangelista, Claudia Schiffer, Cindy Crawford, Valeria Massabajaban por las escalinatas con una elegancia que parecía no pertenecer a este mundo.
Para mí, Valentino fue un inspirador. No solo revolucionó la moda, sino que me enseñó a soñar con la elegancia y la belleza como un arte que se vive. Recuerdo las historias que mi abuela me contaba con nostalgia y emoción: cómo se compró su primer Valentino para su boda en la primera tienda que el diseñador abrió en Roma, cómo cuidaba cada detalle del vestido y cómo ese rojo intenso parecía darle fuerza y confianza en un día tan importante. Esos relatos me transportaban a un mundo donde la moda era magia y cada vestido contaba una historia.

Nacido en Voghera, Italia, en 1932, Valentino fue un innovador que transformó la manera en que la moda hablaba al mundo. En una época dominada por paletas contenidas, abrazó el color rojo con devoción, convirtiéndolo en su sello y su baluarte. Hizo del lujo su credo, del rojo su símbolo, de la belleza un culto y de su vida misma una obra de arte.
Su carrera abarcó más de seis décadas, vistiendo a primeras damas, princesas, herederas, divas de Hollywood y divinas de todo el planeta. Su visión de la moda fue sinónimo de belleza eterna y elegancia infinita. Entre quienes lo acompañaron siempre estuvo Naty Abascal, su eterna musa y amiga, que confesó ante la prensa sentirse “una privilegiada” por haber compartido tantos años a su lado, celebrando juntos la creatividad y la pasión por la moda.
Falleció el 19 de enero de 2026, a los 93 años, dejando un legado que trasciende el tiempo. Su despedida en Roma no un adiós, sino un homenaje vibrante fue la manifestación de todo lo que su vida significó para quienes amamos la moda. El funeral se celebró en la imponente Basilica di Santa Maria degli Angeli e dei Martiri, un templo que mezcla historia, arte y solemnidad, donde amigos, colegas y admiradores se reunieron para rendirle homenaje.

Allí, entre las notas de Mozart y las flores blancas que rodeaban su imagen, desfilaron figuras del mundo del diseño y del espectáculo: Donatella Versace, amiga y gran referente, eligió un traje rojo Valentino en lugar del negro tradicional, un gesto simbólico que hablaba de amor, respeto y celebración de una vida dedicada a la belleza y la creatividad. Otros como Anne Hathaway, Tom Ford, Anna Wintour, Elizabeth Hurley, junto a grandes figuras españolas como Naty Abascal, se sumaron a ese homenaje, mientras algunos asistentes llevaban discretos toques del rojo emblemático del diseñador para rendirle tributo.
Entre recuerdos de infancia y moda, la historia de Valentino se mezcla con la mía como un hilo rojo que une generaciones. Él no solo me enseñó a contemplar los vestidos como arte, sino que me mostró cómo la moda puede ser memoria, fuerza, identidad y un puente hacia nuestros sueños más profundos.
El último adiós al “emperador de la moda” nos recuerda que los grandes nunca se van del todo. Su legado queda tejido en cada costura, en cada desfile que aún inspira, y en el corazón de quienes, como yo, un día nos dejamos llevar por la magia de un vestido rojo en la pantalla de la televisión, sentadas con una abuela que también sabía soñar.



