El terremoto que destruyó la fachada de la Seu y vació Palma en plena noche de mayo

A las dos de la madrugada del 15 de mayo de 1851, Mallorca vivió el mayor terremoto documentado de su historia. La Seu perdió una torre. La ciudad se vació. 175 años después del suceso, la isla sigue sin haber vuelto a sentir nada comparable. Y sin embargo, el miedo lo intentó de nuevo en 1981.
Imagen histórica de la fachada de la Seu en Palma tras el terremoto de 1851
La imagen muestra la fachada de la Seu en Palma durante su reconstrucción tras el terremoto de 1851. Fotos Antiguas de Mallorca (FAM)

Duró entre dos y seis segundos. Fue suficiente para que Palma quedara despoblada hasta el amanecer.A las dos de la madrugada del 15 de mayo de 1851, la tierra tembló en Mallorca con la intensidad más alta jamás registrada en la isla. Lo que siguió no fue solo destrucción material: fue el pánico organizado de una ciudad que salió a la calle en camisa, acampó en los muelles y en casas de campo, y tardó días en atreverse a volver a dormir bajo un techo. Hoy se cumplen 175 años. El paisaje urbano de Palma —incluida la fachada neogótica que todos identificamos como la Seu— es, en parte, consecuencia directa de aquella noche.

EL SISMO QUE LOS GEÓLOGOS SITÚAN EN INTENSIDAD VIII

Fachada de la catedral de Palma tras el terremoto de 1851 con escombros alrededor.
Interpretación de la destrucción de la Catedral IA

A este seísmo se le asigna una intensidad máxima de VIII en la escala macrosísmica para el área de Palma y Marratxí, según el catálogo de Mézcua y Martínez Solares, lo que lo convierte en el mayor sismo del que se tiene constancia en Mallorca. Las descripciones contemporáneas recogidas en la literatura sismológica coinciden: la sacudida violenta duró unos dos o tres segundos, seguida de otra de tres segundos más. Tiempo suficiente para agrietar la mayoría de las paredes, declarar varias casas en ruina y derribar buena parte de las torres religiosas de la ciudad.

Lo que nadie explica es que aquel sismo no llegó solo. En la primera mitad del siglo XIX, la sociedad mallorquina ya había sufrido cuatro terremotos considerables: el de octubre de 1827, que afectó al Raiguer y el Pla; los temblores de junio y julio de 1835, que hicieron dormir a familias enteras en barcos o en casas de campo. La de 1851 era, pues, una sociedad ya sensibilizada, ya asustada, que acumulaba décadas de experiencia con el suelo moviéndose bajo sus pies.

Y aun así, nada la había preparado para aquella madrugada.

LA SEU QUE HOY VEMOS NO EXISTÍA ANTES DEL TERREMOTO

Los efectos sobre el patrimonio histórico fueron devastadores: cayó parte de una de las torres de la Seu —la de construcción más reciente— y su inclinación llegó hasta los 130 centímetros, una cifra que hacía imposible cualquier solución menor. No había más remedio que desmontar los elementos dañados y construir una nueva fachada, que diseñó el arquitecto Juan Bautista Peyronnet. Las obras se prolongarían treinta años, hasta 1884.

Colapsaron también varios campanarios de templos religiosos: los de los conventos de Sant Francesc, Sant Agustí y la Concepció, así como los de las parroquias de Sant Miquel y Santa Clara y el oratorio del Temple. Cayeron la torre de l’Àngel de l’Almudaina y el campanario de la capilla de Santa Aina. La ciudad que amaneció el 15 de mayo de 1851 tenía el perfil urbano roto.

La fachada que hoy fotografían millones de turistas cada año es hija de aquel terremoto. Peyronnet la rediseñó en estilo neogótico —una decisión que generó polémica local— pero que, según reconoce la historiografía posterior, consiguió resolver los problemas estructurales que el seísmo había dejado al descubierto. La segunda fase de la intervención, la reforma interior, no se llegó a ejecutar tal y como la había propuesto Peyronnet, pero sirvió de hoja de ruta al proceso de restauración emprendido a principios del siglo XX por el obispo Pere Joan Campins y el arquitecto Antoni Gaudí.

PALMA VACÍA ANTES DEL AMANECER

El problema real no fue la piedra que cayó. Fue el pánico que se instaló.

Fachada de la Seu en Palma tras el terremoto de 1851
La imagen muestra la fachada de la Seu en Palma, afectada por el terremoto de 1851.

Según recoge la tesis Geografia del Risc a Mallorca de Miquel Grimalt, profesor titular del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universitat de les Illes Balears, basada en testimonios históricos, la mayor parte de la población de Palma huyó de la ciudad. La gente salió de sus casas y se instaló en muelles y calles anchas. El miedo era tan fuerte que una parte de la población pasó días durmiendo en barcos y casas de campo.

El gobernador respondió con pragmatismo. Ordenó que parejas de la Guardia Civil patrullaran las calles para evitar desórdenes, y que el Ayuntamiento pusiera arquitectos y obreros a disposición de los vecinos afectados. Estos debían dar parte de sus daños en un plazo de veinticuatro horas y se les prohibía retirar escombros sin control municipal.

Nadie murió. Eso, en un sismo de intensidad VIII sobre una ciudad de edificios históricos, es en sí mismo un dato que la sismología de la época no supo explicar.

1981: EL VATICINIO QUE MALLORCA SE CREYÓ

El seísmo de 1851 no dejó solo escombros. Dejó memoria. Y la memoria, sin la ciencia que la ordene, se convierte en otra cosa.

Ciento treinta años después, en mayo de 1981, se extendió por Mallorca una supuesta profecía apocalíptica: el día 12 de ese mes se produciría un seísmo submarino que afectaría gravemente a la isla, borrándola incluso del mapa. Como señala el geógrafo Miquel Grimalt, el entorno era propicio al vaticinio: aquel año, de manera similar a 1851, Mallorca encadenaba una serie de circunstancias climáticas desfavorables —sequía, nevadas en febrero, inundaciones en abril—. Llegó la fecha fatídica y, por supuesto, no pasó nada. Aun así, algunas personas buscaron refugio en la Serra de Tramuntana, por si acaso se desbordaban las aguas.

La geología no cumplió el vaticinio. Pero el episodio revela algo que ningún sismógrafo mide: la huella psicológica que deja un terremoto puede sobrevivir durante generaciones, resurgir sin preaviso, y movilizar a una comunidad tanto como el temblor original.

Pero el paralelismo entre 1851 y 1981 va más allá de las circunstancias climáticas. En ambos casos, una sociedad que acumulaba mala racha buscó en lo sobrenatural la explicación que la ciencia —o la falta de ella— no podía darle. En 1851, un poeta anónimo mallorquín lo escribió sin rodeos: la culpa era de los vicios de la isla. En 1981, la profecía vino codificada en lenguaje más moderno, pero la mecánica del miedo era exactamente la misma.