Elcano no tiene sepultura. Murió el 4 de agosto de 1526 en algún punto sin fijar del Pacífico, a bordo de la nao Santa María de la Victoria, y su cuerpo fue echado al agua igual que el de cualquier grumete. Cuatro años antes había entrado en Sanlúcar de Barrameda al frente de los 18 hombres que quedaban de la primera vuelta al mundo.
CINCO DÍAS AL MANDO DE UNA ARMADA QUE YA SE DESHACÍA
La expedición que lo mató salió de La Coruña el 24 de julio de 1525 con siete naves y unos 450 hombres, según la documentación conservada en el Archivo General de Indias. La dirigía García Jofre de Loaísa, comendador de la Orden de San Juan. Elcano iba de segundo y de piloto mayor —el cargo técnico, el que sabía dónde estaba el barco— porque la Corona quería su experiencia pero no le dio el mando.
Loaísa murió el 30 de julio de 1526. Elcano heredó la jefatura de una flota que ya no existía: el estrecho de Magallanes se había tragado naves, las tormentas habían dispersado el resto y en la travesía del Pacífico murieron alrededor de 40 tripulantes. Cinco días después de asumir el mando, murió él.
Nadie lo escribió como una tragedia. Era la aritmética normal de aquellos viajes.
EL TESTAMENTO DE UN HOMBRE QUE SABÍA LO QUE VENÍA

El 26 de julio de 1526, nueve días antes de morir, Elcano dictó testamento a bordo. Es el documento más revelador que dejó. No hay épica en él: hay deudas, encargos y dos hijos naturales a los que reconoce —Domingo y María—, nacidos de mujeres distintas y en años distintos.
Un hombre que dicta testamento en alta mar sabe exactamente en qué punto está.
El escorbuto, que fue lo que acabó con él, no era entonces una enfermedad con nombre útil. Se sabía que aparecía tras meses sin tocar tierra, que sangraban las encías y se aflojaban los dientes, y que a bordo se moría de ello con regularidad estadística. La relación con el ácido ascórbico tardaría más de dos siglos en establecerse.
POR QUÉ UN HOMBRE CONDECORADO VOLVIÓ A EMBARCAR
Esta es la parte que la versión escolar suele saltarse. Carlos I premió a Elcano tras el regreso de la Victoria en septiembre de 1522: escudo propio con un globo terráqueo y el lema «Primus circumdedisti me» —«el primero que me rodeaste»—, y una pensión anual de 500 ducados.
La pensión estaba cargada sobre los ingresos del comercio de la especiería. Es decir: sobre un negocio que aún no funcionaba, en unas islas que España todavía no controlaba y que Portugal disputaba. El dinero dependía de que alguien fuera hasta allí y lo hiciera rentable.
Y ese alguien acabó siendo él.
Elcano no volvió al mar por vocación aventurera. Volvió porque su recompensa era un pagaré sobre las Molucas y porque el maestre de la Concepción —su cargo real bajo Magallanes— seguía siendo un marino de oficio, no un noble con rentas. La Corona le dio un escudo y le devolvió la factura.
LO QUE SOBREVIVIÓ AL DESASTRE
De aquella armada de siete naves, una sola alcanzó las Molucas. Los supervivientes quedaron atrapados años en el archipiélago, en guerra intermitente con los portugueses, hasta que los últimos regresaron a España en 1536, once años después de zarpar.
Entre ellos iba un guipuzcoano que embarcó con poco más de 17 años: Andrés de Urdaneta. Cuarenta años más tarde, en 1565, resolvió el problema que ninguna de aquellas expediciones había sabido resolver —el tornaviaje, la ruta de vuelta desde Filipinas a América aprovechando la corriente de Kuroshio— y abrió el Galeón de Manila.
El viaje que mató a Elcano formó al hombre que cerró la ruta que él buscaba.









