En Europa muchos jóvenes asumen que comprar casa no está en su horizonte inmediato por una simple cuestión de números. Ese mismo “no me da” resuena en Mallorca: ¿qué ocurre cuando el lugar más deseado para vivir se vuelve inalcanzable para quienes trabajan aquí?
EL “NO ME DA” SE HA CONVERTIDO EN NOTICIA
La ecuación es directa: si los precios suben más rápido que los sueldos, la vivienda deja de ser un proyecto vital y se convierte en un privilegio. En Baleares, el mercado se tensiona por oferta limitada y demanda elevada (residencial y de inversión). En agosto de 2025, el precio medio de la vivienda usada en las islas superó los 5.000 euros por metro cuadrado, según datos difundidos por idealista.
En alquiler, Palma también marca cifras muy altas: idealista situó el precio alrededor de 18,2 €/m² en noviembre de 2025, con una variación anual del 7,3%. En una vivienda de 70 m², la renta mensual puede superar los 1.200 euros, sin suministros. El efecto se nota en emancipación tardía, pisos compartidos y mudanzas a la periferia.
A esto se suma la competencia entre compradores locales y no residentes, que suele tener mayor capacidad de pago. Cuando la vivienda se convierte en activo financiero, la lógica del mercado choca con la vida cotidiana: familias que aplazan decisiones, autónomos que trabajan más horas y barrios que cambian de perfil.
POR QUÉ MALLORCA ES UN CASO EXTREMO

Mallorca añade un factor diferencial: la presión turística sobre el parque residencial. El Banco de España ha advertido de que, en zonas turísticas, la demanda vacacional puede reducir a la mitad la disponibilidad de vivienda para nuevos hogares, una tensión especialmente visible en territorios como Baleares.
Ese impacto no se limita al alquiler vacacional tradicional: el auge del alquiler de temporada reduce stock de larga duración y aumenta la competencia entre residentes. Además, la revisión masiva de contratos prevista para 2026 puede traducirse en subidas muy fuertes en algunos casos, y Baleares figura entre las zonas más expuestas.
Señales que ya se ven
- Profesionales esenciales (sanidad, educación, seguridad, hostelería) con dificultades para encontrar vivienda estable.
- Contratos cortos, cambios frecuentes de casa y precios que varían por temporada.
EL EFECTO DOMINÓ EN LA ECONOMÍA LOCAL
La vivienda deja de ser un asunto privado cuando golpea la competitividad. Si una empresa turística no consigue contratar porque el alquiler consume medio sueldo, el problema se traslada al servicio y al precio final. Si un centro sanitario no retiene personal, la tensión se nota en turnos y listas de espera. La vivienda es, en la práctica, infraestructura económica.
Además, el coste empuja a perfiles muy distintos. Se han recogido casos de jóvenes y jubilados que, ante los precios, se plantean comprar fuera —incluso en Galicia— como estrategia de vida.

QUÉ MEDIDAS ESTÁN EN LA MESA
No hay una solución única, pero sí un paquete coherente:
- Aumentar oferta de vivienda asequible: promoción pública, rehabilitación y colaboración público-privada con condiciones de alquiler estable.
- Reducir el fraude (temporales encubiertos, usos turísticos irregulares) para devolver vivienda al mercado residencial.
- Reglas claras para el alquiler turístico y la segunda residencia, buscando equilibrio entre actividad económica y derecho a la vivienda.
- Incentivos y seguridad jurídica para propietarios que apuesten por larga duración (garantías de cobro, mediación).
EL TERMÓMETRO DE 2026
El próximo año será un test por la ola de renovaciones de contrato y la evolución del turismo residencial. Las señales a vigilar: oferta real de alquiler anual, inspecciones por usos irregulares y ritmo de entrega de vivienda protegida.
Mallorca necesita un mercado donde vivir y trabajar sea compatible. Si la isla expulsa a su gente, pierde parte de lo que la hace atractiva.









