Meta vendió ayer sus primeras gafas de inteligencia artificial bajo marca propia en España, a 299 dólares, tres semanas después de borrar a toda prisa un código de reconocimiento facial que alguien había detectado dentro de su aplicación. El orden de esos dos hechos importa.
Las Meta Glasses —fabricadas en asociación con EssilorLuxottica pero sin llevar la marca Ray-Ban ni Oakley por primera vez— están disponibles desde el 23 de junio en varios países, entre ellos España, Alemania, Francia, Italia e Irlanda. El precio de entrada, 299 dólares, las sitúa por debajo de los 379 dólares de los modelos Ray-Ban Meta de segunda generación, lo que, según la propia empresa, amplía el mercado antes de que Google, Samsung y Apple entren con sus propios modelos antes de que acabe el año.
La estrategia tiene lógica comercial: los envíos de gafas inteligentes se dispararon un 167% en el primer trimestre de 2026 frente al mismo período de 2025, y Meta domina el segmento con el 69,2% del mercado, según la firma de análisis IDC. Pero esa posición dominante también convierte a la empresa en el principal objetivo de los reguladores europeos en un momento en que el marco legal se ha endurecido de forma sustancial.

LO QUE HACEN LAS GAFAS —Y LO QUE NO HACEN
Las Meta Glasses no tienen pantalla. Incorporan cámara, altavoces de oído abierto e integración con Meta AI, con hasta ocho horas de batería —cuarenta con la funda de carga— y compatibilidad con lentes graduadas. El modelo de IA que las impulsa es Muse Spark, el primero desarrollado por Meta Superintelligence Labs para uso en productos propios. Entre las funciones anunciadas para los próximos meses figura la navegación peatonal por voz y soporte de traducción en tiempo real para 14 nuevos idiomas, incluido el español.
Lo que el usuario ve por la cámara, la IA lo interpreta. Puedes preguntar qué hay en tu nevera, identificar el monumento frente a ti o pedir que te traduzca en tiempo real una conversación en mandarín. Todo esto es legal en España.
Lo que vino después no lo era.
EL CÓDIGO QUE META BORRÓ EN 24 HORAS
El 5 de junio de 2026, un día después de que WIRED publicara la existencia de un sistema sin publicar llamado NameTag, Meta eliminó todos los sistemas de reconocimiento facial vinculados a sus gafas de la aplicación Meta AI. La empresa no ha emitido ninguna declaración oficial sobre el propósito, la fecha de inicio ni el estado actual de su acuerdo de licencia con Rank One Computing.
El problema no era solo el nombre del sistema. La tecnología de Rank One Computing, desarrollada originalmente para aplicaciones gubernamentales y militares, permite identificar rostros a distancias de hasta un kilómetro. El código se encontraba en una versión de prueba de la aplicación enviada a millones de usuarios, aunque permanecía inactivo e inaccesible para estos.
Inactivo, sí. Pero estaba ahí.
QUÉ PROHÍBE LA LEY EUROPEA —Y DESDE CUÁNDO
La prohibición lleva más de un año en vigor. Desde el 2 de febrero de 2025, el Reglamento de Inteligencia Artificial de la Unión Europea prohíbe, entre otras prácticas, la identificación biométrica remota en tiempo real en espacios públicos, salvo excepciones muy limitadas vinculadas a seguridad nacional y con autorización judicial previa. El incumplimiento de estas prohibiciones puede acarrear multas de hasta 35 millones de euros o el 7% del volumen de negocio mundial de la empresa infractora, si esta cuantía fuera superior.
El RGPD añade otra capa: los datos biométricos son categoría especial y requieren consentimiento explícito del afectado. Nadie en la calle ha consentido que unas gafas identifiquen su cara.

El Parlamento Europeo ya ha preguntado formalmente a la Comisión qué medidas concretas tomará para garantizar que Meta cumple las normas europeas de privacidad, en particular en materia de consentimiento y transferencias internacionales de datos. La pregunta llegó después de que medios suecos —Göteborgs-Posten y SVT— publicaran que subcontratistas en Kenia revisaban imágenes captadas por las gafas, incluidas grabaciones en baños y escenas de intimidad, para entrenar modelos de IA.
El 11 de mayo de 2026, la autoridad de protección de datos francesa, la CNIL, emitió una alerta pública en la que describió las gafas conectadas como un «riesgo significativo» de normalizar una vigilancia «casi invisible y omnipresente», y anunció un plan de acción coordinado con el Comité Europeo de Protección de Datos, que tiene previsto publicar un informe sobre la «aceptabilidad social» de las gafas inteligentes en verano de 2026.
Lo que nadie explica es por qué Meta lanzó el producto en España y el resto de Europa mientras ese informe sigue sin publicarse.
GUÍA PRÁCTICA PARA EL COMPRADOR ESPAÑOL
Comprar las gafas es legal. Usarlas para filmar lo que ves, escuchar música o pedir indicaciones también. El LED que se activa cuando la cámara graba es un requisito de diseño que Meta ha mantenido en todos sus modelos, aunque la propia empresa ha reconocido que es «un juego del gato y el ratón» con quienes usan el dispositivo de forma abusiva —como los hombres que, según CNN, grabaron y subieron a redes sociales a mujeres sin su consentimiento.
Lo que el usuario español no puede hacer legalmente es activar —si en algún momento estuviera disponible— cualquier función que identifique personas en espacios públicos sin su consentimiento. La AEPD, como autoridad competente en España, tiene potestad para investigar y sancionar ese uso, independientemente de que Meta lo habilite técnicamente desde fuera de la UE.
La cámara graba lo que miras. Eso no cambia con ninguna actualización de software.
El informe del EDPB sobre gafas inteligentes, previsto para este verano, puede establecer criterios vinculantes para las autoridades nacionales. Si la CNIL o la DPC irlandesa —supervisora directa de Meta en Europa— abren investigación formal antes de que acabe 2026, el producto podría enfrentar restricciones funcionales en el mercado español que hoy no existen sobre papel. Y Google y Samsung llegan antes de que acabe el año con sus propios modelos: el estándar regulatorio que se fije ahora para Meta marcará el techo de lo que ellos podrán ofrecer.





