Sentado en un MacCafé del aeropuerto de París-Orly. Las vacaciones en Disney llegan a su fin. Mi hijo juega sentado en una silla con sus coches. Mi mujer y yo mostramos signos ostensibles de cansancio.
Me quedo mirando a la nada. Pensando en nada. Contemplo el espacio a mi alrededor como si fuera un figurante en una escena de película. De pronto, algo me devuelve al mundo real.
Una familia con sus maletas pasa por delante de mí. Una mujer se acerca por detrás y, sin mediar palabra, decide golpear en la cara a la que supongo es la madre. El abuelo y el marido tardan dos segundos en reaccionar tras el grito. La agresora pasa de largo, camina como si nada. Huye.
Los hombres del grupo intentan frenarla, pero están más preocupados por su familiar. La violenta se escapa. “Policía, policía”. Nadie aparece. Nadie sabe cómo reaccionar. Todos parecemos bloqueados, como si alguien hubiera pulsado pausa.

A mí, espectador del suceso y ya bastante anestesiado por este tipo de situaciones, solo se me pasa una cosa por la cabeza: esto parece una escena de Yasmina Reza.
Y es que la escena parecía sacada de Casos reales, el libro que había empezado durante el viaje. Reza desgrana casos juzgados en Francia en los últimos años y, entre medias, introduce fragmentos de su propia vida. Como si quisiera suavizar el golpe, aunque nunca lo consigue del todo.
Lo que hace Reza no son crónicas judiciales al uso. Y, sin embargo, uno aprende más que leyendo muchas crónicas judiciales. Describe, observa, incomoda. Y deja espacio al lector.
Hace exactamente lo que a mí me gustaría hacer cuando escribo.
Como periodistas, muchas veces deshumanizamos para no condicionar al lector. Buscamos una objetividad casi quirúrgica. Pero en ese intento, quizá hemos ido alejándonos de las historias. De las personas.
Tal vez por eso también hemos ido perdiendo lectores.
Mis pensamientos, sentado en esa silla de la cafetería, se mezclan con la escena. De pronto me veo junto a Yasmina Reza en un juzgado francés describiendo lo que acaba de pasar. A un lado, la familia agredida. Al otro, la mujer.
La abogada defensora se levanta. Desgrana su vida. Explica las dificultades, los golpes, el camino hasta llegar a ese momento. Durante unos minutos, todo parece encajar.
Después habla el fiscal. Y el abogado de la familia. Y desmontan ese relato. La deshumanizan. La convierten en otra cosa. En una delincuente peligrosa.
La escena, pienso, es digna de filmarse.
Mi mujer me despierta. La policía está con la familia, tomando declaración. Mi hijo recoge sus juguetes. Es hora de facturar.
El caso se cierra.Próxima lectura: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. Y un clásico que supongo que tendré que leer con un Papa Doble, El viejo y el mar.







