La señora Dalloway y el arte de sonreír después de la guerra

Retrato de una mujer con sombrero y flores en Londres

Hay libros que uno lee con entusiasmo. Otros que se devoran. Y luego están los que se recorren con la sensación de estar paseando por una casa muy elegante donde, sin embargo, no acaba de sentirse cómodo. La señora Dalloway pertenece, al menos para mí, a esta última categoría.

La novela de Virginia Woolf, publicada en 1925, tiene algo de esas grandes ficciones británicas de época que hoy triunfan en las plataformas. Mientras la leía, no podía evitar acordarme de ese universo donde la etiqueta lo es todo, donde una invitación a una fiesta puede decir más que una confesión y donde los apellidos pesan tanto como las personas. Un mundo que, con otro envoltorio, vemos hoy en series como Downton Abbey o Bridgerton.

En Mrs Dalloway o la Señora Dalloway todo gira alrededor de algo aparentemente trivial: Clarissa Dalloway prepara una fiesta en su casa de Londres. La acción de la novela ocupa apenas un día. Un día entero dedicado a pasear por la ciudad, a recordar, a pensar, a preguntarse qué fue de la vida que uno imaginó cuando era joven. Y, claro, a organizar esa fiesta que debe salir perfecta.

La perfección, en este mundo, es una cuestión muy seria.

Las flores, la conversación, los invitados adecuados, el saludo correcto, el gesto preciso. Todo importa. Todo está medido. Todo responde a un código social tan rígido que casi parece coreografiado.

Pero Woolf no está interesada en la fiesta. Ni siquiera en Clarissa. Lo que realmente le interesa es lo que ocurre dentro de las cabezas.

La novela avanza a través de pensamientos que se encadenan, recuerdos que aparecen sin avisar y reflexiones que saltan de un personaje a otro. No hay una gran trama, ni giros dramáticos, ni escenas memorables en el sentido clásico. Hay, más bien, una especie de corriente continua de conciencia, una mirada constante hacia dentro.

Y ahí es donde la novela revela algo incómodo. Bajo esa sociedad tan pulcra y educada hay una enorme fragilidad.

Personas que dudan de las decisiones que tomaron hace décadas. Matrimonios que funcionan por pura inercia. Recuerdos que regresan cuando menos conviene. Y un mundo que intenta seguir adelante tras la Primera Guerra Mundial como si nada hubiera pasado.

Quizá por eso La señora Dalloway me ha dejado una sensación extraña. Es una novela elegante, inteligente y llena de hallazgos literarios. Pero también es una lectura que exige paciencia, incluso cierta rendición ante su ritmo lento y su forma de contar.

Las series actuales de época —con sus bailes, sus escándalos y sus romances— tienden a recrearse en el brillo de ese mundo de etiqueta. Woolf, en cambio, parece mucho más interesada en desmontarlo. En mostrar que detrás del saludo perfecto puede esconderse una vida llena de dudas.

La fiesta, al final, se celebra. Los invitados llegan. Las conversaciones fluyen. Todo parece exactamente como debe ser.

Y, sin embargo, uno tiene la sensación de que, mientras suenan las risas y las copas tintinean, cada personaje sigue escuchando el mismo ruido de fondo: el de sus propios pensamientos.

Como la niebla matinal mezclándose con el humo de las fábricas sobre el Támesis, salimos de este Londres de las apariencias y algo melancólico. El mes que viene nos veremos las caras con Hotel Universal, de Joan Llinàs.