Subirse al tren de Sóller es mucho más que un simple traslado entre dos municipios; es embarcarse en una máquina del tiempo. Con sus vagones de caoba, sus apliques de latón brillante y su rítmico traqueteo, este ferrocarril centenario sigue operando a diario conectando Palma con el valle de los naranjos. En una era dominada por la alta velocidad y las prisas, realizar este trayecto supone un ejercicio de nostalgia y contemplación de uno de los paisajes más impresionantes de Baleares, declarado Patrimonio de la Humanidad.
LOS ORÍGENES DEL FERROCARRIL DE SÓLLER
Para entender la magnitud de esta obra de ingeniería hay que trasladarse a finales del siglo XIX. Por aquel entonces, el próspero municipio de Sóller estaba geográficamente aislado del resto de Mallorca por la imponente barrera natural de la Serra de Tramuntana. Sus habitantes vivían rodeados de huertos de cítricos y prósperas fábricas textiles, pero transportar sus productos hasta el puerto de Palma implicaba un penoso viaje en carros a través del collado de Sóller, un puerto de montaña plagado de curvas peligrosas.



El sueño de un valle aislado
Los industriales y comerciantes sollerics, hartos de los altos costes y los peligros del transporte por carretera, unieron fuerzas y capital para impulsar un proyecto que parecía imposible: perforar la montaña. Tras años de estudios y financiación estrictamente local, las obras comenzaron. Finalmente, el 16 de abril de 1912, coincidiendo con el día en que se hundía el Titanic al otro lado del Atlántico, se inauguraba oficialmente la línea ferroviaria de vía estrecha que cambiaría para siempre el destino del municipio.
UN RECORRIDO DE INGENIERÍA Y NATURALEZA
El trayecto, que dura aproximadamente una hora, cubre una distancia de poco más de 27 kilómetros, pero supera un desnivel considerable. El viaje arranca en la modesta estación de Plaza de España en Palma, cruzando primero las llanuras agrícolas del Pla, repletas de almendros y algarrobos. A medida que el tren se acerca a la sierra, el paisaje cambia radicalmente.



Túneles, viaductos y el mirador del Pujol d’en Banya
Para salvar las montañas, el trazado ferroviario requiere superar trece túneles de diferentes longitudes, numerosos puentes y el espectacular viaducto de Cinc Ponts, una estructura de piedra que salva un profundo barranco. El punto más esperado del viaje es la parada en el mirador del Pujol d’en Banya. Desde aquí, los pasajeros pueden asomarse por las ventanillas de guillotina para contemplar, desde las alturas, el exuberante valle de Sóller en todo su esplendor, coronado por el pico del Puig Major.
LA CONSERVACIÓN DE UN PATRIMONIO VIVO

Lo que hace verdaderamente único al Tren de Sóller es que ha conservado su material móvil original. Sus automotores y vagones de madera fueron construidos con unos niveles de artesanía que hoy resultarían prohibitivos. El mantenimiento de esta flota es una labor titánica que se lleva a cabo en los talleres de la propia estación, donde artesanos carpinteros, mecánicos y electricistas trabajan a diario para asegurar que los engranajes centenarios sigan girando con precisión suiza.
Una experiencia complementaria: el tranvía
Una vez que el tren llega a la estación modernista de Sóller, el viaje puede continuar. Desde 1913, un tranvía eléctrico, igualmente histórico, conecta el centro del pueblo con el Puerto de Sóller. Este recorrido final de cinco kilómetros serpentea entre limoneros y terrazas de bares, ofreciendo un cierre perfecto a un viaje que te sumerge de lleno en la época dorada de la industria y la arquitectura mallorquina.





