Bad Bunny en la Super Bowl: el show que hace historia… y también enfada a unos cuantos

Bad Bunny se sube al escenario del descanso de la Super Bowl LX con el peso de un “solo es música” que ya no cuela. Entre aplausos, reproches y política, su actuación se ha convertido en un termómetro cultural. Y, pase lo que pase, nadie va a poder fingir que no lo vio venir.
Bad Bunny sosteniendo varios premios Grammy en un evento

La Super Bowl es ese lugar donde, por una noche, Estados Unidos presume de unidad mientras se peina las grietas con laca y fuegos artificiales. Y este año, en medio del ritual, llega Bad Bunny en la Super Bowl: no como invitado simpático, sino como cabeza de cartel del halftime show en el Levi’s Stadium (Santa Clara). Oficial, con sello grande: NFL, Apple Music, Roc Nation.

La pregunta ya no es si va a dar espectáculo. La pregunta es a quién le va a incomodar que lo dé.

DEL CHOLISEO AL DESCANSO MÁS CARO DEL MUNDO

Bad Bunny lleva años jugando con esa paradoja: ser masivo sin pedir permiso. En 2020 apareció como invitado en el show de Shakira y Jennifer Lopez; ahora regresa como protagonista, con un relato más pesado sobre los hombros y un público más polarizado frente a la pantalla.

La propia NFL lo vendió como una elección “natural” por su capacidad para cruzar géneros, idiomas y audiencias. Apple Music, por su parte, lo presentó como un artista que encarna esa intersección entre música y cultura que la Super Bowl quiere explotar como si fuese petróleo premium.

QUÉ PROMETE BAD BUNNY EN EL HALFTIME SHOW

Un show con acento (y sin pedir perdón)

En su anuncio, Bad Bunny habló de algo “más allá de él” y lo aterrizó en una idea simple: esto va “por mi gente, mi cultura y nuestra historia”.
Traducción: no viene a disimular el español, viene a ponerlo en el centro.

Y alrededor, el despliegue típico del gran circo: el evento se emite en NBC y también se refuerza con un cartel musical amplio (con nombres en la previa como Green Day y actuaciones protocolarias antes del partido). La Super Bowl vende variedad; el descanso, identidad.

“No hace falta aprender español”: la frase que cambió el tono

Parte del ruido viene de una broma que se volvió titular. Según varias crónicas, Bad Bunny había soltado meses atrás aquello de que los críticos tenían “meses para aprender español”… y estos días lo matizó: no hace falta aprender el idioma; basta con “aprender a bailar”.
Un giro pequeño, pero estratégico: cuando el foco está encendido, el chiste deja de ser chiste.

APLAUSOS, PITOS Y POLÍTICA: POR QUÉ HAY TANTA BRONCA

Los que aplauden: representación y “ya tocaba”

Hay una lectura directa: para mucha gente latina en EE. UU., ver a un artista mayoritariamente en español liderando el descanso es un hito. En CBS lo describen como un momento “de referencia” para la comunidad, con testimonios que repiten la misma música de fondo: “por fin se reconoce nuestra cultura”.

Incluso hay un efecto colateral casi cómico: el debate ha empujado a gente a interesarse por el español (y a marcas a subirse a la ola con entusiasmo oportunista).

Los que critican: “terrible choice” y el miedo a lo que no controlan

En el bando contrario, la crítica no siempre se disfraza de “gustos musicales”. Hay quien lo convierte en bandera política. CBS recoge declaraciones en las que se tacha la elección de “terrible” y se enmarca el show como parte de una guerra cultural.

Y luego está el argumento de siempre, con traje nuevo: que el halftime show “divide” en vez de “unir”. La respuesta oficial de la NFL, en cambio, ha sido casi de manual: el comisionado defendió la elección y aseguró que el escenario es para juntar a la gente, no para partirla.

LO QUE REALMENTE ESTÁ EN JUEGO

Bad Bunny en la Super Bowl no es solo un concierto de 13 minutos con cámaras imposibles. Es una prueba de estrés para una industria que presume de global mientras se pone nerviosa cuando lo global suena demasiado… global.

Porque, al final, el show del descanso no se mide solo en hits: se mide en conversación. Y en eso, Bad Bunny ya ganó antes de cantar la primera nota. El domingo veremos el espectáculo; el lunes, la resaca. Y, seguramente, la misma conclusión de siempre: la música no arregla un país, pero a veces lo deja al descubierto.