Olvidado mes de enero

Portada del libro Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute

Buenas de nuevo, queridos lectores. Enero no ha sido un mes fácil. De esos que se te atragantan sin previo aviso y que no tienen nada que ver con la cuesta de las compras navideñas ni con los propósitos de año nuevo que duran lo que dura un café.

Ha sido un enero complicado a nivel personal. Cuesta arriba. Muy cuesta arriba.

Desde el pasado 12 de enero, un día después de cumplir 35 años —bonita forma de estrenar edad—, estoy de baja por una fístula situada en la parte trasera del cerebro, junto al oído. Dicho así suena técnico, casi aséptico. Vivido desde dentro, no tanto.

Han sido semanas de altibajos, de días buenos que prometen y días malos que te devuelven a la casilla de salida. Momentos de desánimo, de miedo y de esa desesperanza silenciosa que aparece cuando el cuerpo decide marcar el ritmo y tú solo puedes seguirlo como buenamente puedes.

Los médicos dicen que no es una operación complicada. Y seguramente tengan razón. Pero cuando a uno le hablan de tocar el cerebro, por muy tranquilizador que sea el tono, algo se encoge por dentro. Lo aceptas con serenidad hacia fuera, pero en el fondo todo parece frágil, provisional, incluso el tiempo que te queda por delante.

Con esta mochila a la espalda, concentrarme en la lectura del mes no ha sido sencillo. Aun así, quise evadirme de la realidad de la forma más básica —y eficaz— que conozco: leyendo. Y ahí estaba el reto de enero. Olvidado Rey Gudú. Menuda empresa.

Portada del libro Olvidado Rey Gudú de Ana María Matute
Portada del libro Olvidado Rey Gudú, una obra de Ana María Matute.

El club de lectura había propuesto una de las grandes obras de Ana María Matute y, aunque llegué a ella con la mente dispersa, lo hice sin prejuicios. No voy a criticar la obra —no se me ocurriría— ni jugar a juez literario cuando hablamos de una de las autoras más importantes de nuestra historia. Prefiero hablar de lo que me ha hecho sentir.

No conocía esta novela, así que entré como un folio en blanco. Por la contraportada, confieso que imaginé algo así como un Juego de tronos a la española, con ecos de épica, intrigas y espadas. La realidad fue distinta, aunque no peor.

Al principio me desconcertó. No era lo que esperaba. Pero poco a poco me atrapó. La prosa de Matute es sencillamente bellísima. Leerla es un placer en sí mismo, incluso cuando la historia se vuelve densa o se detiene más de lo que uno desearía.

Los orígenes de Gudú, sus antepasados, ese mundo lleno de silencios, traiciones y ambiciones, prometían un desarrollo poderoso. Y ahí apareció, para mí, la verdadera protagonista de la novela: Ardid. Si el libro se hubiera titulado La reina Ardid, no me habría sorprendido. Inteligente, herida, movida por una venganza muy medieval, es el motor invisible de la historia.

Pero claro, está el amor. Y Matute parece tenerlo claro: donde hay amor no hay poder, y donde hay poder no hay amor. A partir de ahí todo se tuerce.

Entre referencias que recuerdan a Alejandro Magno, al rey Arturo y a tantas historias universales, Ardid avanza por los pasadizos de la vida hasta forjar su venganza definitiva: Gudú. Un príncipe destinado a ser héroe de epopeya, de película, de leyenda… que acaba convertido en un tirano sin compasión. Porque arrancar el amor de una persona no suele traer nada bueno.

La lucha de Ardid por reconducir a Gudú, el ansia de eternidad del rey, la obsesión por la gloria y el olvido del afecto empujan a los personajes hacia un final trágico que el propio título ya anuncia.

La lectura ha sido una montaña rusa. Momentos hipnóticos, bellísimos, casi musicales; otros más espesos, difusos, donde el relato parece diluirse. Pero eso también tiene que ver con los gustos de cada uno… y con el estado de ánimo desde el que se lee.

Termino el libro con un cúmulo de sensaciones difíciles de ordenar. Seguramente influidas por mi propio momento vital. Aun así, puedo decir que es una obra única, una novela medieval que debería leerse —y estudiarse— más. Porque aunque a veces se haga larga, la escritura de Matute te obliga a seguir, a mirar una línea más, a conocer un poco mejor el reino de Olar y a sus habitantes.

Me voy con sensaciones muy positivas y con la certeza de que algún día volveré a este mundo para reencontrarme con sus personajes. Especialmente con uno que, sin hacer ruido, me robó el corazón: el Trasgo del Sur.

Hasta más ver, queridos amigos. Nos vemos pronto con la próxima lectura, La señora Dalloway. Y adiós, olvidado mes de enero. Ojalá febrero, pese al gran desafío que trae consigo, sea solo eso: un bache más en el camino.