Kim Kardashian copia a Sydney Sweeney… o eso parece: lencería, timing perfecto y guerra por la atención

Kim Kardashian ha vuelto a posar en lencería de encaje para SKIMS justo cuando Sydney Sweeney estrenaba su nueva marca, SYRN. En redes lo han leído como “copia”, pero el subtexto es más interesante: estrategia, calendario y una industria que vive del deseo… y del ruido.
Kim Kardashian posando en lencería negra de SKIMS frente a un espejo
Kim Kardashian muestra su nuevo conjunto de lencería de SKIMS en una sesión fotográfica.

El mundo no se divide entre quienes llevan lencería y quienes no. Se divide entre quienes entienden el timing… y quienes lo padecen. Esta semana, Kim Kardashian publicó una sesión en lencería de encaje para SKIMS que encendió titulares y comentarios; casi en paralelo, Sydney Sweeney lanzaba su propia firma, SYRN, con un debut pensado para que nadie pudiera apartar la mirada.

¿Copia? Es la palabra que flota en el aire porque es jugosa. Pero lo que realmente está ocurriendo es otra cosa: una disputa elegante (y ligeramente impúdica) por el mismo territorio, el de la conversación pública.

EL TIMING NO ES INOCENTE

Kim compartió imágenes luciendo un conjunto negro de encaje —sujetador pronunciado, tanga a juego y una especie de capa satinada— como parte de la narrativa de SKIMS, con el gancho evidente de San Valentín asomando en el horizonte.

Y entonces aparece Sydney Sweeney con SYRN, una marca directa al consumidor que se estrena con una colección debut cargada de piezas muy concretas: tangas de encaje, push-up, bodys y corsés, en un rango de precios que va de los 19 a los 269 dólares (según los primeros listados y coberturas).

Cuando dos focos se encienden a la vez, el público hace lo que siempre hace: buscar una historia sencilla. Rivalidad. Copia. “Quítate tú”. Pero la industria rara vez se mueve por caprichos; se mueve por agenda, datos y oportunidad.

SYRN, LA MARCA QUE NACIÓ CON ESCÁNDALO INCLUIDO

Sydney no solo lanzó una marca: montó un relato. Parte de esa narrativa incluyó un stunt que rozó la frontera entre marketing guerrilla y problema legal: la promoción vinculada al letrero de Hollywood, que, según la Cámara de Comercio de Hollywood, no estaba autorizada.

Ese detalle importa menos por la polémica en sí y más por lo que revela: SYRN no quiere entrar de puntillas. Quiere entrar con tacones, puerta grande y, si hace falta, una bronca institucional como telón de fondo.

SKIMS, EL VETERANO QUE NO PIENSA CEDER TERRENO

SKIMS ya conoce el juego: convertir una prenda íntima en una conversación masiva. La sesión de Kim —minimalista, lencera, calculada— no parece improvisada; parece un recordatorio de poder. En términos de branding, el mensaje es claro: “Yo también domino este espacio. Y llevo años aquí.”

Decir que “copia” a Sydney Sweeney es tentador porque simplifica el mapa. Pero también es engañoso: SKIMS no está reaccionando a la existencia de SYRN; está reaccionando a la atención que SYRN acaba de capturar. Que no es lo mismo. En el ecosistema de redes, el producto compite, sí… pero lo que de verdad se disputa es el minuto de pantalla.

LENCERÍA COMO IDIOMA DE PODER

La coincidencia tiene un fondo interesante: ambas propuestas venden algo más que encaje. Venden permiso. SYRN se presenta como una idea de “personas” o estados de ánimo (seductora, cómoda, juguetona, romántica), y en su comunicación insiste en que la lencería es “para una misma”, sin excusas.

Kim, por su parte, lleva años capitalizando otra promesa: control de la silueta, estética de precisión, cuerpo como marca. Dos miradas que parecen distintas, pero convergen en el mismo punto: la lencería no es el final de la historia, es el inicio del discurso.

¿COPIA O ESTRATEGIA? LA RESPUESTA ES MENOS ROMÁNTICA

Si hay “copia”, es la copia del mecanismo: ver qué tema está arriba y hablar el mismo idioma, con tu acento. Y ahí Kim es experta. La jugada no necesita celos, necesita cálculo: cuando la conversación es lencería, tú sales en lencería. Cuando el foco se va a otra parte, lo recuperas.

Al final, la pregunta no es quién llegó primero. Es quién consigue que el público se quede un segundo más. Y en este ring —encaje, flashes, algoritmos— nadie se presenta para perder.