En Figuera el reloj de Cort que prepara Palma para las campanadas

Descubre cómo Biel Julià mima el reloj de Cort para que En Figuera marque con precisión las campanadas de Fin de Año en la plaza de Cort de Palma.
En Figuera el reloj de Cort que prepara Palma para las campanadas

Cada 31 de diciembre, mientras en la plaza de Cort se reparten uvas y abrazos, un hombre en silencio ya ha hecho su trabajo horas antes: ha afinado el corazón mecánico de la ciudad. El relojero municipal, Biel Julià, vuelve a dejar listo el histórico reloj del Ayuntamiento de Palma, En Figuera, para que las campanadas de Fin de Año suenen a tiempo y sin sobresaltos.

Porque para que las campanadas duren apenas unos segundos, hay un año entero de ajustes, engrase y vigilancia paciente detrás.

UN RITUAL DE PRECISIÓN ANTES DE NOCHEVIEJA

Este martes, como manda el calendario oficioso de Palma, Biel Julià ha subido hasta las entrañas del reloj de Cort y ha repetido una liturgia que ya conoce de memoria: engrasar la maquinaria, limpiar impurezas, graduar el péndulo y comprobar que cada oscilación cae donde tiene que caer.

El objetivo es sencillo de explicar y complicado de lograr: que el 31 de diciembre, cuando falten segundos para el nuevo año y toda la plaza contenga la respiración, En Figuera marque la hora con absoluta precisión. Ni un segundo de más, ni un segundo de menos.

La revisión de estas fechas es mucho más minuciosa que la habitual. No se trata solo de que el reloj del Ayuntamiento de Palma funcione bien, sino de garantizar que complete sin fallos todos sus ciclos justo en la noche en la que nadie le perdonaría un tropiezo.

Aunque para muchos ciudadanos En Figuera solo existe en Nochevieja, Biel Julià convive con él todo el año. Durante los 365 días restantes, el relojero de Cort revisa, ajusta y corrige cualquier desviación, para que el veterano mecanismo siga dando la hora con la misma dignidad que cuando fue instalado en el siglo XIX.

LA HISTORIA DE UN RELOJ QUE ES MEMORIA DE PALMA

El reloj de Cort no es un simple adorno municipal. Es parte de la biografía de Palma. Sus orígenes se remontan al siglo XIV, cuando el Gran i General Consell instaló un reloj mecánico y una gran campana en una torre cercana a la actual plaza, conocida como la torre de las Horas.

El nombre de En Figuera no es un capricho: procede del argentero Pere Joan Figuera, artesano que forjó la campana original. Con el tiempo, el conjunto de reloj y campana se trasladó al edificio de Cort, en 1848, y en 1863 se instaló el reloj que hoy conocemos, fabricado por la casa francesa Collin y puesto en marcha coincidiendo con el cumpleaños de Isabel II, el 10 de octubre de ese año.

Más de un siglo después, en 1964, llegaría la primera gran restauración moderna: el reloj fue electrificado y se le incorporaron tres motores que permiten que se dé cuerda solo dos veces al día, a las 10.00 y a las 22.00 horas. Una auténtica revolución para un mecanismo que hasta entonces dependía por completo de la fuerza humana.

La segunda gran restauración, ya en el siglo XXI, ha servido para sustituir piezas desgastadas, modernizar el sistema de electrificación y asegurar que En Figuera pueda seguir sonando durante décadas. En los últimos años, el reloj ha sido detenido puntualmente para cambiar motores y renovar el sistema eléctrico, siempre con la misma intención: conservar el carácter original y mejorar su fiabilidad.

Hoy, la campana de En Figuera es una de las pocas que siguen marcando el ritmo de la ciudad de manera mecánica, junto a las de la Seu y algunos conventos. Su silueta en la fachada del Ayuntamiento y su sonido sobre la plaza de Cort forman parte del paisaje sonoro y sentimental de Palma.

CAMPANADAS EN LA PLAZA DE CORT Y TRADICIÓN COMPARTIDA

La Nochevieja en Palma tiene banda sonora propia y escenario fijo: las campanadas del reloj de Cort en la plaza de Cort. Cada 31 de diciembre, la ciudad se cita ante la fachada del Ayuntamiento para recibir el año nuevo al ritmo de En Figuera.

Este 2025 no será la excepción. La fiesta comenzará en torno a las 23.30 horas, con música en directo y un ambiente que mezcla familias, grupos de amigos y curiosos que se dejan caer por el centro. Las tradicionales campanadas del reloj de Cort marcarán la entrada en 2026 y, después, la música seguirá sonando hasta bien entrada la madrugada.

Mientras Madrid mira a la Puerta del Sol, Palma mira a En Figuera. Aquí también hay ritual: las uvas, el cotillón, los móviles en alto y ese silencio nervioso antes del primer golpe de campana. Después, abrazos, besos, propósitos de año nuevo y alguna promesa que quizá se rompa antes de Reyes.

Lo que no falla es el reloj. La seguridad de que las doce llegarán cuando tienen que llegar convierte a En Figuera en algo más que un mecanismo: es un pacto tácito entre la ciudad y su historia.

Un oficio que resiste al tiempo

En un mundo de pantallas y relojes digitales, el trabajo de Biel Julià tiene algo de anacronismo hermoso. Él tomó el relevo de otros relojeros municipales y, junto a su padre, Antoni, ha participado en desmontajes completos, sustitución de piezas y puestas a punto que han devuelto la precisión al reloj de Cort.

Su oficio exige paciencia, oído y respeto por la mecánica antigua. No hay prisa posible cuando ajustas un péndulo que lleva más de siglo y medio marcando las horas. Cada pequeña desviación se traduce, al cabo de los días, en unos segundos de retraso o adelanto. Y eso, en Nochevieja, es imperdonable.

Por eso, lo que para los demás es solo “que las campanadas cuadren” para él es casi una cuestión de orgullo profesional. Si las uvas de media ciudad entran a tiempo, es en buena parte gracias a su trabajo invisible.

Mucho más que doce campanadas

Tal vez por eso nos gusta tanto mirar al reloj de Cort cuando se acerca el final del año. Sabemos que esas doce campanadas resumen todo lo que dejamos atrás y abren, al mismo tiempo, una puerta pequeña hacia lo que viene.

En Figuera ha anunciado guerras, celebraciones, cambios de autoridades, toques de queda y fiestas populares. Hoy, sobre todo, anuncia que seguimos aquí, año tras año, buscando una excusa para empezar de nuevo.

Cuando esta Nochevieja la plaza se vuelva a llenar, pocos pensarán en el engrase de la maquinaria, en la graduación del péndulo o en los motores que se activan puntualmente dos veces al día. Pero cada vez que suene la campana, habrá un puente silencioso entre la Palma del siglo XIV y la de hoy, unido por un sonido metálico que conocemos de memoria.

Y quizá, al brindar, alguien levante la vista hacia el reloj de Cort y piense que no todos los tiempos son digitales, ni todos los finales de año caben en una pantalla. Algunos siguen dependiendo de un péndulo, una campana y un relojero que no se permite llegar tarde.