Gran polémica se ha desatado durante el último año sobre los posibles futuros usos del edificio de Gesa, una vez más. Desde su abandono hace bastante más de una década, uno de los proyectos más conocidos diseñado por el arquitecto mallorquín José Ferragut Pou, nombre esencial de la historia constructiva de las Islas Baleares, fallecido en circunstancias poco claras y aún un gran desconocido para el imaginario colectivo local, parece no tener fin. Cada persona parece tener una opinión distinta y usos lúdicos diferentes para el edificio según gustos propios.
Fetiche de disputas y enfrentamientos políticos de todos los colores a lo largo del tiempo, el edificio Gesa fue anunciado en promesas de campaña como próximo gran museo de arte contemporáneo. Posteriormente, reculado como sede de la colección Thyssen Bornemisza, el Instituto de Arte Contemporáneo, una biblioteca, un centro tecnológico y un largo etcétera de usos. Hoy se abre a la privatización. Mañana no estamos seguros. Lo cierto es que ahí sigue temporada tras temporada abandonado, reflejando el marrón de sus ventanas sobre los blancos cuerpos de turistas tumbados en la playa de Can Pere Antoni sin saber qué clase de efectos secundarios provoca en la piel dicho reflejo solar de rayos UV amplificados en la arena por cristales fabricados en los años setenta.
Sobre esos turistas tumbados en la playa que no saben nada de esto y probablemente tampoco les importa, más preocupados de ponerse el protector solar de ese reflejo solar infernal, sectores denuncian que la existencia de un museo en la edificación ferragutense significaría una disneylandización de la ciudad. Otra atracción destinada a esos visitantes demonizados. Tal banalización de las supuestas preferencias de la población, barbarización primaria de la opinión, supone la hipótesis de que los habitantes de la ciudad no visitan museos, no tienen frecuentación de espacios culturales o no entrarían a un nuevo museo de arte contemporáneo. Según sus argumentaciones, sólo lo harían los turistas.
Ahora bien, frente a esas aseveraciones, gruesas, habría que ponerse en el lugar de un turista, respecto a qué estaría o no dispuesto a ver, o sobre qué vería realmente haciendo un primer paseo por lo más próximo, corazón de la principal ciudad de la comunidad autónoma. Suponiendo dicho ejercicio en un visitante que llegara hoy desde cualquier lugar de origen a una de las tantas actividades desarrolladas en el Palacio de Congresos de Palma, alojándose en el hotel adyacente, propiedad de una de las cadenas hoteleras emblemáticas del territorio, ¿qué vería en su primer paseo? Las conclusiones son inquietantes.
En primer lugar, ese turista que se pone en marcha camino a ver la principal atracción, la majestuosa catedral de Palma, orgullo indiscutible, con lo primero que se encontraría sería un edificio abandonado, una gran caja de cristal algo destartalada rodeada de graffitis frente a la playa. La primera impresión es algo extraña, incómoda, que desde luego no refleja desarrollo, riqueza ni modernidad.

Siguiendo por la misma ruta, con la catedral a lo lejos, al acercarse, esa cadena de edificaciones medievales protegidas tras una gran e imponente muralla de piedra, conjunto arquitectónico que en cada puesta de sol frente al mar se vuelve dorado como la ciudad antigua de Jerusalén, de un aura sagrada, de repente se corta violentamente por la presencia de un objeto pequeño e incómodo recién instalado: una supuesta escultura pintada de blanco que es el armazón metálico de un barquito de papel en el lago, impuesta como parte del paisaje. Se trata de una estructura tosca, insuficiente, que no solo violenta un paisaje sagrado de siglos de tradición, sino también se presenta como una afrenta a lo mejor que ha podido facturar la artesanía humana en siglos de historia, de connotación espiritual. Una pieza de fabricación básica y cargada de una historia sumamente controvertida, retirada de la salida de aguas residuales en playa de Palma por orden de Costas por incumplimiento de normativas que como premio de consuelo se la reinstala frente al edificio histórico más importante de la tradición de la comunidad autónoma. Su sola presencia parece representar no solo una burla directa a la Seu, sino también a la probidad de lo que debiese suponer el servicio público y el respeto que merece el patrimonio histórico y la memoria arquitectónica.
En ese periplo, continuar hacia el casal Solleric no resulta más alentador. Una exposición con los finalistas de la última edición de los premios Ciutat de Palma incluyen verduras inflables; zapatillas, una escalera y un contenedor de basura demarcadas por cinta adhesiva; dos sillas que se golpean gracias a un motorcito y para acabar, cinco ramas peladas de árbol colgadas del techo con hilo de pescar. En la primera planta, por su parte, entre las piezas estrella figuran una caja marrón de madera sobre un sofá o un montón de sillas apiladas una encima de la otra cubiertas por una tela a modo de lona. Eso es lo que vería un turista.
Afortunadamente, si continuara rumbo a la plaza Mayor, se encontraría con el estupendo edificio propiedad de un banco catalán, que sorpresa, antiguamente fue ni más ni menos que el primer hotel de lujo de la ciudad. Ahí dentro, se encontraría con algo aún más lujoso: la exposición “XIX El Segle del Retrat: De la ilustración a la Modernidad”, un préstamo inédito de la colección del Museo del Prado, coorganizado por Fundación La Caixa.
Entre la planta baja y la primera, una fabulosa selección de pinturas, esculturas, fotografías y objetos de personajes ilustres y anónimos nos invitan a una reflexión silenciosa sobre las historias detrás de esas personas inmortalizadas con las mejores técnicas y talentos artísticos de su época, la novedad que significó la aparición de la fotografía o los vientos de modernidad que acompañaron la revolución industrial, agradeciendo el rigor académico de los historiadores del arte y el equipo de conservación del principal museo madrileño.

Con pocos metros de distancia, los prepotentes fierros del estudio del molesto barquito de papel, las manos inflables colgadas de la fachada del casal Solleric, las ramas colgadas de su techo, las sillas bailarinas, la escalera, el cubo de basura, las latas abolladas o lienzos destrozados defendido como arte contemporáneo con discursos imposibles, son barridos como un tsunami por el talento violento de los màrmoles de Mateo Inurria Lainosa, Louis-Robert Carrier-Belleuse o Ponciano Ponzano Gascón.
El recorrido por la colección de retratos del Prado nos zambulle en el dominio de las veladuras de Agustí Esteve, el uso de la mancha en joyas y pinceladas de Federico de Madrazo, los empastes de Francisco de Masriera o Joaquín Sorolla, el estudio naranja de Francisco de Goya, el claroscuro de Vicente Palmaroli o la impronta aurea y romántica de Eduardo Rosales.

En una exposición excepcional y única para la ciudad, el ojo experimentado y también el principiante pueden maravillarse por igual con nombres fundamentales de la historia del arte español y universal a través de sus propios autorretratos, a otros personajes de la cultura retratados como el pintor Ventura Miera, el actor Isidoro Márquez, la novelista Elinor Glyn o el violinista Ettore Pinelli. La muestra nos permite además conocer la práctica de la época por representar a personas fallecidas en su lecho o a los artistas en la intimidad de sus estudios, destacando piezas deslumbrantes de Mariano Fortuny o Ignacio de León y Escosura.
La muestra traída e inaugurada discretamente en CaixaForum, es definitivamente la exposición más importante de la actual agenda expositiva en la ciudad, mirando por encima del hombro la desfachatez de la mayoría de oferta impuesta con hostilidad por el arte contemporáneo de una época que roza a diario el ridículo. Un siglo de retrato agrupado con severidad y cariño por un museo visitado por cientos de miles de turistas, impermeable a controversias, nos hace volver a creer en el valor del arte, en la existencia del verdadero talento y la importancia de la belleza en nuestras vidas. Afortunadamente, para el bien de todos, siempre nos quedará el Prado.






